Premio al pelotazo

El elogio del pelotazo, incluso el premio, no es de ahora. Lo que sí es una novedad es arrepentirse en cabeza ajena de haberlo practicado. Así cualquiera se arrepiente.

Vivimos en un país tan disparatado por desmemoriado, que incluso Felipe González y Aznar se permiten dar lecciones sobre corrupción. Algo así como si las diera el rey demérito.

O sea, un auténtico disparate.

Con este nivel de desmemoria y disparate cualquier cosa es posible. Por ejemplo arrepentirse en cabeza ajena, que es más fácil que arrepentirse en cabeza propia. Y en cualquier caso, esa desmemoria favorece la repetición de unos hechos que nos persiguen.

No sabemos si ahora Felipe González, aparte de recomendar a Zapatero devolver las joyas, devolverá él también, arrepentido, el dinero que ganó por aburrirse en un consejo de administración puerta-giratorio. Ese tipo de giros que conducen, a través de las dichosas puertas, a la ganancia fácil vía aburrimiento, con beneficios pingües por el mero hecho de aburrirse (aburrimiento que el propio González confesó), se parecen bastante a un tráfico de influencias bien remunerado.

El expresidente González aún está a tiempo de devolver lo que así hubiera ganado, porque probablemente ese pago no era una contraprestación de su aburrimiento, sino otra cosa. Y a partir de ahí a lo mejor ya está en condiciones de aconsejar a Zapatero hacer lo propio, si este fuera el caso y una vez conocidas todas las claves del asunto.

Para no incurrir en fallos de memoria propios, conviene antes de nada que corrija yo un error mío, tal como lo expresé en un artículo previo. El "pelotazo" al que me referí en aquel artículo como método rápido de enriquecimiento (en el que interviene con cierta frecuencia un "tráfico de influencias"), no fue elogiado como yo dije por Alfonso Guerra, sino por Carlos Solchaga, ambos en el gobierno de Felipe González, el number one de la trama pelotista. De manera que no fue propiamente una idea personal aquel elogio del pelotazo, sino una política de gobierno, del gobierno de Felipe González, la cual como es sabido se configuró a través de desregulaciones, privatizaciones, puertas giratorias, pelotazos, tráfico de influencias y demás artes neoliberales. O sea, la "cultura del pelotazo" que cristalizó finalmente y como era de esperar en una larga serie de casos de corrupción. Por cierto, más larga y extensa esa serie felipista de corrupciones que la que cabe asociar ahora al PSOE de Pedro Sánchez.

Siendo mala cualquier cantidad de esta lacra, la comparación de magnitudes es útil en este caso para considerar la oportunidad de ciertos consejos.

En principio o en teoría, Felipe González desapareció de la primera linea de la política española a través de una puerta giratoria y arrastrado por la ignominia derivada de esa larga serie de corruptelas, a cual más grave, desde el caso Roldán o el caso Filesa al caso GAL.

Aunque la corrupción no fue el único motivo de su caída estrepitosa. Desde el principio de su mandato defraudó las expectativas de muchos ciudadanos que le

habían votado, decepción que se debió en gran medida a su inesperada y sorprendente conversión neoliberal, que lógicamente se interpretó como un fraude. Como todo converso, González se convirtió además en un fanático del catecismo neoliberal, instrumento de la plutocracia y fuente generosa de pelotazos y estafas financieras.

Lo más cómico y trágico del asunto es que esta política neoliberal de los gobiernos de Felipe González, con su elogio del pelotazo y su secuela de corrupciones, fue utilizada como motivo de ataque por la oposición también neoliberal y extremista del PP, que de hecho aspiraba a lo mismo pero con mayor intensidad. Es decir, más neoliberalismo, más pelotazos, más tráfico de influencias, más recortes de los servicios públicos, y más corrupción. Por eso resulta tan sorprendente que Aznar se atreva también, imitando a González, a dar lecciones sobre corrupción a nadie.

¿Qué se supone que debemos hacer los ciudadanos que conocemos los antecedentes de estos dos expresidentes? ¿Reirles el chiste? ¿Confiar en su impulso ético?

Así es nuestro "sistema" y por eso se habló durante aquel tiempo mítico del 15-M, de "PPSOE". Todo un acierto a la hora de nombrar la realidad política nacional basada en el pelotazo y la corrupción por turnos.

La etapa felipista y sus secuelas llevaron al PSOE a los momentos más bajos de su historia, y si no desapareció del todo como partido político, tal como ocurrió con otros partidos socialistas europeos que cometieron los mismos errores, se debió a la aparición oportuna in extremis de Pedro Sánchez como alternativa en la dirección de esas siglas que, consciente de lo que les había ocurrido, parecía querer cambiar la orientación de su partido e intentar recuperar algo parecido a la socialdemocracia, al tiempo que se impedía la corrupción.

Pero ¡Ay!, también ahora han brotado los primeros, habituales y nocivos casos de corrupción.

