A mí, que me pregunten
Tenía interés en conocer la opinión de Bernardo. Nos conocemos desde que éramos unos críos y asistíamos al mismo colegio. Compartimos recuerdos de tardes largas jugando al futbol, bocadillo en mano, y cambiando cromos. También nos confiamos nuestras primeras inquietudes al comenzar a hablar con las chicas.
El instituto nos separó y en la vida tomamos caminos diferentes. Afortunadamente y desde hace diez años volvimos los dos a vivir en la misma ciudad, hemos recuperado el contacto físico, y cada uno o dos meses nos citamos para ponernos al día.
Qué importantes son las amistades antiguas en estos tiempos líquidos. La mitad de lo que cuentas el otro ya lo sabe, te conoce, sabe de tus andanzas y pesares. Es como estar en casa, te sabes cada esquina y cada rincón. Por otro lado, no hay nada especial que descubrir, nada con lo que epatar, el pescado está vendido y lo máximo que se puede hacer es aderezar el relato para que pase mejor.
Fue hace poco. Sentados en una terraza de esas que invade el bulevar, apurando la primera para pedir la segunda, le comenté que mis salidas a comer con la familia eran exclusivamente eso. Y no un descubrimiento de “nuevas experiencias”,
Bernardo sabía a qué me refería. A él le ocurría lo mismo. Tanto dentro del restaurante, como con el inevitable correo electrónico que llega al rato con preguntas “que solo le llevarán dos minutos y nos ayudarán a mejorar”.
A usted, que amablemente lee estas líneas, le habrá ocurrido lo mismo. Da igual si ha ido a la consulta del urólogo, a la tienda de moda o a la clínica veterinaria. Según vuelve a casa ya le están enviando el email. Bernardo y yo coincidíamos en que algunas veces contestamos, pero no siempre. Y debe resultar útil la información al que la recibe, porque nadie se sustrae de enviarte el cuestionario.
Nos pusimos los dos amigos en modo cínico y nos preguntábamos con sorna, que si ya que contestamos algunos de estos cuestionarios, porqué el gobierno no pregunta sobre decisiones o actuaciones de un gobierno. A fin de cuentas cuatro años para una sola pregunta parecen demasiados.
La idea no era nuestra. Hay otros lugares, véase Suiza, en las que desde antiguo, y por correo, se pregunta al ciudadano y esas respuestas se tienen muy en cuenta. Nos dejó a muchos atónitos cuando al preguntarles si querían reducir la jornada laboral, con todo lo que eso conllevaba, dijeron masivamente que no. Con serenidad, en su casa, con pragmatismo y confidencialidad las cosas se ven de forma diferente que en medio del griterío de la calle.
Aquí parece que hubiera miedo a este tipo de cosas, comentamos entre nosotros. Me propuso Bernardo el imaginar que, aprovechando la tecnología disponible, nos hicieran preguntas una vez al mes. Por ejemplo, a principios de julio el cuestionario de junio. Un ejemplo:
. ¿Le parece que el gobierno ha hecho y hace lo que puede para paliar el problema de la vivienda? Y aquí nos darían opciones o podría aportar cada uno lo que le pareciera. Se advertiría que incluir palabrotas invalidaría la respuesta.
. ¿Cómo solucionaría usted tanta corrupción que ocupa más de la mitad de las noticias de los telediarios? Las mismas opciones. Con la advertencia de que el lenguaje vulgar también invalidaría la respuesta.
. ¿Le gustan los joyones? ¿Los luciría usted en alguna fiesta de esas de los bombones que anuncian? Nada de adjuntar montajes fotográficos grotescos.
Y en lugar de moción (o emoción) de censura por qué no nos preguntan a los que pagamos todo este festival… y así nos dejamos de parlamento, de CIS y de mandangas: ¿Cree que habría que convocar elecciones ya mismo? SÍ o NO como únicas opciones.
Claro, matizaba mi amigo, que habría que ver a quién ponemos a recoger resultados y que no les puedan meter mano, aunque gracias a la tecnología se podría hacer con la misma fiabilidad que el carísimo sistema de votar en papel cada cuatro años.
Después de venirnos arriba con la idea, el buen Bernardo miró al suelo y me dijo: «no tienen lo que hay que tener».