Más ecos de caverna

En un discurso reciente Feijóo dejó caer otra idea peregrina de las suyas, poco moderada a mí entender. La idea de que la prosperidad se debe anteponer a la democracia. No es poca cosa para tamaño ideólogo, sin duda influido, aunque sea de oídas, por esos "libertarios" totalitarios que hacen de la "libertad" un reducto muy exclusivo y excluyente en el que la democracia, o sea la libertad de voto y de elección, empieza a sobrar y por tanto es un estorbo a eliminar.

Y esto no es una exageración si tenemos en cuenta que desde ese fantasma "libertario-totalitario" que recorre Occidente, intentaron ya dos golpes de Estado muy próximos en el tiempo: uno en USA, a manos de Trump, y el otro en Brasil, a manos de Bolsonaro. Como síntoma, es bastante evidente el mal que anuncia.

El futuro que proyectan esos think tanks extremistas desde su caverna, apunta a esta idea: dejar votar a los vasallos del nuevo y potente tecno-feudalismo, sería absurdo y contraproducente. Muy en la onda de la moda feroz patrocinada por los milmillonarios y los ideólogos de la Ilustración oscura. Por cierto, curiosa combinación de palabras: "Ilustración" y "oscura". Esto nos pasa por echar pestes (posmodernas) sobre el siglo XVIII.

Lo cierto es que la caída del muro de Berlín debería haber sido la ocasión perfecta para una nueva era de moderación política y racionalidad amable en torno a la democracia, y sin embargo se convirtió en la ocasión para un despliegue insensato (o sea, sin complejos) de la extrema derecha política y económica, hasta acabar en este invento de la ilustración oscura y la dictadura de los milmillonarios. En ese sentido fue una oportunidad perdida que convirtió en ridícula la descripción o profecía de Fukuyama. Hoy la democracia, tanto en el ámbito local como en el global, agoniza.

Y ojo, que estamos hablando en este artículo de Feijóo el "moderado", y en el PP caben extremismos aún más extremos, que ya es decir. Ya saben: la ventana de Overton y el deslizamiento sigiloso de la "normalidad" hacia la ultraderecha, incluidos golpes de Estado en el ámbito de lo que llamamos nuestro mundo “civilizado".

Lo cierto es que esa frase de Feijóo recuerda bastante a lo propuesto por ese otro fanático de cómic distópico conocido como Peter Thiel, al que en estos días el Vaticano ha hecho el vacío cuando ha ido a Roma a predicar la llegada del Anticristo, como podemos leer en un artículo de Íñigo Dominguez para El País. O aquel otro extremista de la misma banda llamado Nick Land. O el no menos siniestro Curtis Yarvin, ideólogos todos ellos de esa tenebrosa "Ilustración oscura" que intenta utilizar para sus fines la idiotez poderosa y mortífera de Trump.

Quién iba a decir a los que de mozos leían aquellos cómics siniestros con la despreocupación de los que se saben a salvo en el espacio de la ficción, que aquellos personajes terribles, pero fantásticos y poco creíbles, que como mucho podían producir una noche de insomnio, se encarnarían en nuestro tiempo a plena luz del día para hacerse los dueños de nuestros destinos.

Y es que efectivamente nuestra realidad ya supera con creces aquella ficción tenebrosa.

Eso sí, Feijóo en su razonamiento distópico sobre la prosperidad y la democracia, en que pretende relegar esta última al capítulo de lo prescindible, no concretó a qué prosperidad se refería. Tampoco era necesario, porque al contraponer prosperidad y democracia en una falsa disyuntiva, ya intuimos que no se refería a la prosperidad de todos, sino a la suya y la de unos pocos colegas más.

Nada raro tratándose de un político de derecha rancia y pelín extrema que hace buenas migas no solo con narcotraficantes enriquecidos a toda prisa con la desgracia ajena, sino con la plutocracia más soez.

Uno de los productos naturales de la cárcel derechista en la que nos han metido durante las últimas décadas sigilosamente los milmillonarios y sus esbirros políticos, es la desigualdad extrema que define nuestro tiempo, desigualdad que ya asusta incluso a sus propios promotores.

