La política no es violencia

Del bochorno en el Congreso a la herencia de Alianza Popular: por qué urge formar a las nuevas generaciones frente a la deriva del odio.

Lo vivido este martes en la Cámara Baja no fue un debate, sino un síntoma. La expulsión del parlamentario de VOX, José María Sánchez García, tras encararse con el Vicepresidente Gómez de Celis y una letrada de la Mesa, marca un nuevo mínimo en el decoro parlamentario. Resulta sangrante que este bochorno ocurriera un 14 de abril, aniversario de la proclamación de la II República; un sistema de gobierno democrático que fue segado precisamente por los referentes ideológicos de quienes hoy intentan reventar las instituciones desde dentro. 

Como acertadamente recordó Patxi López, estas actitudes de desacato y soberbia evocan los peores fantasmas de nuestra historia más reciente, recordándonos aquel “¡quieto todo el mundo!” de Tejero que pretendió amordazar la soberanía nacional. Cuando un diputado debe ser desalojado por su incapacidad para comportarse, la palabra ha perdido su valor frente a la intolerancia. En ese mismo hemiciclo, resonó de nuevo el eco de aquel “Venceréis pero no convenceréis” de Miguel de Unamuno: la ultraderecha puede ocupar escaños y gritar más fuerte, pero carece de la razón y del respeto que fundamentan la democracia. 

Es urgente recordar que el servicio público exige, ante todo, educación. La Política no es, ni puede ser, violencia. He insistido anteriormente en la necesidad imperativa de informar y, sobre todo, formar sobre la naturaleza del fascismo y las consecuencias de no ponerle freno. Es vital profundizar en la memoria de los fascismos del siglo XX- desde España, Italia, Alemania, Portugal, hasta las dictaduras de Argentina o Chile-. Frente al odio y el apetito de destrucción que hoy asoman de nuevo, debemos reivindicar la lección de Manuel Azaña: aquella llamada a la “Paz, piedad y perdón” como único camino para la reconstrucción de una nación herida. 

Si aterrizamos en nuestra realidad, debemos mirar al Franquismo y al origen de Alianza Popular y a su fundador Manuel Fraga Iribarne, una genealogía que muchos jóvenes hoy desconocen. VOX no nace de la nada; sus cimientos están en un Partido Popular que durante décadas aglutinó ese espectro. En esta evolución, no se puede ignorar la influencia de José María Aznar ni cómo los actuales dirigentes del PP han alimentado deliberadamente la llama de la ultraderecha incluso imitando en ocasiones su discurso o, al menos, parte de él. 

Seamos claros: existe una responsabilidad política en los pactos alcanzados y que han dado la entrada de estas corrientes a los diferentes gobiernos, contaminando las instituciones con formas deplorables. Esto constituye una amenaza real para la convivencia. Por ello, es clave que las Casas del Pueblo del PSOE se conviertan en centros de pedagogía política. Debemos explicar este fenómeno que asedia a las democracias; un “trumpismo” en estado puro cuya deriva ha sido denunciada incluso por Su Santidad el Papa. 

Esta es la verdadera antipolítica: la que intenta convencernos de que todos los políticos son iguales o que “lo mejor” es no meterse en Política. Frente a ese cinismo, la frase de Antonio Machado “haced Política, porque si no la hacéis, otros la harán por vosotros y seguramente contra vosotros”. 

Es fundamental apostar por la formación para explicar el riesgo de legitimar a estos dos partidos: uno por sus acciones y el otro por ser su colaborador necesario. 

Actitudes como las presenciadas esta semana manchan la honorabilidad de un Congreso que nos representa a todos. No basta con el lamento; la respuesta eficaz reside en el voto para detener esta deriva antes de que sea tarde. Como recordaba Salvador Allende: “La historia es nuestra y la hacen los pueblos”. Es responsabilidad de ese pueblo impedir que el odio se convierta en el lenguaje oficial de nuestras instituciones. 

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