La Catedral de Cuenca saca a la luz un cuadro secreto de Ricci
La Catedral de Cuenca trabaja para poner en valor un cuadro atribuido al pintor Fray Juan Andrés Ricci que durante siglos se exhibió en la Capilla del Espíritu Santo como una representación de San Andrés. La obra, cuya verdadera identidad permaneció oculta tras un doblez del lienzo, retrata el martirio de San Serapio, fraile mercedario del siglo XIII ejecutado en Argel.
El hallazgo afloró hace una década durante los trabajos de restauración del templo y fue confirmado cuando la limpieza de la pintura reveló, escondida detrás del bastidor, una firma en letras doradas. La obra fue trasladada a Madrid para su restauración y ahora el cabildo prepara una mejora del espacio museístico para que el visitante pueda apreciarla en su justa dimensión.
La Catedral de Cuenca ha confirmado que uno de los cuadros de la Capilla del Espíritu Santo, considerado durante siglos una representación de San Andrés, es en realidad una escena del martirio de San Serapio firmada por Fray Juan Andrés Ricci, el menor de los hermanos Ricci y uno de los grandes pintores del barroco español. El descubrimiento, que tuvo lugar hace aproximadamente una década en el marco de los trabajos de recuperación del templo, supuso, según el director de la catedral, "una pequeña revolución" en el conocimiento artístico del edificio.
El director de la Catedral de Cuenca, Miguel Ángel Albares, lo describió como "una de las sorpresas que de vez en cuando da este edificio colosal". La pintura, explicó, "se pensaba que era el típico San Andrés crucificado" en una cruz en forma de aspa, interpretación que nadie cuestionó durante generaciones. Solo al ordenarse su limpieza comenzaron a aflorar los detalles que pondrían en cuestión esa lectura secular.
La clave llegó con los elementos iconográficos que fue revelando la limpieza: a los pies del personaje crucificado apareció un hábito blanco con un escudo mercedario, lo que llevó al equipo a pensar en un santo de esa orden. Un análisis más exhaustivo de la composición confirmó que el protagonista no estaba crucificado en una cruz, sino sujeto a un aspa mientras "le extraían los intestinos", un tipo de martirio que no corresponde a la tradición iconográfica de San Andrés.
San Serapio fue un fraile mercedario del siglo XIII que marchó a Argel a liberar cautivos y murió martirizado. La pintura lo representa con una escena de extremada crudeza: "personajes moriscos que están abriendo el abdomen de Serapio, extrayendo con una máquina sus intestinos centímetro a centímetro", mientras "lo despellejan por los pies y las muñecas", según la descripción de Albares.
La firma oculta tras el bastidor
El segundo golpe de efecto llegó cuando los restauradores descubrieron que el lienzo había sido doblado hasta 40 centímetros por cada lado para encajar en el espacio donde se exhibió durante décadas. Oculta en ese doblez, aparecía una firma en letras doradas: 'Ricci'. Aquella inscripción pertenecía a Fray Juan Andrés Ricci, quien por aquel entonces trabajaba en el taller familiar en el convento de Mercedarios Descalzos de Madrid.
"Este cuadro lo debió pintar con apenas 25 años, cuando aprendía de los grandes y del taller de su familia", señaló Albares. El artista encargó distintas obras de mártires para la sacristía de la Catedral de Cuenca en esa etapa temprana, marcada por una paleta de colores vivos que contrastaría con la sobriedad que adoptaría años más tarde, cuando el pintor abandonó la orden mercedaria, entró en la Abadía de Silos como benedictino y su obra derivó hacia "negros y oscuros".
El descubrimiento de la autoría obligó a derivar la restauración fuera de Cuenca. La obra fue trasladada al taller de Mari Liz Vadillo, restauradora especializada en lienzos del período, con sede en Madrid. "Fue un momento formidable", recordó Albares, quien calificó el hallazgo de "joya" en un edificio que, tras siglos de historia, "sigue dando cosas".
La capilla de los marqueses de Cañete
El arqueólogo de la ciudad de Cuenca, Santiago David Domínguez, situó el descubrimiento dentro del programa de restauración por fases al que está sometido el templo conquense. La pintura de San Serapio, precisó, reposaba sobre un retablo del siglo XVI y fue añadida, con toda probabilidad, durante el siglo XVIII como un "añadido barroco" que siempre se interpretó erróneamente.
La Capilla del Espíritu Santo, donde se conserva la obra, tiene una historia propia de enorme peso. Fue ordenada construir por los marqueses de Cañete, descritos por Domínguez como "la familia más poderosa de su tiempo en el mundo", que llegaron a ostentar el Virreinato del Perú. Sus restos reposan en la misma capilla que mandaron erigir; incluso, desveló el arqueólogo, se conservan sus momias en sendas criptas bajo el suelo del espacio.
La pintura descansa ahora justo enfrente de su ubicación original, mientras una copia ocupa el hueco que dejó en el ático del retablo. La idea del cabildo es mejorar la iluminación y la presentación del espacio museístico para que la obra reciba el tratamiento que su autoría y su historia merecen, sin abandonar la capilla que la albergó durante tres siglos sin revelar su secreto.