El hedor del padre
El hedor del padre, o de la madre, de los hijos, de los hermanos, de la pareja, de los amigos, de los vecinos, es todo lo que queda de ellos. De las montañas de escombros emerge ese hedor que iguala a cuantos sepulta, y ya el padre, o la madre, los hijos, los hermanos, la pareja, los amigos, los vecinos aplastados por el hormigón de los edificios desplomados, lo son de todos los supervivientes, pues nadie encuentra tras ese olor terrible las trazas que distinguían, cuando vivos, a unos muertos de otros.
El régimen actual del fallido estado de Venezuela, fallido como los cimientos de las torres construidas en el peor sitio y de cualquier manera, añade a la ruindad de pignorar su riqueza, su soberanía y su independencia entregándolas sin lucha al amo del norte, la evidencia de que su pueblo le importaba una mierda, lo mismo que, por lo demás, importó a todos los regímenes que le precedieron. El fallido estado de Venezuela, fallido por no haber sido otra cosa que coto cerrado y rentable de clanes políticos en tanto el pueblo se ha tenido que buscar a solas la vida, ha mostrado, cuando tantos venezolanos la han perdido en los seísmos, la más completa inanidad derivada de su parasitismo.
Los supervivientes, si tal cabe calificar a cuantos deambulan como sombras por el hedor de los cuerpos insepultos, buscan a los suyos en las filas de cadáveres que se han podido extraer de las ruinas. Son pocos en relación a los que permanecen sepultados, pero son muchos, y los hijos, los padres, los hermanos, las parejas, los amigos y los vecinos vivos recorren esas filas con la esperanza de reconocer a los suyos, pero a gran parte, si no a todos, los hallan irreconocibles. ¿Cómo reconocerlos si el hedor los ha igualado a todos, si todo apesta salvo la solidaridad de las víctimas supervivientes y la de los extranjeros que han acudido con sus equipos, sus perros, sus cuerdas, sus linternas, a escarbar entre el hedor en busca de vidas?
Dos días tardó el gobierno del protectorado trumpista de Venezuela en sacudirse el estupor tras la catástrofe, y luego, nada. Por esa nada, casi tanto como por los terremotos, la gente no logrará sacudirse nunca ese hedor del alma.