España, fatigada

Cuando se dio por finalizada, con precauciones, la pandemia del COVID, millones de españoles se lanzaron, como si no hubiera un mañana, a viajar, a salir de casa a donde fuera, la cosa era irse y en la medida de lo posible retomar la normalidad. Una normalidad herida por los que se fueron, por el sufrimiento colectivo. Todos a la calle como si no hubiera un mañana y nunca mejor dicho porque en aquel momento todos caímos en la cuenta de que ese mañana que dábamos por seguro no lo era, ni lo es, tanto como creíamos.

Retomo estos tiempos porque España está ahora tan fatigada como entonces. Los motivos son bien distintos, es verdad, pero la sensación de fatiga quizás no lo sea tanto.

España, al menos una inmensa mayoría de ciudadanos están, estamos, fatigados de tantos informes de la UCO, de tantos procesos judiciales, de tantas verdades a medias y de tantas mentiras. Estamos fatigados de tanta bandería, de tanto sectarismo, de la incapacidad manifiesta de nuestros responsables políticos, empezando por el Gobierno que por tener más poder que nadie tiene más responsabilidad que nadie para afrontar la realidad desde la serenidad y el reconocimiento de que hay muchas cosas que se han hecho mal, con independencia de lo que digan los tribunales. Hemos llegado a un punto en que si no hay sentencia condenatoria aquí no ha pasado nada.

La fatiga sube de grado al ver como cuando se trata de "uno de los nuestros" hay que defender a ultranza la presunción de inocencia que se niega al adversario, se defiende hilar muy fino del que es de los míos pero la brocha gorda sí vale si se trata del adversario. Se esgrime que las famosas joyas de Zapatero es algo de hace muchos años pero la foto de Feijóo con "su amigo el narco" es de hace unos días. Para colmo de la fatiga es escuchar un día sí y otro también que el Presidente debe convocar elecciones sabiendo que eso ocurrirá cuando a él le parezca y para que no falte nada, día sí y día también, vemos y escuchamos lo indignados que están los socios que en ningún caso dejarán de hacer lo que vienen haciendo: lamentarse, solo lamentarse.

España está tan fatigada de esta permanente noria cuajada de corruptelas, de declaraciones vacías, de mitos caídos -Zapatero ha decepcionado no solo a la izquierda- que se está produciendo otra desbandada. En esta ocasión la desbandada es de la política, de la confianza que nuestros políticos deberían inspirar y no inspiran, de la fiereza del debate político y de la vulgaridad de declaraciones y discursos a los que cada vez se prestan menos atención.

El Papa, en su reciente visita, puso en valor el silencio y en España hacen falta ratos de silencio para que todos, políticos y periodistas, tomemos una cierta distancia de una rutina que abruma y entristece porque a ningún español de bien le alegra o no debería alegrarle. Estos españoles de a pie necesitan, aunque no lo sepan, creer que España es más y mejor que lo que vemos y escuchamos, de lo contrario la fatiga se acrecentará y quizás, cuando llegue el momento, las urnas se verán diezmadas en su contenido. La fatiga lleva a quedarse en casa.

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