Los riesgos del ego desmedido

Seguramente muchos de ustedes se pregunten estos días qué lleva a un dirigente político a equivocarse en la elección de los que le rodean. No es fácil entender que un presidente del Gobierno vea en la cárcel a su ministro/hombre para todo y al responsable del partido. Que su amigo/apoyo electoral aparezca rodeado de joyas de origen desconocido.

Una explicación posible es que su ego desmedido le impida ver al resto de seres humanos más allá de su propio interés. Por tanto, las únicas condiciones que se requieren son la lealtad absoluta y el esfuerzo en la consolidación del líder.

El resto de su vida, ambiciones, avaricia, sexualidad intensa, no interesa. Esa podría ser una causa de por qué Pedro Sánchez sigue defendiendo a Zapatero y asegura, sin rubor, que a todos los presidentes de Gobierno les regalan cosas. Se olvida que hay una legislación, propuesta por el ahora investigado, que obliga a entregar a Patrimonio todo lo recibido en Moncloa.

Con su lastimosa declaración ante el juez, sin pruebas ni argumentos que no fueran su presumida honestidad, Zapatero solo ha conseguido que imputen a sus hijas y a su secretaria. A pesar de lo cual Sánchez sigue llamándole todos los días. Posiblemente su ego no sea capaz de admitir que convirtió, por su propio interés, en emblema del socialismo a alguien preocupado, únicamente, por ganar dinero a espuertas.

La moraleja es que, cuando tu equipo de leales se hunde, te arrastra inevitablemente al lodo y ya da igual que las elecciones se convoquen en otoño del 26, a principios del 27, que coincidan o no con municipales o autonómicas, o que milagrosamente se consigan aprobar unos presupuestos.

Ya no seguirá "en el 27 o más allá" que es su obsesión. Al resto de votantes progresista lo que les preocupa es el descrédito de unas siglas y el riesgo de que el Partido Popular, con el apoyo ineludible de la extrema derecha, se perpetúe en el poder durante décadas. Como podría haber ocurrido con Ayuso de no ser por las andanzas de su novio.

El ansiado poder se puede perder por una pésima gestión, pero también, y sobre todo, por las malas compañías. Menos lealtad y más honestidad.