La peor versión
En la enciclopedia escolar de nuestra infancia boomer (la Enciclopedia Álvarez) aparecían viñetas coloreadas que dejaron una huella indeleble en nuestra memoria y cuya finalidad era hacernos menos árida y dura la lección de la Historia, épica o sagrada.
De modo parecido nos predicaron después siendo ya adultos pero todavía tercos, una versión rosa del capitalismo (también coloreada), según la cual el mercado es un ente infalible, casi divino, como el papa de Roma, y la clave de todo está en la competencia, quizás en la competitividad, pero en todo caso el truco que no falla para alcanzar el triunfo económico consiste en un producto final de calidad y precio asequible que arrasa y deja a sus competidores -peores sin duda- fuera de la carrera mercantil.
No se entraba a analizar en ese esquema simplista, de viñetas coloreadas, cómo se llegaba a ser tan competitivo, o cómo se producía esa reducción de costes, si por ejemplo se hacía con mano de obra explotada, esclava o semiesclava, o si se hacía mediante externalizaciones que anteponen siempre el lucro privado al interés público, o si se hacía disminuyendo los controles de seguridad para lograr el objetivo último de llegar el primero a la meta. Pero siempre se envolvía todo el proceso en la épica noble del deporte, en el que hacer trampas no está permitido y además está penado.
Sobrevino luego una segunda versión del capitalismo, menos rosa, más parda -o sea, para pardillos-, coincidiendo con la caída del muro de Berlín y con la puesta de largo del neoliberalismo -que antes no estaba tan bien visto como luego se hizo obligatorio- y a la que se apuntaron enseguida los influencers más posmodernos de la economía y hasta algunos famosos "socialistas" reciclados mediante el conocido proceso reciclador de las puertas giratorias.
Esa versión parda del capitalismo predicaba -sin ningún interés por medio- dejar la competición mercantil sin normas y sin reglas, lo que se llama técnicamente y eufemísticamente "desregular", de tal forma que los estafadores y defraudadores, hábiles únicamente para el engaño, también tuvieran su oportunidad de negocio.
¡Y vaya que la tuvieron!
Hacer esto equivale como es obvio a dejar un partido de fútbol sin árbitro y sin tarjetas rojas, de hecho sin reglas de ningún tipo, y arriesgarse por este medio a que se convierta en boxeo lo que antes era futbol. Un tipo de boxeo -conviene aclararlo- también bastante irregular, sin árbitro y fuera del cuadrilátero, a mamporro limpio y sin freno alguno.
Para ahorrar costes en este combate sin reglas se envió al paro incluso al que tocaba la campanilla.
Y eso fue lo que de hecho ocurrió con la desregulación neoliberal, como era previsible. El partido de fútbol de la economía atlética y deportiva se convirtió en boxeo en un escenario de bajos fondos y de allí vino la famosa crisis de 2008, que los más deslenguados y perspicaces llaman estafa, y que de estafa financiera global pasó por pasos sucesivos al caos geopolítico y social en el que nos encontramos ahora.
La conclusión natural de todo esto es que cuando la economía se desenvuelve en un escenario sin reglas ni penalización de las trampas, la geopolítica la imita y se guía por las bombas y la Ley del más fuerte, y lo social acaba siguiendo ese mismo derrotero, ciertamente explosivo.
Así que podemos decir que avanzando (si es que avanzar es el término correcto) en este proceso de regreso a la selva, nos ha llegado ahora la tercera versión del capitalismo, la más oscura y peligrosa, la peor versión sin duda, que es al mismo tiempo la más nueva y la más rancia, pues de hecho constituye un retroceso en modo caída libre hasta los orígenes. Pero no a los orígenes del pacífico trueque que practicaban en sus encuentros los pueblos primitivos y que pudieron estudiar todavía algunos antropólogos de prestigio, sino a los orígenes violentos y salvajes del robo a mano armada, el bandolerismo y el garrotazo cavernícola.
Esta última ola del capitalismo, cada vez más salvaje y violento, cúspide de nuestro proceso involutivo, es la que surfea y cabalga ahora a sus anchas y sin riendas Donald Trump, armado hasta los dientes, mermado de luces y carente de escrúpulos, como aquel cowboy jinete sobre una bomba atómica que nos mostraba en caída libre desde su bombardero, la película “¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú”, del afamado cineasta Stanley Kubrick.
Ese es nuestro momento histórico y de ahí el vértigo y la náusea.