Virgen, virgen, de esta lacra, parece que ya solo quedan PODEMOS y algunos grupos de la izquierda. En cuanto a VOX, es un partido corrupto desde su mismo origen, incluso antes de tocar poder, lo cual constituye un auténtico récord. Fiel al estilo trumpiano, la corrupción en este partido es directamente una vocación y una manifestación de hombría. Un supremacista si no es corrupto no es supremacista.

Felipe González en su involución imparable hacia atrás ("a paso de cangrejo" decía Umberto Eco) se apunta ahora a decir (reaccionario en esta y otras materias en comparación con León XIV) sobre la reciente regulación de inmigrantes, que en España no cabemos todos, sobre todo no caben los más pobres. Y utiliza el argumento del deterioro de los servicios públicos, base argumental de la "prioridad nacional" y de la política de segregación que impulsa VOX, partido supremacista, racista, xenófobo y enemigo de los servicios públicos.

Que Felipe González coincida tanto con VOX, ya no es ninguna sorpresa para nadie.

Lo que no dice, ni él ni otros, es que los servicios públicos ya estaban deteriorados, recortados, privatizados, y saqueados hasta el tuétano desde mucho antes de que la inmigración se plantease como problema (un falso problema), y con más ímpetu si cabe desde la aplicación del austericidio como fórmula neoliberal para salir de una estafa financiera propiciada por los bancos y su desregulación.

Así, con ese deterioro ya consolidado por ley (una ley neoliberal y austericida) que nos endosó Merkel, nos pilló la pandemia. Y por eso hubo tantos muertos, incluidos sanitarios que por carecer carecían hasta de mascarillas para protegerse.

De manera que frente a los análisis y soluciones ultraderechistas como los que lanzan Felipe González, Feijóo, Ayuso, o Abascal, cabe oponer los análisis y soluciones socialdemócratas a través de siglas políticas que efectivamente defiendan los servicios públicos y las políticas sociales, y no el pelotazo y la corrupción.

Pero como hablamos de pelotazos pasados y presentes, hablemos de Aldama. Ya antes de ser detectada su acción corruptora, Aldama había dado un pelotazo estupendo (una comisión millonaria en tiempos de pandemia, muertos y mascarillas), y ahora tras ser juzgado por el Tribunal Supremo lo ha vuelto a dar o lo ha refrendado.

Pandemia, mascarillas y pelotazos en forma de comisiones millonarias, es una combinación que nos suena y que no cabe referir solo al caso Aldama. Hay otros casos que al parecer han creado escuela. Al parecer el Tribunal Supremo justifica ese tipo de comisiones millonarias y enriquecimiento acelerado (auténticos pelotazos) en tiempos de espanto y muertos.

Algo así como ¡Es la economía, estúpido!, frase que algunos adjudican a un consejero de Bill Clinton. Otros la transcriben como ¡Es el mercado, estúpido!

En cualquier caso, una expresión del pensamiento único neoliberal, que es lo más estúpido y nocivo que ha generado nuestra posmodernidad.

Al final, en este tipo de cambalaches si lo pensamos bien, las comisiones millonarias que se pagan a un conseguidor-corruptor y sin escrúpulos que propina el pelotazo, la corrupción y el sablazo, salen del dinero público. Y ese dinero público así conseguido parece que se lo lleva ahora crudo e íntegro el comisionista-corruptor Aldama, incluso tras ser juzgado por el Tribunal Supremo, como pago más que discutible de su delación de colaboradores.

¿Ese pago por la delación de sus compinches puede hacerse sin reproche con el dinero público conseguido por Aldama en aquella operación corruptora? ¿Puede un comisionista corruptor acabar siendo millonario como resultado de todo el proceso y además con la venia de la justicia?

Aquí, según lo percibimos muchos, algo chirría y algún engranaje anda suelto y no encaja bien.

Por mucho lubricante que se aplique a esta pieza descompuesta, mucho nos tememos que la máquina seguirá chirriando. Tanto como chirrían las declaraciones de Felipe González y Aznar, patriarcas de los pelotazos, dando lecciones sobre la corrupción.

En realidad muchas de estas maniobras aceleradas de nuestra ultraderecha nacional (cada vez más amplia y potente) para alcanzar el poder, obedecen a la urgencia de ponerse cuanto antes a las órdenes de Trump, y extraer una importante cantidad de recursos económicos de nuestros servicios públicos para trasvasarlos a la compra de armas en el complejo industrial-militar norteamericano, necesitado de negocio bélico para cuadrar sus cuentas.

Abascal, Ayuso, pero también Feijóo y Felipe González, son los promotores de esa obediencia debida a Trump. Y tienen prisa. Recordemos que Felipe González es un fans de Marco Rubio, la mano derecha y ejecutora del mafioso y criminal de guerra que preside hoy Estados Unidos.

Por otra parte Aznar, que parece que dicta lo que debe hacerse en este campo de la ultraderecha, ya está más que entrenado a esta obediencia debida desde los tiempos de Bush hijo. Aquel Bush que fabricó mentiras para iniciar una guerra ilegal en Irak. Poca sorpresa hay en esto.

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