Hacienda no somos todos
Tiene mala suerte el Ministerio de Hacienda. Primero, se le marcha una de esas mujeres que, según ella, posee una inmejorable opinión de sí misma, y no es que huya, sino que renuncia a ser la mujer con más poder político que hubo nunca en el PSOE para redimir a sus compañeros andaluces, atrapados en los brazos de la derecha. Segundo, coincide la campaña de la Renta con la vista del juicio sobre las trapacerías y golfadas de los antaño camaradas de Pedro I, El Mentiroso, y hoy unos traidores, que nunca llegó a conocer del todo.
Claro, gastarse el dinero en una campaña, bajo la consigna de "Hacienda somos todos", sonaría a sarcasmo y a recochineo. Pero lo más desalentador, no es que estas evidencias de derroche administrativo en colocar a samaritanas del amor desalienten al contribuyente -al comprobar que no todo su dinero va para pagar médicos, policías, huérfanos, etcétera- sino comprobar que serios, y aparentemente honestos directores generales y presidentes de consejos de administración de empresas públicas, o participadas por el Estado, no son tan honestos, y se muestran igual de indecentes que los políticos encausados, con una mansedumbre y una sumisión, que jamás aparece en sus apariciones públicas.
En alguna ocasión, por razones de oficio periodístico, he comido con algunas de estas personas, y casi siempre me he encontrado cierto aire de superioridad, más o menos disimulada, y el mensaje de que están perdiendo dinero, porque les valorarían mucho más en una empresa totalmente privada, pero se sacrifican en aras de su patriotismo. Y su patriotismo les lleva a amparar a las samaritanas de amor de ministros para que cobren un sueldo sin ir a trabajar. Sí, el chocolate del loro, pero hay tal exceso de chocolate que cientos de loros ya han muerto de diabetes y enfermedades coronarias. Y, si el panorama es repugnante, con esta complicidad de altos dirigentes, resulta todavía más desalentador que la actitud de un empleado honrado, que denunció la anomalía, terminara en un despido, no de la enchufada, sino del honorable e íntegro trabajador. Está claro que la rectitud se penaliza. Y, ahora, viene Hacienda a recordarnos que tenemos que ser decentes y solidarios.