Pobreza y miradas

“Y si hay tantos pobres, ¿por qué yo no los veo?”

En las últimas semanas de encuentros y reuniones, al hablar de mi trabajo en la Red contra la Pobreza, me he encontrado una frase repetida que me dicen de manera bienintencionada y sincera: “Si de verdad hubiera tanta pobreza… yo la vería”. Y como frase, que ya es un indicador social, me dice que la pobreza no solo existe; sino que también se oculta, se desplaza, se disimula… y con el tiempo se normaliza.

En Castilla-La Mancha la evidencia es contundente: el INE sitúa en 2024 la tasa AROPE (riesgo de pobreza o exclusión social) en el 34,2% de la población regional. Es decir, más de una de cada tres personas. Desde nuestra Red hemos traducido esa cifra a vidas concretas: alrededor de 719.000 personas. Si con ese volumen “no vemos” la pobreza, el problema no es de estadística, sino de percepción.

La pregunta, entonces, no es si hay pobreza, la pregunta real es: ¿qué mecanismos hacen que la pobreza sea tan fácil de no ver?

En España, y especialmente en territorios como el nuestro, hay una especie de refugio cultural: “somos clase media”. Da igual si el sueldo no llega, si el alquiler se come media nómina, o si hay que elegir entre calefacción y cesta de la compra. “Pobre” suena a fracaso, a vergüenza, a culpa. Y cuando nadie se reconoce en esa palabra, la pobreza se convierte en algo lejano: “la de otros”, “la de la tele”, “la de la ONG”, “la del barrio al que no voy”. Por eso, cuando aparecen los datos, chocan con una barrera mental: “No puede ser; yo no lo veo”.

Nuestro entorno inmediato marca distancias, ya que vivimos donde nos podemos permitir, lo que supone una segregación, ya que la pobreza se concentra y, al concentrarse, se vuelve invisible para quien no pisa esos espacios. No por maldad, sino por rutina. La gente vive donde puede, no donde quiere, segmentando la ciudad y el territorio: barrios, pedanías, municipios, zonas rurales dispersas… donde la vulnerabilidad se acumula y la mirada externa pasa de largo. Un simple cambio de entorno (hacia arriba o hacia abajo) funciona como una bofetada de realidad: la distancia social de pronto “sí se ve”.

La tasa AROPE es un indicador europeo que combina pobreza relativa, carencia material y baja intensidad laboral, lo que significa que muchas situaciones de pobreza no parecen “pobreza” en el imaginario tradicional: No siempre hay hambre explícita, ni ropa rota, ni mendicidad. Hay frigorífico, pero vacío a mitad de mes; hay móvil, pero porque sin él no hay vida administrativa, ni empleo, ni citas, ni colegio. También puede haber coche, pero con averías que se posponen y gastos que se acumulan. La pobreza contemporánea va vestida de normalidad porque se ha adaptado a sobrevivir en silencio.

 

Además, Castilla-La Mancha presenta niveles elevados de economía sumergida: en torno al 16,8% del PIB, según informe del pasado octubre elaborado por la Universidad de Murcia. Si una parte relevante de los ingresos circula “en B”, la vulnerabilidad se vuelve opaca: hay hogares que sobreviven sin constar, con empleos sin derechos, sin cotización suficiente, sin estabilidad. Este trabajo informal funciona como un amortiguador: tapa la emergencia inmediata, pero mantiene el riesgo estructural. Se llega a fin de mes… hasta que hay una enfermedad, una separación, una subida del alquiler, una avería, un accidente… Y aquí va la prueba doméstica: basta con preguntarnos cuántas veces en nuestro entorno se paga “en efectivo” o se arreglan servicios “sin factura”. Cuando eso se normaliza, la pobreza también se normaliza, porque parece que “todo el mundo se apaña”. Solo que “apañarse” no es un modelo de bienestar: es una estrategia de supervivencia.

En lo personal nos relacionamos con gente similar: familia, compañeros de trabajo, amigos, conocidos del colegio, del gimnasio, del bar de siempre, el mismo circuito, ya que solemos relacionarnos estrechamente con gente cuya renta media se parece a la nuestra, y por eso, cuando alguien afirma que “no ve pobreza”, está describiendo su ecosistema social, no la realidad completa. Si tu entorno se compone de gente que llega razonablemente bien a fin de mes, lo más probable es que la pobreza aparezca solo como una noticia o una estadística más. Y cuando algo no te toca, cuesta creerlo.

Naturalmente, la pobreza no afecta igual a todo el mundo. Hay infancia que crece con menos oportunidades; hay hogares monoparentales al límite; hay jóvenes encadenando precariedad; hay mayores con pensiones bajas que recortan en calefacción o salud; hay personas con discapacidad con costes extra y menos opciones laborales; hay familias migrantes con barreras añadidas de acceso a empleo, vivienda y derechos. También existe una pobreza rural que no sale en la postal del “pueblo bonito”: dispersión, transporte limitado, acceso desigual a servicios, dependencia energética y soledad no deseada.

Y aquí está el punto de pedagogía social y medidas concretas, ya que, si la pobreza se vuelve invisible, la política pública corre el riesgo de volverse complaciente: “si no se ve, no urge”. Pero si urge, porque la pobreza limita oportunidades, se hereda con facilidad y empobrece a la comunidad actual y del futuro. Por ello es necesario mejorar el conocimiento de la realidad con mayor profundidad de datos y estudios sobre el territorio y la sociedad; reforzar y coordinar rentas y políticas que protejan cuando el empleo no alcanza, ya que hay que convertirlo en empleo digno, permanente y con ingresos suficientes; garantizando derechos, simplificando trámites y reduciendo barreras para asegurar una atención temprana para todos.

Por eso, cuando alguien dice “si hubiera tanta pobreza, yo la vería”, en realidad está diciendo: “mi vida está razonablemente protegida de esa realidad”. Y eso no es un fallo individual: es un reto colectivo. No confundamos la ausencia de visibilidad con la ausencia de urgencia. En Castilla-La Mancha, la pobreza existe, afecta a una parte enorme de la población y, precisamente por eso, ha aprendido a pasar desapercibida.

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