El sistema
Nuestra democracia (el sistema en general) es de tal naturaleza que es imposible aburrirse, en el peor sentido de la expresión.
Por ejemplo, estos días a raíz de la imputación de Zapatero, uno de los entretenimientos más frecuentados ha sido el de enumerar y describir los incontables casos en que los diversos expresidentes de gobierno, exministros, y demás ex, no contentos con su paga vitalicia -muy generosa por cierto- han incurrido en eso que difusamente puede interpretarse como tráfico de influencias, lobby, consejo áulico, o puerta giratoria, centrándose casualmente muchas de estas influencias influencers en empresas inmobiliarias, eléctricas, gasísticas, de comunicación, etcétera.
Lo cual si lo pensamos bien es una forma indirecta de averiguar dónde radica el poder en España. Concretamente radica en esas empresas mencionadas.
Fíjense por ejemplo en el llamado "caso Montoro”.
También cabe preguntarse si el rey demérito no ejerció nunca el tráfico de influencias. Y en caso de que sí ¿Por qué no ha sido imputado?
Y en general, el entorno de la monarquía, que comprende cortesanos, familia, expresidentes, y amiguitos del alma ¿Es propicio ese entorno al tráfico de influencias similar a aquel que ejercía Franco en el entorno de sus cacerías? ¿Se sigue cazando de esta manera o ha sido sustituido ese entorno rústico por el entorno más sofisticado de los campos de golf?
Si dejamos a un lado la dureza de los latinajos jurídicos y nos abandonamos a la flexibilidad de la lengua romance, nos preguntaremos acto seguido si el toqueteo de algunos jueces por la puerta de atrás que el senador Cosidó reconoció como actividad normalizada del PP, puede llamarse "tráfico de influencias”.
En fin, la casuística es amplía.
Luego en el caso Zapatero, está el dato folklórico de que la Administración de Trump (un criminal de guerra) ha colaborado con la justicia española. O sea, aquel tipejo de presidente que muy a las claras ha manifestado que se cisca en los tribunales internacionales de justicia y que el Derecho lo dicta él a través de las bombas (más o menos como Hitler), se nos presenta como colaborador generoso de la justicia española en el caso Zapatero.
¿No dejará esta colaboración tan curiosa alguna mancha o un rastro de suciedad?
Y ya puestos a pedir la colaboración de la Administración trumpiana ¿No sería oportuno dictar ante esa Administración una orden de extradición del propio Trump para llevarlo ante un tribunal penal internacional y que responda por sus crímenes de guerra, por ejemplo (pero no solo) en la escuela de niñas de Minab?