Hay ricos que ante tal espectáculo obsceno piden ya a gritos (se ve que otean la catástrofe) pagar más impuestos (o simplemente empezar a pagarlos) ante el temor de que todo el invento se vaya a pique, como esos castillos de naipes que se derrumban sobre sí mismos. Aunque no es tanto el susto como para que el resto de socios de ese club privilegiado de depredadores se corrijan y recapaciten. Por supuesto, el PPVOX apoya que los muy millonarios no paguen impuestos, que pa eso son los jefes naturales de todos nosotros.

La frase en cuestión, dicha por Feijóo y que se deja caer en medio del discurso como si se cayera ella sola por efecto de la gravedad, nos lleva a la siguiente reflexión: El convencimiento de que se debe anteponer la prosperidad a la democracia, según afirma y propone Feijóo, puede conducir fácilmente y casi necesariamente a la dictadura. Una deriva comprobada insistentemente a lo largo de la Historia.

Esto ya se vivió por ejemplo en Chile con la dictadura de Pinochet, que torturó y asesinó a mansalva ciudadanos chilenos mientras colaboraba con el experimento tecnocrático y neoliberal de los "Chicago boys". Que fue el modelo a seguir por los futuros gánsteres económicos y políticos que hoy medran a sus anchas en "nuestro mundo", un mundo desnortado y sin contrapesos. Un mundo en gran parte heredero de aquellos experimentos económicos envueltos en sangre y torturas.

No olvidemos que en ese "nuestro mundo" de entonces (y también de ahora), criminales como Kissinger, con las manos muy manchadas de sangre, han recibido con todos los honores el premio Nobel de la paz. Lo cual sirve para olfatear los derroteros extraviados que hemos seguido hasta llegar a este presente distópico en que Trump, con toda lógica y como criminal de guerra en activo, exige ese mismo premio. Corina Machado, que está en su misma onda, le ha regalado el suyo. Entre ellos se apañan.

También vemos, para completar el cuadro distópico de nuestro presente singular, a Melania Trump presidir una sesión del Consejo de seguridad de la ONU, casi al mismo tiempo que su marido orate bombardeaba una escuela de niñas en Irán causando una masacre de inocentes. Son capítulos y escenas significativas que la Historia no dejará de registrar para dar forma y color a nuestra época. Hay quien no puede evitar salir mal en la foto.

En resumen, propagar la especie -como hace Feijóo- de la incompatibilidad de la democracia con la prosperidad (¿de quién?), es crear un marco teórico favorable a las dictaduras y las cárceles ideológicas. Huele a pensamiento único y fascismo.

Las falsas disyuntivas como la que plantea Feijóo en su discurso, o esto o lo otro, o prosperidad o democracia, nos deja a solas con ese pensamiento único, neoliberal y de derechas, que es vocacionalmente totalitario y antidemocrático. Ya lo dijo Peter Thiel, profeta de la Ilustración oscura: capitalismo y democracia son incompatibles, motivo por el cual él escoge el capitalismo y su depredación y desecha la democracia y sus normas. Feijóo con su frase nos dice que él es de esa misma creencia.

Otro de los elementos que mejor desnuda la vocación totalitaria del neoliberalismo, aparte del patrocinio generoso y grosero de golpes de Estado, es su ceguera ecológica. Y el patrón oro de esa ceguera hoy lo representa Donald Trump, el ídolo de Abascal y Ayuso.

La ceguera ecológica tiene vocación totalitaria no solo por su desprecio a la biodiversidad y los equilibrios que protegen la vida en nuestro planeta, sino también por el desprecio a la herencia que se deja a las generaciones futuras.

Es por tanto una acción egoísta y totalitaria que se despliega no solo en el espacio de la vida y sus nichos ecológicos, sino en la dimensión temporal.

Todo esto conduce obviamente a una supresión de libertades y derechos. Todo muy triste y lóbrego, o sea distópico pero real.

Pues aunque no se lo crean, la solución no es tan complicada y está al alcance de nuestra mano como ciudadanos que todavía votan (ya veremos durante cuánto tiempo): se llama democracia, eso que a Feijóo no le gusta. Pero también se llama respeto de las Leyes y del Derecho internacional.

Este Occidente zombi y distópico que nos ha tocado vivir solo despertará de su sueño letal cuando la democracia vuelva a ser el eje de su vida política y los criminales de guerra comparezcan ante los tribunales internacionales de justicia, como el Derecho manda.