Política visceral
Hablemos de vísceras, ya que hablamos de política española contemporánea.
Vivimos un tiempo político caracterizado por una ultraderecha renacida. La ultraderecha por su propia naturaleza y base ideológica (pensemos en el fascismo que venera la violencia), suele adoptar formas explosivas.
Este tipo de reacción reaccionaria no necesita argumentos. Y si los hay, la reacción visceral los malogra y los echa a perder. Nunca estará de más por tanto promocionar la vía del argumento en detrimento de la vía visceral del odio.
Dejemos la pasión para acciones más positivas, alegres, y vitales, e intentemos enfocar la política como un ejercicio dialéctico entre seres racionales, o si lo prefieren, como un juego de ajedrez.
Sospechemos de aquellas ideologías políticas que invocan la violencia y denigran la inteligencia. Suelen carecer de argumentos y de utilidad pública.
Si podemos hablar aquí y ahora de una "reacción visceral" utilizando ese adjetivo para referirnos a determinados hechos y expresiones (insultos continuados) que caracterizan nuestro momento político, es porque las vísceras no funcionan con argumentos medidos sino mediante automatismos ciegos, ya que se sitúan en un escalón previo a la elaboración racional. Por eso las políticas y las campañas de odio se despliegan desde las vísceras y no desde la razón. Y por eso también el contagio rápido que supera el filtro de la razón y participa del automatismo ciego de la masa, es un elemento omnipresente en estas "campañas de odio".
El odio se extiende y se propaga mediante un movimiento ondulante que nos recuerda al peristaltismo de las vísceras. Así que el adjetivo "visceral" aplicado a este fenómeno es oportuno.
Todo ello -no es necesario decirlo- es muy peligroso en el ejercicio de la política, de manera que se hace urgente abandonar este nivel ínfimo e infame de la política visceral y elevarse un poco al nivel de la política basada en argumentos.
El ejercicio de la política puede elevar el número de neuronas de nuestro cerebro si se practica como un ejercicio dialéctico y de habilidades para lograr el bien común, porque ese objetivo tiene una enorme dificultad y requiere de inteligencia. O bien puede mermar su escaso número si uno insiste en practicar una política visceral basada en el odio.
Vemos que cuando una masa ofuscada se suma o se coagula en una campaña de odio, las voluntades individuales sustentadas en la razón personal se anulan y todo sucede "necesariamente" como en las ondulaciones de las olas del mar, que se empujan unas a otras, ciegamente. O como en las ondas de choque que transmiten un temblor de tierra, con resultados siempre imprevisibles.
No es necesario subrayar, pues la evidencia al respecto es notable, que las "campañas de odio" y la política visceral en nuestra vida política reciente, están impulsadas desde esa ultraderecha renacida, concepto este de la ultraderecha que ya incluye a varios poderes presuntamente serios, a negacionistas varios, y a distintas siglas políticas. Ahí ya existe consolidada una gran coalición del odio que es la que las encuestas dan como ganadora en unas futuras elecciones, salvo sorpresa. Sorpresa que pudiera darse y que debería respetarse, como en toda democracia que se precie.
Precisamente que sea una coalición del odio la que se aventura y vaticina como ganadora en unas próximas elecciones, puede restarle muchos votos de gente pacífica.
En los últimos días varios analistas han señalado que la campaña de odio, o las campañas de odio en plural, porque a veces se suceden una tras otra, contra Pedro Sánchez como cabeza visible del actual gobierno de coalición, pasarán a la historia de nuestra vida política nacional o incluso internacional como ejemplo singular y un tanto incomprensible de furor desmedido e irracional que roza peligrosamente las fronteras del golpismo.
Conviene recordar que desde el principio este gobierno fue calificado como ilegítimo por parte de ese sector protogolpista que no encaja del todo el juego democrático y que no concibe que no sean ellos los que gobiernan, o que no se gobierne como ellos mandan.
Esta campaña de odio tan precoz y tan persistente, al optar por el estilo infame que ha elegido, debilita la fuerza virtual de los argumentos que pueden utilizarse desde toda oposición política guiada por la razón y la utilidad pública, y contrasta de forma muy llamativa con el prestigio de nuestro gobierno y de nuestro presidente de gobierno en el ámbito internacional. Muchas de las iniciativas, actitudes y logros de este gobierno son envidiados por la ciudadanía de los países de nuestro entorno, que padecen líderes grises, meros instrumentos pasivos de la plutocracia o del poder norteamericano.
