Mitologías tóxicas

El Derecho internacional ha muerto, pero Dios ha resucitado, dicen los trumpistas. El problema es que se refieren a un Dios muy particular, el suyo propio, que obviamente es un Dios bárbaro y violento que se ceba y se deleita en la masacre de inocentes.

De todo ello deducimos que aquí alguien está muy confundido. O como alternativa, que alguien quiere confundirnos a nosotros con sus prejuicios irracionales y sus mitologías tóxicas.

A las mitologías les pasa un poco lo mismo que a las setas del bosque: si no queremos intoxicarnos hay que recoger solo aquellas que son saludables además de sabrosas, y desechar las que son venenosas.

A mí la fe que más me importa en este convulso y preciso momento es la fe en el ser humano. Llámenme si quieren iluso.

Leo un artículo reciente de Manuel Vicent para El País ("Las monas son de dinamita") y pienso en la tortilla de espárragos silvestres que le preparaba su madre por semana santa. Los espárragos silvestres los recogía el niño Vicent junto a sus amigos, mientras en el pueblo repicaban las campanas de la iglesia. Días luminosos, actividades pacíficas.

Leo también un artículo de Irene Vallejo para el mismo medio ("A tu imagen y semejanza") y pienso en los conceptos falsos, como la "raza", que dividen y enfrentan a los seres humanos cuando piensan poco y mal. También la religión convertida en bandera política y bélica incurre en ocasiones en ese error, cuando se adultera su mensaje original con prejuicios e interpretaciones groseras. Raza y religión resultan así con demasiada frecuencia conceptos falseados e instrumentos para el enfrentamiento y la violencia. Abascal y Ayuso son maestros en ese arte de la falsificación que alimenta odios.

Recordemos aquel famoso "día de la raza" de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca y el intercambio entre Millán Astray y Unamuno, en un combate dialéctico entre la razón y el odio, en medio de una guerra (civil).

Una pregunta básica sobre nuestro futuro es: ¿Seremos capaces de sentar a Trump, Netanyahu, Putin, y demás colegas del terror, adeptos a la religión de la violencia, ante un tribunal internacional de justicia? ¿Seremos capaces de reclamarles indemnización y reparación por todos los daños provocados en tan poco tiempo al conjunto de la humanidad?

De la respuesta a estas preguntas cruciales depende la fe y la esperanza en nuestro futuro próximo, de la misma forma que tras la segunda guerra mundial, la fe y la esperanza en un futuro posible tras el genocidio nazi y la gran matanza de la guerra, derivó de los juicios de Núremberg.

De algún modo, en aquel tiempo esa acción de la justicia internacional puso en marcha de nuevo una Historia descarrilada y a una humanidad hundida. Y ahora de nuevo, solo un puente de esas características, levantado sobre la acción de la justicia reparadora, puede abrir alguna vía de esperanza hacia el futuro. De no ser así, este futuro se presenta bastante oscuro y las sombras de un pasado que creíamos haber superado y dejado atrás nos atraparán de nuevo.

También entonces, en los tiempos oscuros de Hitler y el régimen nazi (esa referencia histórica que no conviene perder de vista en Occidente), Himmler, mano derecha del führer, alimentó mitologías siniestras que hoy podrían tatuar los pectorales del ministro de la guerra de Trump.

Aquella fue también una "Ilustración oscura", una mitología siniestra seguida de tragedia colectiva.

También entonces, varios criminales más o menos sofisticados, más o menos iluminados por una Ilustración tenebrosa, alcanzaron el rango de ministros y tuvieron en sus manos un enorme poder para ejecutar sus crímenes. Tal y como ocurre ahora.

Nada nuevo bajo el sol, solo las cambiantes metamorfosis del mal. Un mal reconocible y que tiene muy poco de banal.

El tal tipo macarra, ministro de la guerra de Trump, que como los fascistas de todos los tiempos venera y ama la violencia (que tan claramente rechazaron Jesús de Nazaret y otros maestros de sabiduría), lleva tatuado en su cuerpo un lema de las cruzadas medievales: "Deus vult" (Dios lo quiere). Lo cual significa que su mente primitiva sigue anclada en aquellos tiempos remotos y que no se diferencia en nada de la mente de otros yihadistas (él también lo es). Todos ellos incurren, una vez más, en la soberbia y la idiotez supina de creer saber de primera mano lo que Dios quiere: "Deus vult".

Que al parecer no es otra cosa que bombardear a diestra y siniestra el planeta para sembrar la destrucción y el caos, al mismo tiempo que se acaba con las vidas de miles de inocentes. Una mitología tóxica y venenosa, guiada por el odio, que para más inri se ampara en la religión, falseada e instrumentalizada como teocracia violenta.

También se aprovecha de paso (si no es como en toda "cruzada" pasada y presente el motivo principal) para saquear los bienes ajenos.

Así Trump, que ha ordenado ahora el bloqueo del estrecho de Ormuz (el mismo que decía que quería abrir, aunque antes de su agresión guerrera estaba abierto), ha pasado en un santiamén de "cruzado" a "pirata".

Sobre lo de "pirata" no hace falta que lo demuestre. Sobre lo de "cruzado" ya ha dicho el Papa León XIV que no se lo cree ni él.

