La malsana ejemplariedad
Pertenezco a una generación en la que los padres insistían mucho en las conductas correctas, y nos aseguraban que, si nos sacrificábamos en el estudio y en nuestra formación, la sociedad nos recompensaría con trabajos adecuados a nuestras aptitudes, y reconocería nuestro esfuerzo. Y así solía ser, por lo que transmitimos esos principios y esos valores a nuestros hijos, pero ya no estoy seguro de que la recompensa social, laboral y económica, se haya cumplido en los mismos altos porcentajes que se reflejó en nuestra generación.
Licenciados universitarios conduciendo camiones, o limpiando hojas en las aceras, incluso opositando a conserjes en las administraciones autonómicas, no son una muestra de recompensa, con todo respeto a los conductores, ayudantes de jardinería y conserjes. La falta de independencia económica pasados los treinta, y la dificultad habitacional, son circunstancias que no creo que insuflen entusiasmo laboral en una juventud que, además, contempla con asombro que hombres y mujeres de escasa formación -algunos de ellos sin haberse presentado jamás a una entrevista de trabajo- ocupan cargos de alta jerarquía, manejan abultados presupuestos que los contribuyentes hemos puesto en sus manos- y tienen amistades peligrosas, inclinadas al delito, a veces, condenadas por ellos, tras ser probados, y esa conducta que sus padres y abuelos les indicaron que eran deleznables y aborrecibles, resulta que son defendidas por todo el consejo de ministros, presidido por un mentiroso permanente en sesión continua.
De la misma forma que los virus se contagian rápidamente, y producen pandemias, los virus sociales -sean la drogadicción, el engaño, la mentira, el fraude o el chantaje- pueden contagiarse con celeridad entre grupos sociales que se sienten estafados por cumplir unos valores, y que observan el ascenso inusitado, y brillante, de quienes se los saltan y prescinden de ellos. Sí, es cierto, alguna vez pillan a alguno. Sucede en el sur de Cádiz y Huelva con la droga, pero los narcos van ganando la batalla. Y hasta Despeñaperos, y más arriba, se extiende el virus de la corrupción y, cuanto más avance, más se deteriorará nuestra sociedad y nuestra convivencia. Explícale a ese licenciado, que ve la prosperidad de los corruptos, lo peligroso que será renunciar a los principios. Y me pongo en su lugar, y en su falta de experiencia, y es probable que, rodeado de tan malos ejemplos, me asaltaran las dudas.