Moderantismo con cloaca

No sé si el hecho de poder hablar con fundamento empírico y experiencia cercana (aquí en España sin ir más lejos) de un "moderantismo con cloaca", guarda relación con aquello otro del "extremo centro", pero intuyo que alguna relación hay entre ambos fenómenos. Al menos comparten que su enunciado incluye una contradicción flagrante. Parece evidente que desde un moderantismo con cloaca es muy difícil presumir de moderación. Y por la misma razón, desde un centro extremista parece muy poco creíble presumir de equidistancia o de centrismo.

Algunos dirán que estos conceptos no están admitidos de forma universal y que tienen un ánimo escandaloso y polarizante, pero otros muchos opinarán que lo único que hacen es describir la realidad tal como es y denunciar las fuentes disimuladas de esa polarización. De esa famosa polarización que desde todos los ángulos del espectro político, unos y otros achacan al prójimo, y que paradójicamente los que se autoproclaman como "centristas" (de este extremo centro que decimos) se creen con más derecho que nadie a endosar a los demás. Cosa que también ocurre con el término "populismo", que -ya saben- vale para un barrido y un fregado.

Recientemente el periódico El País titulaba una entrevista de Rafa de Miguel al escritor Julian Barnes "Me he vuelto más de izquierdas porque el centro se ha desplazado a la derecha", idea que Barnes expone y argumenta durante la entrevista. Una idea cada vez más compartida. Y aunque este corrimiento del centro hacia la derecha pueda parecernos un hecho banal, lo cierto es que para muchos analistas es un elemento clave de nuestro deterioro actual en todos los ordenes, económico, social y político, por lo que supone de entronización y normalización del extremismo neoliberal (la banalidad del mal podríamos decir), el consecuente desprestigio y desaparición de muchos partidos "socialistas", la desigualdad obscena que impera en nuestro mundo, y últimamente la normalización de la ultraderecha y el fascismo.

Dice en esa entrevista Julian Barnes:

"El centro se ha desplazado mucho hacia la derecha. Y propuestas que para mí son bien modestas, como el hecho de que las líneas de ferrocarril deberían ser de propiedad pública, igual que el suministro de agua o la electricidad, han pasado a ser ideas muy en la línea de Jeremy Corbyn [el líder anterior del Partido Laborista, que llevó a la formación hacia planteamientos considerados muy a la izquierda], cuando en realidad son muy centradas”.

Junto a esa falsificación por desplazamiento a la derecha del centro político, también procede analizar si el anatema de los polos equivale en última instancia al anatema del debate público basado en el contraste de ideas y proyectos, y por tanto a un debilitamiento de la democracia. Algo de eso hemos vivido cuando el elogio desmesurado y descentrado del "centro" (extremo), a veces vendido como "gran coalición" patriótica, condujo a un bipartidismo turnista y asfixiante que acogotó y corrompió nuestra democracia.

Aquello de un modelo de "pensamiento único" y "sin alternativa" que cristalizaba en una Historia detenida, tiene que ver sin duda con esto. Todo era falso: el supuesto centro, el pensamiento único, y la Historia detenida.

Si a ojos de numerosos y prestigiosos analistas el centro político se ha desplazado mucho a la derecha gracias a un extremismo neoliberal adoptado como catecismo del sistema, es lógico pensar que lo que se califica ahora como extrema izquierda por distorsión del enfoque en la mirada, esté más próximo al centro original que no a un polo. De forma que parece razonable -una vez corregida esa distorsión- ubicar esa denominada “extrema izquierda” que defiende los servicios públicos y la titularidad pública de determinados servicios y suministros estratégicos, en aquella parte del espectro político que no hace tanto se calificaba como socialdemocracia. Que es precisamente lo que el neoliberalismo ha intentado liquidar junto al Estado del bienestar y la clase media.

Pero yendo al origen de esta reflexión sobre un moderantismo con cloaca incorporada que parece vulnerar más de una regla, semántica, lógica, política, y democrática, además de algunas o bastantes normas legales, digamos lo siguiente:

La pregunta que muchos nos hacemos sobre la famosa policía "patriótica" del gobierno de Rajoy (un gobierno en las cloacas que se fue por el desagüe) es si este asunto turbio (una célula fascista alojada y funcionante en el subsuelo de una aparente democracia ) se detendrá en Jorge Fernández Díaz, ministro del interior de Rajoy, que cargue con toda la responsabilidad del asunto, o si de ahí rebasará el escándalo (uno de los mayores de nuestra democracia) hasta el propio Rajoy.

