La tabarra del eclipse

Es natural que el anuncio de un fenómeno tan curioso llame la atención, pero no lo es tanto, se mire como se mire, que llevemos semanas, meses, dando y sufriendo la tabarra a cuenta del eclipse. No quiere decir ésto, desde luego, que los eclipses estén sobrevalorados, pero toda vez que en España vamos a ver tres en dos años, lo mismo los preámbulos mediáticos de éste primero han pecado un pelín de exagerados, circunstancia que sólo puede entenderse por la voraz intrusión comercial, dineraria, en cuanto rodea al fugaz suceso astral y por la devoración generalizada de vivir algo "único" en una sociedad consumidora de "experiencias" exactamente iguales.

El anuncio de un eclipse estimula, ciertamente, la curiosidad, pero sorprende que sólo la estimule el hecho simple de que la Luna se plantifique entre la Tierra y el Sol, y no los efectos mágicos que el tal solapamiento producirá en nuestro entorno. Se venden gafas especiales para ver lo que, en puridad, consiste en no verse, se buscan lugares recónditos -que se llenarán de gente- en la franja peninsular privilegiada para gozar de la atalaya perfecta, se movilizan contingentes de orden público y de protección civil, se refuerzan los servicios ferroviarios en previsión de la avalancha, se ofertan por mil pavos las habitaciones de los hoteles enclavados en la zona cero de la miranda, pero casi nadie parece reparar en que lo fantástico de un eclipse más o menos total no es lo que se ve o no se ve en el cielo, sino lo que se siente en la Tierra, experiencia ésta sí única y sin necesidad de gafas.

Cuando la Luna se entromete entre nosotros y el Sol, todo queda sumido en una rara oscuridad, lo que los animales, las aves sobre todo, interpretan como la llegada de la noche y se van a dormir. Semejante trastoque en las horas del día produce un silencio maravilloso para quien lo quiera oír, los colores que sobreviven en la penumbra son extraños y nunca vistos, y la temperatura desciende de súbito cuatro o cinco grados, suceso éste tan de agradecer en medio de la ardentía.

Lo realmente extraordinario de un eclipse, en fin, no está ahí arriba, sino aquí abajo, razón por la cual es recomendable olvidar la tabarra que se nos ha dado con el asunto de la superposición satelital, no distraerse, y aprovechar la experiencia única, esta sí, de sentir.