Unidos contra la barbarie

Ha desconcertado o incluso molestado en algunos sectores laicos o laicistas (ateos, agnósticos, y demás gente de bien) que otros laicistas, gente de lo más sensato por lo general y pertenecientes a ese mismo gremio aconfesional, celebrasen o celebrásemos muchas de las palabras comprometidas de León XIV contra la nueva hegemonía rampante, que es básicamente una hegemonía de opresión.

Dicha hegemonía oscila entre el fascio -todavía encarrilado en el procedimiento legal de las urnas-, la ultraderecha más feroz, el neoliberalismo más despiadado, y la nueva tecnología puesta al servicio de todo lo anterior. O sea, una nueva tecnología super potente puesta al servicio del monstruo.

Puede entenderse que para un laicista racional y convencido todas las resonancias y reverberaciones que arrastra el concepto "Vaticano" sean inasumibles e infumables por múltiples razones que no es necesario explicar. Lo que pasa es que la Historia da muchas vueltas y nos enseña a distinguir y discernir en cada momento entre los distintos grados de lo deseable y lo indeseable. Y lo mismo que hay un aforismo que aconseja "Haz el bien y no mires a quién", debería recibirse el bien con igual generosidad y amplitud de miras, y más cuando este bien es la oposición a un monstruo tan indeseable y peligroso como el que nos amenaza.

Evidentemente los laicistas abogamos por un Estado aconfesional en una democracia plena, donde todas las creencias (cristianos, musulmanes, judíos, budistas...), y aquellos que no creen (ateos, agnósticos...), tengan derecho a coexistir en paz y bajo una misma Ley civil. Pero también es evidente la gravedad de la crisis que vivimos, en forma de involución ultraderechista (o directamente fascista) unida a la posmodernidad neoliberal (o tecnofascista), fusionadas como una sola fuerza que amenaza, agrede, y que puede arrasar con todo, empezando por la democracia. El ejemplo es Trump.

Frente a esa amenaza de barbarie, todos los aliados son pocos, y la unión de todos ellos se hace imprescindible.

En este contexto es de agradecer que no suframos un silencio cómplice por parte del Vaticano (son otros los que permanecen mudos) similar al que sufrió la humanidad en tiempos de Pío XII ante el monstruo nazi, y es de agradecer que en el Vaticano de hoy se hayan levantado con agilidad y prontitud voces valientes como las del Papa Francisco y León XIV, que se oponen con firmeza y claridad al monstruo, quizás desde una lectura más benigna y coherente de los evangelios.

Una lectura renovada o simplemente recuperada y rescatada.

Como además esta respuesta clara se despliega desde una posición "humanista" (sí, humanista) que creyentes y no creyentes podemos compartir en sus aspectos esenciales, y además es obvio que mediante esa respuesta conjunta se hace frente de forma más eficaz a los genocidios actuales (como el de Gaza), a las guerras de agresión y expolio (como la de Irán), al acoso y derribo del Derecho internacional, a la xenofobia y a las consecuencias antisociales y deshumanizadoras del paradigma económico y/o tecnológico que padecemos, bienvenida sea esa respuesta conjunta porque toda ayuda para parar esa barbarie es poca.

Demasiado tarde se reconoció -eran otros tiempos- que el nazismo era barbarie. Hablamos de los años treinta del siglo XX. Sin embargo hoy los movimientos de ultraderecha que avanzan, integran a nazis en sus filas, a supremacistas blancos, a racistas y demás fanáticos. Sus objetivos actuales nos recuerdan aquellos otros de antaño, incluso en su modo de camuflaje y propaganda. Lo más evidente y reconocible de su estrategia es como articulan sus políticas de odio y como inician por fases sucesivas sus políticas de segregación.

Es cierto que unos y otros sectores de ese frente común contra esta nueva barbarie renacida, mantenemos diferencias importantes, y que tenemos que cuadrar todos con mayor rigor las palabras y los actos, pero no es poca cosa que nos pongamos de acuerdo sobre aquello que de manera irrenunciable y con urgencia hay que defender. Que efectivamente tiene mucho que ver con la dignidad de la persona humana, independientemente de su origen o su religión.

Me parece acertada la argumentación de Gabriel Rufián a este respecto. Ha venido a decir el político de ERC, que cómo estarán los tiempos de raros y alterados que podemos esperar más oposición a la ultraderecha y al fascismo del Papa de Roma que de personajes políticos como Felipe González. Y así es en efecto.

Como recordatorio digamos que todo este estado de cosas se lo debemos a aquellos enloquecidos años ochenta en que el mundo y especialmente Occidente se volvió loco, sin darse todavía cuenta. Ahora es cuando caemos en la cuenta.

Esperemos que no sea demasiado tarde.