Esa duda plantea un interrogante fundamental sobre nuestro sistema democrático:

¿Es de verdad o es de mentira?

Desde luego la naturaleza de este episodio de corrupción gubernamental nos trae recuerdos de aquel famoso Watergate de Richard Nixon. Podría incluso, si lo pensamos bien, adjudicarse a nuestro episodio nacional una mayor gravedad por varios motivos. Pero en todo caso la respuesta a los interrogantes sobre su resolución final depende mucho de la idea, optimista o pesimista, ilusionada o realista, que cada uno de nosotros tengamos sobre el funcionamiento de nuestra justicia. Que es la misma justicia -no lo olvidemos- que el senador Cosidó describió con aquello tan crudo y brutal de "al Tribunal Supremo se le toca por detrás", y el propio Fernández Díaz con aquello otro no menos brutal de "esto el fiscal te lo afina". Así que en este contexto de descripción realista no es fácil saber si la responsabilidad de M. Rajoy en este asunto será al final toqueteada y afinada.

Poca ilusión y esperanza pueden extraerse de esas descripciones de nuestra justicia hechas por observadores tan cercanos al objeto descrito como las que mencionamos más arriba.

En todo caso es un asunto muy grave este de la policía "patriótica", politizada a favor del PP y actuando fuera de la Ley, y me recuerda mucho a lo que está ocurriendo ahora mismo con los ICE de la administración fascista de Trump.

Para comprender esto es útil y muy recomendable en todos los sentidos leer el artículo publicado recientemente por Jonathan Rausch en "The Atlantic", titulado: "Sí, es fascismo”.

En su artículo Rausch describe los elementos que permiten calificar a la administración Trump como una administración fascista. Conviene fijarse en el siguiente párrafo:

"Si Trump no hubiera hecho nada más, su demolición de las fuerzas del orden independientes y apolíticas habría acercado al gobierno estadounidense más que nunca a un modelo fascista”.

O sea, lo mismo que hizo aquí el gobierno de Rajoy.

Puede muy bien creerse que esa famosa parsimonia o falta de diligencia que Rajoy (un "moderado") desplegaba en el plano aparente y democrático, lo suplía con creces con una actividad oculta y frenética en aquellas fosas sépticas. Lo cual obliga a pensar que este antiguo dirigente popular tenía o tiene aún, si no ha cambiado de parecer, una mayor fe en esa acción torcida, subterránea y antidemocrática, que en la acción visible, democrática y recta. De forma que cuando se pone a Rajoy como ejemplo de moderantismo, conviene aclarar que se trata de un moderantismo con cloaca, para que no haya lugar al engaño.

Nunca lamentaremos suficientemente que aquella actividad oculta de las cloacas del gobierno de M. Rajoy, que se organizaba sobre la mentira, el bulo, la malversación de fondos públicos y los informes falsos, y que iba dirigida especialmente contra PODEMOS y de mala manera -no para solucionarlo sino para enconarlo aún más- contra el conflicto catalán, contribuyeran tanto a aumentar la polarización en nuestro país. Y me refiero a esa polarización -esta sí- insana, que no produce frutos útiles, y que no respeta las reglas, ni de urbanidad ni legales.

Y aquí conviene recordar, porque olvidamos muy deprisa, que aquel incendio último en Cataluña que tantos disgustos trajo consigo, tuvo su principio detonante en la chispa explosiva que provocaron los recortes austericidas de aquella época, así llamados porque en vez de ser terapéuticos resultaron letales, como confesó la propia Merkel. Para que luego confundamos el neoliberalismo que promueve esos recortes públicos como solución improvisada a sus propios fraudes privados, con el llamado "centro" político, y a este "centro" político con la moderación y con algo así como un cortafuegos del extremismo y la polarización. Como vemos, sucede todo lo contrario. Ese centro extremo, que es un centro disimulado y camuflado, ha sido el mayor acicate de la polarización actual.

Aprendamos la lección de una vez por todas: el extremismo neoliberal que algunos proponen como la fórmula económica que define el centro político, es la primera y principal fuente de polarización tóxica e insana en nuestra sociedad, o de forma más amplia en nuestras sociedades.

Sea como fuere, la peripecia judicial de ese episodio antidemocrático de las cloacas del gobierno de Rajoy, será determinante para la salud y credibilidad de nuestras instituciones.

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