Recordemos que lamentablemente hoy ese poder norteamericano está en manos de Donald Trump, y que oponerse a él es cuestión de vida o muerte. De vida o muerte de la propia soberanía nacional y de la independencia de los países, pero también de la democracia y del Derecho internacional.
Contrastan también estas campañas de odio con los elogios unánimes (o casi unánimes) de los analistas económicos (en los últimos días Goldman Sachs), que no salen de su asombro y alaban los logros de nuestra economía. Hay quien matizará y no le faltará razón que esos éxitos se dan sobre todo en lo que llamamos la macroeconomía, mientras persisten agujeros y debilidades en otros aspectos más tangibles y próximos al ciudadano.
Otros dirán que en estos aspectos más tangibles y próximos al ciudadano, también ha habido avances importantes. El problema de la vivienda sin embargo necesita soluciones, y los servicios públicos requieren casi una revolución para su fortalecimiento decidido y sin complejos, abandonando definitivamente las tendencias privatizadoras y neoliberales y apostando por la salida socialdemócrata a las crisis que nos agobian.
Igualmente se necesita reflexionar por qué aquí, en España, nos hemos defendido peor que los ciudadanos franceses por ejemplo, muy movilizados a la hora de oponerse y defenderse contra el retraso de la edad de jubilación. También el abuso cometido contra los interinos de los servicios públicos está aún pendiente de una justicia reparadora que obedezca (como corresponde) el dictamen de los tribunales europeos de justicia, por encima jerárquicamente de los jueces nacionales.
Aún así conviene decir que estos dos problemas que aquí señalamos, retraso de la edad de jubilación y abuso contra los interinos, se arrastran y se heredan de otras administraciones previas. Lo que lamentamos hoy es que con un gobierno progresista en el poder todavía no se hayan resuelto, en el caso de los interinos, o revertido, en el caso del retraso de la jubilación.
Las siglas políticas que se anuncian como ganadoras en las próximas elecciones, o sea PPVOX, no tienen ninguna intención de solucionarlo. Ni eso ni otras cosas. Al contrario, prometen echar por tierra todos los logros positivos de este gobierno, y volver a poner como objetivo prioritario de nuestra política nacional los intereses minoritarios y muy exclusivos de la plutocracia. En eso como en otras cosas siguen la estela de Trump.
Pero volviendo a lo desmedido por irracional de la campaña de odio contra Pedro Sánchez y su gobierno. Efectivamente es una campaña desmedida, truculenta, como toda campaña de odio, pero no singular. Previamente a esta campaña se desplegó otra exactamente igual, también pródiga en insultos y amenazas, pero en aquella ocasión se hizo contra Pablo Iglesias y PODEMOS. Campaña en la que se implementaron maniobras subterráneas, ilegales y antidemocráticas desde las cloacas del gobierno de M punto Rajoy, que esperemos la justicia repare pronto mediante las condenas pertinentes.
Por tanto conviene poner el foco en el elemento común de estas dos campañas de odio tan iguales y tan seguidas. ¿Qué nos dice esa práctica repetida en dos campañas muy similares y que rozan la acción golpista o directamente el delito en el caso de la mal llamada policía "patriótica"?
Lo que nos dice es lo que ya comentábamos más arriba: parece haber un sector en nuestra política que no concibe y no acepta que gobiernen otros que no sean ellos. Esto es muy peligroso, y aunque en nuestro caso esa actitud tiene raíces antiguas, ahora además se columpia y se recrea en la moda trumpista. Conviene por tanto denunciarlo y estar muy atentos.
Feijóo, al que todo esto parece importarle poco, insiste y avanza en su escoramiento ultraderechista modelo Trump, y en consonancia con ese modelo ahora lanza la sospecha de un futuro fraude electoral por una decisión tan justa como es conceder la nacionalidad española a los descendientes de los exiliados del franquismo.
Tan justa como lo fue en su momento la concesión de la nacionalidad española a los descendientes de los judíos sefardíes expulsados por la reina católica en 1492.
Con esa estrategia de sospecha de fraude electoral (y no es la primera vez), Feijóo se aproxima un poco más si cabe a Trump y Bolsonaro, hoy en la cárcel este último precisamente por intento golpista. Si Trump no está en la cárcel -como Bolsonaro- por el mismo motivo, fue por su eficaz manipulación de la justicia de su país.
Esperemos que Feijóo, a diferencia de esos dos energúmenos, recapacite y no aliente un asalto al Capitolio. Sería el remate de una política del todo descabellada.