Polarización

"Polarización" es la palabra que no se pasa de moda. Cada año que amanece, reverdece como si estuviera nueva.

Se habla de la "polarización" como el mal de nuestro siglo (mejor no averiguar qué ocurrió en el siglo pasado), pero una pregunta se impone: ¿Es que acaso lo que llamamos polarización es tan malo o es siquiera evitable? Y por cierto ¿A qué llamamos polarización?

Al utilizar este término de polarización ¿El significado es siempre el mismo e igual para todo el mundo? ¿Llamamos hoy polarización a lo que en otro tiempo llamábamos de otra forma, por ejemplo debate o polémica? ¿Los que claman contra la polarización quieren acaso la uniformidad del pensamiento, o sea el pensamiento único, es decir la "gran coalición" ideológica, que por supuesto debe ser neoliberal?

A poco que lo pensemos, parece que ese mundo del pensamiento único, del pensamiento uniforme y sin alternativa (que es lo que Thatcher proponía para imponer su propio catecismo, neoliberal), no es muy atractivo ni muy deseable. Ni deseable ni tampoco conveniente, y quizás por eso ha fracasado, como ha fracasado la tesis del fin de la Historia de Fukuyama.

Desde que el mundo es mundo, el pensamiento humano es multiforme, y quizás por ello mismo es versátil.

Se da en el ámbito del pensamiento y de las ideas, de la cultura en general, algo parecido a lo que ocurre en la evolución biológica, basada en variaciones y diferencias que resultan más o menos adecuadas y exitosas según su adaptación al entorno, o sea según su adaptación a la realidad de los hechos.

Lo cual no impide llegar a acuerdos y compromisos entre posturas diferentes, siempre que no lo sean en extremo y directamente incompatibles.

Esos acuerdos y compromisos nos recuerdan al fenómeno de la simbiosis en biología.

Por lo general, con el paso del tiempo y en confrontación con la experiencia, unas tesis triunfan y otras fracasan. El tiempo y la cosecha de resultados, decide muchas cuestiones previamente enconadas en el ámbito especulativo. Como suele decirse en el ámbito jurídico, a partir de un determinado momento, la cuestión sujeta a debate y polémica, resulta pacífica.

Así por ejemplo la deriva de los hechos y la cosecha de resultados va convirtiendo a la cuestión del cambio climático, antes polémica, en una cuestión pacífica en la mayoría de los ámbitos técnicos y académicos, aunque es obvio que a esa polémica y por cuestiones ajenas a la ciencia, aún le queda recorrido.

En realidad lo que hoy llamamos polarización, arranca de un hecho muy antiguo y natural, consustancial al hombre. O eres de David Attenborough o eres de Iker Jiménez. O te tomas en serio la ciencia o no. En eso consiste la polarización actual sobre ciertas cuestiones, sobre todo en estos tiempos en que los medios de masas y su influencia son decisivos.

O confías en los científicos (y a lo mejor hasta puedes comprender sus argumentos y contrastar sus datos) o crees en los ultras, que no necesitan argumentos ni tampoco aportan datos. No hay otra, porque las terceras vías, salvo honrosas excepciones, suelen ser el camuflaje de una de las dos alternativas en liza.

Entonces, si la polarización, o lo que es lo mismo, tener ideas diferentes sobre determinadas cuestiones, es inevitable y natural ¿Qué es lo que falla?

Pues parece que lo que está fallando son las formas. Por ejemplo, cuando se sustituyen los datos y los hechos reales y comprobables por bulos. Si eso se admite, y vemos que no solo se admite sino que incluso se levantan fábricas mediáticas que se dedican a fabricar bulos, la discusión entre iguales se hace imposible y se bloquea.

Sin duda la referencia máxima y el patrón oro en el aspecto formal en cualquier discusión sobre la realidad, es el método científico. Pero claro, no todos somos académicos, doctores o expertos, ni estamos trajinando directamente en el laboratorio o en una investigación de campo, sino que en nuestra espontaneidad curiosa nos animamos a discutir sobre temas que no dominamos del todo y en los que ocupamos la simple categoría de profanos. No es poco mérito sin embargo que un profano sepa detectar los bulos, o buscar adecuadamente la información sólida y fiable.

Por ejemplo, si alguien suelta el bulo de que está prohibido "limpiar" (mantener) los montes, entonces y aunque seas profano en la materia, debes saber buscar la información que desmiente ese bulo.

O si la cuestión que se debate es de quién es la responsabilidad y la obligación de "limpiar" (mantener) los montes, hay normativa muy clara que lo dice: propietarios, ayuntamientos, comunidades autónomas...

Esa habilidad para buscar información fiable, es una condición sine qua non para moverse en esta vida posmoderna. Entendiendo por vida posmoderna como aquella que surge del rechazo de la Ilustración, de la razón, y de la ciencia, y en la que por tanto la polémica alimentada y basada en bulos está servida.

Que se pueda tildar a la derecha y la ultraderecha de negacionista se entiende. Que se pueda culpar a la izquierda de vaciar la España rural o que el "urbanita" español sea precisamente de izquierdas, ya ofrece más polémica.

Pero en definitiva, entrar en discusión sobre ciertas cuestiones, es inevitable y además es conveniente. El debate es saludable.

Ya Sócrates salía por la mañana (mañana soleada) de su casa, entre otras cosas para evitar a su mujer tempestuosa, y se ponía a hablar con unos y otros, fueran filósofos, aficionados a la filosofía, o simples ciudadanos. O sea, que le gustaba entrar en conversación para ver qué sacaba en claro de allí o qué averiguaba.

Pero claro, para este intercambio de pareceres se necesita un tono más o menos cordial, civil y peripatético, y eso es lo que a lo mejor hemos perdido y por eso utilizamos esa palabra de moda: polarización. Pienso que no es lo mismo debatir de forma peripatética, o sea paseando o caminando hombro con hombro los dos discutientes, como hacían aquellos griegos antiguos, que hacerlo de forma sedentaria, a la distancia y tras una pantalla de ordenador. Aunque en esta última modalidad de debate también es posible mantener las formas.

Siempre ha habido caracteres apasionados en la discusión de cualquier nimiedad. Lo que si parece que está ocurriendo ahora, en nuestro tiempo, es que ese apasionamiento de algunos y que se da por descontado y como propio de algunos caracteres específicos, ahora se ha generalizado por una especie de contagio colectivo o por la reverberación que producen determinados mecanismos de comunicación.

Pero aparte de este defecto, que puede corregirse, debemos concluir que la discusión, o por mejor decir el debate, no solo es necesario y saludable, sino uno de los impulsos fundamentales del progreso humano.

Parece evidente que una vez que los profanos hemos agotado todos los términos de la discusión en los medios y en la plaza pública, debemos dejar paso a los expertos (de distintos colores y pareceres) para que desde la neutralidad técnica y con datos contrastados -a poder ser- diluciden las causas de los problemas (verbigracia los incendios) y busquen las soluciones más idóneas.