Resucitar a un muerto

El evangelio de este domingo relata la resurrección de Lázaro. La marcha de un ser querido nos hunde en el dolor y la impotencia, como dice José Antonio Pagola. Es como si la vida entera quedara destruida. Una losa separa el mundo de los vivos y el de los muertos. A los católicos nos queda la esperanza de creer en la resurrección y volver a encontrarnos con los seres queridos después del último día.

Pero cuando se trata de un cadáver político o de resucitar a un muerto, políticamente hablando, las cosas cambian. Tenemos experiencias recientes de partidos que creían que iban a gobernar y, después de resistirse hasta el límite para tratar de sobrevivir, han acabado enterrados sin ni siquiera un funeral digno. Y también otras de intentos de resucitar a un muerto, siempre políticamente hablando, no para hacer una obra buena sino para dañar a alguien o aprovecharlo en interés personal o partidista.

Pedro Sánchez es especialista en resurrecciones. Siempre que hace falta resucita a Franco aunque se haya muerto hace más de 50 años y esté enterrado hasta en dos ocasiones, si ello es necesario para calentar a sus bases, aumentar la confrontación o distraer el debate político de las cosas importantes o de las que hacen daño al Gobierno y al partido. Pero también es especialista en resucitar a otros si eso le sirve para sus intereses. Por ejemplo, con Vox. Cuando más crezca Vox, más difícil le será al PP alcanzar el Gobierno o menos libertad tendrá para aplicar su programa. Cuanto más haga crecer Sánchez el fantasma de la ultraderecha, tendrá una oportunidad, aunque sea mínima, de seguir en el poder. Cuanto antes acabe con la izquierda a su izquierda, un enfermo terminal, más fácil será llevarse sus votos no por convencimiento sino porque los votantes de esa ultraizquierda antigua y dividida no tendrán alternativa.

Pedro Sánchez, que acusaba a Mariano Rajoy de haber creado más independentistas que ciudadanos había en Cataluña, ha resucitado, con la inestimable ayuda y asesoramiento de Rodríguez Zapatero, el cadáver de Puigdemont, y ha dado una vida extra a Esquerra Republicana no sólo para gobernar en Cataluña sino para ser decisiva en la política española. Y no solo ha resucitado y blanqueado a los herederos de ETA, Bildu, sino que los ha convertido en "hombres de paz" y en socios indispensables del Gobierno de España. Y con la inestimable ayuda del PNV está sacando a los asesinos de ETA a la calle sin cumplir la condena, sin arrepentimiento, sin que renieguen de los asesinatos cometidos siempre por la espalda y sin que ayuden a aclarar todos los crímenes que permanecen sin respuesta judicial. Pedro Sánchez esconde su incapacidad para gobernar entre resucitados, cadáveres políticos y fantasmas para aumentar la crispación y la confrontación. Si como dice, con razón, el economista y profesor de Harvard, Dani Rodrick, "Trump no solo es un riesgo económico, es la mayor amenaza de nuestro tiempo", la amenazas sobre nuestra política, además de las consecuencias de la guerra, es el creciente deterioro de las instituciones y de la democracia. Este Gobierno, el más débil de la democracia, está sometido al chantaje esperpéntico de sus socios de Gobierno y de los de investidura, no es capaz de aprobar unos presupuestos y va de derrota en derrota hasta el abismo final.

Necesitaríamos, posiblemente, algo "que resucite a un muerto", pero solo unas elecciones podrían hacerlo y ni el presidente ni sus socios las quieren ni hartos de vino. Y para que sea verdad eso de que "los muertos que vos matáis gozan de buena salud" -atribuido a Zorrilla, pero que parece ser de Corneille o de Ruiz de Alarcón- precisaríamos mayorías responsables para una regeneración institucional y democrática, para un mayor control del poder y para satisfacer intereses no particulares sino generales. No parece el mejor momento.

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