Yo no era muy de perros

En la familia de mi amigo Alvarito son muy de perros. Hablo de él en presente porque me conforta más que hacerlo en pasado. Me cuesta reconocer ciertas ausencias y que quizá los mejores días pudieran haber pasado.

En esto de las mascotas mi amigo y su familia eran avanzados a su tiempo y tenían la costumbre de poner a los perros de la casa nombre de persona. Yo le pregunté si eso lo hacían pensando en alguien que les caía mal. Me dijo justo lo contrario. Si les gustaba un nombre y no lo tenía el padre, madre, familiar cercano o alguno de los siete hermanos allá que iba.

  • ¿Alvarito, y si un amigo tiene el mismo nombre o viene alguien por vuestra casa que se llame igual que alguno de los perros?
  • El perro estaba antes.

Pasé ratos felices en aquella casa grande y Ricardo, el perro, personaje inquieto se llevaba casi todas las broncas. Ricardo para arriba y para abajo. Había más perros con nombres masculinos y femeninos pero el de Ricardo, por ser un poco fiestero y librepensador, es el que más recuerdo.

Por mi parte he pasado la vida sin mascotas, salvo las que iban llegando a casa y que traían mis hijos: hamsters, ratones de todo tipo, tortugas… Reconozco que las miraba con indiferencia, cariño ninguno.

Como individuo urbano, sin apego especial a los animales, he crecido en una idea más del perro como guardián o como compañero de fatigas, al verlos en una granja de mi familia en Asturias, adonde íbamos una vez al año. Mis preguntas sobre Turco (aquel perro) no iban más allá de si mordía o no, qué comía y porqué ladraba a veces sin ninguna razón aparente. Me decían que tenía el oído muy fino y que “algo habría escuchado”.

Pasa la vida y uno va cambiando, quiero pensar que a mejor, y en casa de gente querida a la que frecuento el perro ha tenido a bien incluirme en el círculo de sus amistades. Es pequeño y listo como todos los que son de mezcla.

Es Blas, y aunque hemos tenido poco trato, me ha dado una oportunidad y una confianza de la que procuro no abusar.

Volví a esa casa hace unos días. Hacía tiempo que no nos veíamos (Blas y yo) porque tiene dos lugares de residencia. Sin embargo, se dejó de formalidades y vino corriendo a la puerta. Daba saltos y hacía cabriolas al verme.

No quería de mi nada muy complicado. Simplemente, que le tirara el muñeco para correr a recogerlo y que le rascara la barriga. Me disolvió por un rato todo ese “torrente dando vueltas por mi mente”, sí, ese que cantó inolvidablemente Rocio Dúrcal.

Me dio por pensar que allá donde se alegren al verle a uno llegar, ese es el lugar en el que hay que hacer parada. Y evitar los otros.

No siento soledad, aunque a nadie le sobra la buena compañía, por eso llevo unos días pensando en nombres para posibles compañeros. Lamentablemente hay unos cuantos, con sus diminutivos incluidos, que no pienso usar.

Porque lo quiero hacer con cariño.

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