Una España serena

Así como Rajoy decía que los jugadores franceses de la selección de Francia no son franceses, cualquier español podría decir, ennobleciendo el ralo discurso del expresidente, que los jugadores españoles de la selección de España que se enfrentaron a la del vecino país no eran españoles. O, cuando menos, no lo parecieron: esa serenidad, ese control, ese hambre de excelencia, esa concordia, esa armónica sincronía en el equipo... Ya podíamos tomar nota: si eso es posible en el fútbol, ¿por qué no también fuera de él? La idea que de los españoles traslada la clase política, y que se la traslada a los propios españoles, es la de su incapacidad congénita para aunarse, cuando es necesario, en pos de una meta común.

Los partidos políticos, pese al avance experimentado en los últimos años con la cohabitación de varios y muy disímiles en el apoyo parlamentario al Gobierno, siguen lejos de entender lo que los chicos de Luis de la Fuente han asimilado a la perfección, que todos están ahí para lo mismo. Cada uno de su padre y de su madre, como los mismos partidos, pero en tanto los seleccionados españoles se funden eficazmente en la lucha por un propósito común -en su caso el de ganar la segunda estrella para España en el presente Mundial- los partidos se tiran a degüello, se tunden a golpes, se odian como si se debieran dinero, ciscándose en su única razón de ser, la de idear y proponer de consuno políticas posibles, e incluso utópicas, para la mayor felicidad en todos los órdenes de los habitantes de España.

Una España serena. Esa es la que vimos, contagiados de su serenidad y no como en tantas otras ocasiones en que no nos llegaba la camisa al cuerpo, en el crucial partido contra Francia. Nada que ver con la que propone e impone una manera rastrera de hacer política. ¿Se concibe que criaturas tan diferentes en todo como Pedro Porro y Marcos Llorente y, sin embargo, compitiendo por la titularidad en el carril derecho, celebran de corazón los éxitos del otro? En ese abrazo al término del encuentro, tan espontáneo, tan bello y tan afectivo de Porro y Llorente se halla la clave de la utopía de una España serena. Y conviene recordar, hoy que todos estamos contentos por el resultado, que una utopía no es un imposible, sino algo que no ha sido posible todavía.