El veleidoso antojadizo

Hay una vieja película de Stan Laurel y Oliver Hardy (El Gordo y El Flaco) en la que Stan se baja de un automóvil y llama a una casa, y aparece Oliver. Discuten, y Stan, enfadado porque le cierra la puerta, rompe un cristal de una ventana. Oliver abre la puerta, observa el estropicio, se dirige hacia el automóvil de Stan, y le rompe un ventanilla. A partir de ese momento, comienza una larga secuencia, donde poco a poco, y sin pausa, uno va destrozando la casa y, el otro, el automóvil. Al final, tanto éste como la vivienda quedan hechos una ruina. La película se titula "Grandes negocios".

Me he acordado de esta pedagógica y moralizante película, al observar la peligrosa escalada del presidente de Estados Unidos sobre Irán. Esta arriesgada subida de intensidad, su frustración en comprobar que lo que aparentaba que iba a ser un desfile triunfal se va transformando en un azaroso problema de todo el mundo, incluidos los que nunca le hubiéramos votado, si hubiésemos vivido en ese maravilloso país, llamado Estados Unidos.

Ser millonario desde la más tierna infancia, ejercer de hijo de millonario para pasar a ser millonario autónomo, no debe ayudar mucho a distinguir lo que es un capricho de una necesidad, ni a modelar una sensibilidad que te permita saber que la vida de cualquier persona es más valiosa que una fortuna. Me ha estremecido comprobar que, al mismo tiempo que llegaban a EE.UU los primeros ataúdes de soldados envueltos en su bandera, el presidente sonriera, en unas declaraciones, diciendo que la guerra le iba a permitir ganar mucho dinero.

Desde luego, su fortuna personal ha aumentado bastante, tanto como desnuda se queda esa catadura moral de un patán con dinero. Dijo que, a las 24 horas de ser nombrado Presidente, terminaría con la guerra de Ucrania: se cansó en tres semanas. Iba a liberar Venezuela: liberalizó el petróleo y los torturados siguen en las cárceles. Iba a acabar con el peligro nuclear de Irán: el peligro es que los bolsillos de medio mundo están más vacíos que antes. El millonario, hijo de millonario, es un veleidoso antojadizo. Lo malo de sus antojos es que le duran poco, porque enseguida son sustituidos por otros.

Mi única confianza es que los millonarios de EE.UU, que no son hijos de millonarios, neutralicen que haya un presidente que juegue como un niño caprichoso, no con trenes eléctricos, sino con el globo terráqueo. No confío en su generosidad: confío en su egoísmo, y deberán obrar antes de que el caprichoso les arruine.