La calle

La calle es un símbolo de lo público y por ello mismo es un símbolo de la democracia. Pero como resulta que todo lo público está sometido a reglas, la calle también. No se puede ir por la calle dando mamporros a todos los viandantes con los que te cruzas, como hacían los camisas pardas de Hitler y como hacen hoy los ICE de Trump.

Por supuesto a los enemigos de lo público no les gustan las reglas, y de ahí que promocionen lo que llaman de forma eufemística y engañosa la “desregulación”. Ahora bien, la desregulación a la que se refieren es la de sus delitos y trampas, tan particulares. Al que roba gallinas o dos yogures porque tiene hambre se le debe aplicar la Ley y condenar. Ese es su criterio.

La calle como espacio libre pero sometido a reglas (democráticas) es así un trasunto del Estado de derecho y de la civilización urbana, combinación de palabras que implican de hecho una redundancia: civilización y ciudad.

Todo esto a los nuevos reaccionarios que se dicen "libertarios" (que son los nuevos bárbaros de nuestro desnortado siglo) no les dice nada porque ellos son de cortijos muy exclusivos y de urbanizaciones amuralladas, o de islas privadas, como la de Jeffrey Epstein, donde rigen sus propias reglas, sean las que sean, buenas o malas, bárbaras o piadosas.

La "calle" a la que se refirió Feijóo en el congreso de los diputados hace poco, y en la que según él no podía pisar Pedro Sánchez, y por tanto tampoco aquellos ciudadanos que le votan o que simplemente son demócratas, es la misma calle que Fraga Iribarne (ministro de Franco) decía que era suya.

Y lo decía Fraga -que la calle era suya- porque en cada esquina de esa calle, un tanto gris, tenía apostado un policía de la dictadura que podía acabar con la vida de cualquiera como ahora ocurre con los ICE de Trump, con total impunidad.

Esa calle con la que amenaza Feijóo, donde él puede pisar pero Pedro Sánchez no, como tampoco pueden circular libremente los españoles que no voten al PPVOX o que simplemente son demócratas, es un símbolo del deseo y la aspiración totalitaria de este personaje, Feijóo, que nos vendieron como moderado y que se ha demostrado un político veleta a merced de los vientos furibundos que soplan, que son precisamente los vientos tóxicos del trumpismo y el fascismo en auge. Claro que con las amistades marineras y narcotraficantes que frecuentaba, ya apuntaba maneras.

El caso es que hay una diferencia fundamental entre la calle a la que se refería Fraga y aquella a la que se refiere ahora Feijóo.

La calle a la que se refería Fraga con aspavientos y malos modos, era una calle de una dictadura fascista que abarcaba no solo esa calle sino a todo el barrio y a todo el país, y que de hecho era una calle carcelaria en manos de sus carceleros.

Mientras que la calle a que se refiere o que supone Feijóo, nadie sabe exactamente dónde está, pero en todo caso es una calle -seguro- en un barrio y un país democrático donde la circulación es libre y rige la Ley, por mucho que a Feijóo le pese, demostrando de paso que añora tiempos muy viejos y rancios, lo cual explica sus alianzas de ahora.

Es sabido que hay una muy vieja estrategia fascista denominada "ad hominem". La ultraderecha, que en nuestro país ha proliferado mucho y abarca ya varias siglas, siempre ha actuado igual a lo largo de la Historia. Personaliza en alguien (en este caso Pedro Sánchez) su inquina y su odio contra un gobierno legítimo y democrático que le impide de forma legítima acceder al poder hasta que eso ocurra en los plazos y/o mediante los procedimientos reglamentarios. Y aunque esa inquina y ese odio se produzca en realidad porque ese gobierno no se doblega ni accede dócilmente y bajo su presión a defender los intereses que ellos quieren (o sea, sus propios intereses y los de su grupo de privilegiados), ellos no lo plantean directamente así porque no sería popular, sino que la estrategia que siguen es personalizar esa inquina y ese odio solo en un individuo (en este caso Pedro Sánchez, en otros casos el que toque), aislándolo del resto y desplegando una campaña «ad hominem» mucho más útil y eficaz, dado el espíritu gregario de cierta masa.

Esta estrategia, que es más vieja que Matusalén, se encuentra con un problema grave cuando excepcionalmente y para sorpresa de muchos, en la masa informe no hay suficiente masa gregaria (no hay suficiente masa acrítica podríamos decir) que se deje abducir por esa estrategia «ad hominem», y siendo bastantes los que piensan por sí mismos, esa jugada estratégica (la más utilizada por el fascismo) se va a pique.

Que una frase que podía haber pronunciado Goebbels, Fraga, o Trump, la pronuncie Feijóo en el Congreso de los diputados, es muy preocupante.

Digamos como comentario y resumen de estos hechos tan lamentables que Feijóo se está echando a perder desde un punto de vista democrático. Él sabrá hacia dónde va o a dónde quiere llegar con este tipo de retórica inflamada y extremista.

Le recomiendo a Feijóo, líder aparente de la oposición, que lea el artículo de Joaquim Bisbal titulado "Contra Tucídides, un elogio del derecho" (EL PAIS, 18 FEB 2026).

Contra los bárbaros, necesitamos volver a civilizarnos, habitar pacíficamente la ciudad y recorrer libremente sus calles, que son de todos y están sometidas a las reglas del Derecho.

Comentarios