Sobran mentiras y falta generosidad
En lugar de hablar para solucionar con la mayor urgencia posible los problemas de los ciudadanos, los políticos de uno y otro signo siguen echándose las culpas unos a otros y evadiendo, unos y otros, sus graves responsabilidades.
Si España no estuviera ardiendo todavía en muchos lugares y devastada en otros, hasta podríamos hacer un esfuerzo por entenderlos. Pero no es así. Es de un infantilismo absurdo y peligroso culpar a los demás por los problemas de todos, más aún cuando únicamente una actuación coordinada, firme y rápida puede solucionarlos. Nuestros políticos, y me cuesta escribirlo, son personas que encuentran mucho más relevante su éxito o el fracaso de los contrarios, que la gente a la que se deben. Muchas veces se ocultan ante una obsesión o una perversión, elegidas intelectual y políticamente por ellos mismos.
Alguien dijo que lo más importante de las personas es cómo tratan a los demás. Lo más importante de un político es cómo trata a los ciudadanos, le hayan votado o no. Y en eso, el déficit, también de todos, es grave. Buscar réditos electorales con los incendios, la inmigración, la incapacidad para dar respuesta a los problemas, culparse unos a otros es una trampa que sólo pagan los que han sufrido el problema, nunca los que están obligados a resolverlo. Cuando estos asuntos se ideologizan, y todos lo hacen, el diálogo es imposible. Y sólo el diálogo, la solidaridad, la profesionalidad, el acuerdo permiten resolver los problemas.
Es evidente que ante una gran catástrofe -la pandemia, la DANA, el apagón, los incendios lo han demostrado- no hay instrumentos eficientes para que el Estado y las comunidades autónomas se coordinen con urgencia y actúen con rapidez y eficiencia. Y si existen, no funcionan. La autoridad no consiste en echar la culpa a otros sino en liderar y sumar a todos cuando te enfrentas a un problema. Cuando se produce una catástrofe de ámbito nacional, más importante que saber quien tiene la responsabilidad es que las instituciones públicas, todas, estén al servicio de todos los afectados. No hay que esperar la llamada -"si quieren ayuda que la pidan"- sino ofrecerla. Y poner a los mejores expertos, a los técnicos más cualificados a liderar la respuesta. Es indudable que carecemos de una acción coordinada cuando nos enfrentamos a los grandes problemas. Y no parece que quieran buscarla. Y, por supuesto, hay que ponerse cuanto antes a trabajar juntos para recuperar las zonas dañadas, para reconstruir lo destruido, para garantizar la supervivencia de las personas que lo han perdido todo, para que las ayudas lleguen y no se pierdan en la maraña de la burocracia. Tampoco lo estamos haciendo.
El poder debería saber que quitarse del medio cada vez que hay un problema, ridiculizar al rival y menospreciarlo, igual que a sus votantes, sirve para reanimar a sus decaídos militantes, pero deja en evidencia su falta de respuestas y de proyecto. La oposición debería saber, como decía Ortega, que éste es un país en el que para persuadir es necesario antes seducir. Y parece que todavía no han empezado a estudiar esa asignatura. ¿Sobreactúan cuando aparentan no tener nada que ver con los problemas o realmente se creen que la responsabilidad es sólo de los otros? ¿Se creen sus propias mentiras?
Falta autocrítica, pero también mucha generosidad en la polìtica española. Descartes decía que la generosidad es la más alta de las virtudes morales de la vida terrenal del hombre. Esa asignatura la quitaron de los planes de estudios políticos hace muchos años. Y es posible que tenga razón Elías Canetti cuando escribió que "quien quiere dominar a los demás se convierte en esclavo de su propio poder". Canetti calificó el poder como una enfermedad mental y la avaricia -o la soberbia, la ira, el desprecio a los rivales, añado yo- como una enfermedad moral y proponía como solución la ética del respeto. A los otros y a los ciudadanos. A todos.