Le conviene ahora más ordenar el cierre del estrecho de Ormuz que no pagar indemnizaciones para reparar el daño material y humano provocado por su agresión. Aunque este último daño, el humano, como por ejemplo el de la masacre de las niñas en la escuela de primaria de Minab, debería responder de él ante los tribunales internacionales de justicia.

Hay que recordar que en esas "cruzadas" de antaño se aprovechaba casi por sistema para asaltar juderías, asesinar judíos y saquear sus bienes. Lo cual nos lleva a meditar sobre las vueltas espectaculares e incomprensibles que da la Historia. Y es que si lo pensamos bien, los judíos europeos tuvieron que huir y buscar refugio en otras tierras cuando el fascismo, el nazismo (fenómenos europeos), y la ultraderecha antisemita, empezaron a perseguirlos a muerte, a pesar de llevar muchas generaciones asentados e integrados en este continente contribuyendo de forma notable a su progreso y cultura.

Muy al contrario, en las "cruzadas" de hoy, la ultraderecha europea (con su origen en la ultraderecha antisemita de entonces y en el fascismo) y el trumpismo (con su origen en el supremacismo, el antisemitismo, y el Ku Klux Klan), impulsan unas nuevas y muy rancias cruzadas de la mano -paradójicamente- de Netanyahu, que se ha aliado con estos elementos siempre violentos de Occidente para enmascarar y respaldar sus propios crímenes y genocidios.

Es obvio que pretender identificar la denuncia y condena de los crímenes del gobierno de Netanyahu con el antisemitismo no se sostiene y resulta absurdo, porque ni Netanyahu representa al pueblo judío en su completa, verdadera, y más noble acepción, ni esos ultraderechistas que le apoyan ahora (todavía hay nazis entre ellos) pueden dar lecciones de respeto al pueblo judío y sus logros. Todo ello es una farsa, muy actual, muy posmoderna, muy sangrienta, en la que sigue habiendo sin embargo unas constantes invariables: las víctimas inocentes y aquellos que no cierran los ojos ni miran hacia otro lado ante la realidad de su masacre, por ejemplo en Gaza.

También entonces hubo personas que no cerraron los ojos ni miraron para otro lado ante la realidad y la maldad del Holocausto.

Recordando aquella tragedia histórica del Holocausto judío en tierras de Europa, vi hace pocos días la película "Sterne" ("La estrella de David") del director de cine Konrad Wolf con un guion de Ángel Waguestein, guionista de cine, escritor búlgaro, y judío sefardí, al que debemos entre otras obras el libro "Lejos de Toledo". Sin duda emociona (a mí al menos) escuchar en esa película, con subtítulos en castellano, a algunos judíos griegos de origen sefardí, deportados durante el nazismo y camino de Auschwitz para su exterminio (un hecho real e histórico), hablar en ese tipo de castellano antiguo llamado ladino y que nos permite reconocer muchas palabras y frases enteras, haciendo innecesarios los subtítulos. En esta película que les recomiendo ver están ya presentes los dilemas morales que hoy también nos acucian.

El problema es que nuestro mundo posmoderno se ha simplificado y en ese sentido ha retrocedido a un estado más crudo, más primitivo, menos elaborado: o estamos en el bando de la barbarie o estamos en frente, se nos adoctrina. Pero a pesar de esta simplificación aparente y esperemos que transitoria, la complejidad no ha desaparecido del todo: antes, en Occidente, se pensaba que los bárbaros eran los otros. Hoy barruntamos que igual la barbarie está ampliamente representada en nuestras propias filas y entre nuestros propios líderes.

Y es ese resto de complejidad, o sea de lucidez, lo que aún puede salvarnos y ayudarnos a percibir todo lo que nos une, mucho más fuerte y profundo que lo que nos separa. De nuevo el artículo de Irene Vallejo.

Esta mezcla de contradicciones no es fácil de gestionar en un mundo tan alborotado y que en poco tiempo ha dado pasos de gigante hacia atrás. Y todo ello nos pasa factura política, geopolítica, psicológica, y moral. No son tiempos fáciles.

A diferencia de los tiempos del nazismo y de Pio XII, famoso por su silencio durante el Holocausto, hoy el Vaticano está dando ejemplo de respuesta coherente y valiente en defensa de las víctimas y ajustada al mensaje evangélico. Y eso es muy positivo.

Es casi seguro que por el instinto gregario de la tribu, la irracionalidad y la barbarie seguirán avanzando por un impulso mecánico de inercia. Al menos durante un tiempo. Al final y como ha ocurrido siempre, todo pende de un hilo: y ese hilo son esos pocos que en todas partes y en todo tiempo dicen no a la barbarie, venga de donde venga. Pienso en esto al ver ese vídeo en el que madres palestinas y madres israelís, agarradas de la mano, declaran su no rotundo a la violencia y la guerra. Y no sería la primera vez que unos pocos deciden la jugada. Siempre son pocos los que dicen no, al menos al principio.

Esperemos que así como el odio resulta extremadamente contagioso, también el buen juicio y el sentido común tengan el mismo efecto, pero en sentido contrario. Necesitamos la paz.

El mundo interconectado en el que vivimos solo tiene un destino posible: la convivencia pacífica y la obligación de compartir los recursos existentes.

Desde fuera, desde la perspectiva que contemplan los astronautas en el espacio, queda claro cuál es la naturaleza de nuestro planeta. Un planeta vivo, frágil, e interconectado.

Solo la cooperación y la paz pueden mantener en pie esta especie de milagro.

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