Felicidades Mr. Attenborough
La curiosidad, que es un vicio muy humano, es el impulso fundamental de la ciencia.
Este vicio, que en algunos casos es irreprimible y muy disculpable, consiste en preguntarse una y otra vez por las causas de las cosas, o más ampliamente por su naturaleza: "De rerum natura", que diría Lucrecio, el poeta-filósofo romano que nos dejó una magnifica obra . Existe traducción del Abate Marchena. O sea, "De la naturaleza de las cosas". El abate Marchena, por cierto, fue un heterodoxo español según el canon del ultramontano Menéndez Pelayo, el cual escribió aquella monumental y horripilante "Historia de los heterodoxos españoles” para denigrarlos y hoy es un recopilatorio de personajes interesantes.
La curiosidad:
¿Qué hay detrás de esa puerta (en el sentido literal y figurado del término)? ¿Qué hay más allá de ese horizonte? ¿Qué hay más allá del más acá? ¿Qué hay detrás de esa apariencia? ¿Cuál es la causa de ese efecto que observo? ¿Hay alguna regla que se repita en esta asociación de causas y efectos, que nos permita preverlos y manejarlos?
Los filósofos presocráticos, que son una raíz sólida de nuestra cultura occidental, eran radicalmente curiosos. La curiosidad de estos filósofos antiguos era muy fresca, pero también era ya muy sutil. Su actitud ante el cosmos, que los convierte en una especie de filósofos físicos, representa el prólogo de capítulos que vendrían después y que protagonizaron otros curiosos indomables como Copérnico, Galileo, Giordano Bruno, Darwin, o Einstein.
En ese sentido la ciencia (el pensamiento humano en general) es una actividad trascendente que se alimenta de misterios y que intenta desvelarlos. Pero llevada de una cierta sobriedad instintiva, la ciencia desecha el milagro y busca la regla, o sea la ley natural. Y si algo parece milagro, le busca el mecanismo íntimo y el engranaje oculto hasta que sea comprensible o incluso manejable. Ciencia y tecnología.
Algo parecido hacen otros primates superiores (nuestros primos genéticos), cuando por ejemplo le dan vueltas a una ramita, la observan detenidamente, la manipulan, le arrancan hojas (ya están viendo la herramienta futura en su mente), y al final la dejan configurada como una caña para pescar termitas en el hueco de un tronco. Y es que las termitas para estos primates es una especie de golosina a la que acceden hábilmente y mediante la curiosidad.
A la curiosidad humana que impulsa el pensamiento y la ciencia la debemos considerar un instinto innato, pero también un arte que podemos cultivar. Pero igual que podemos cultivar y fortalecer ese instinto curioso e inquieto que explora su entorno, también puede mutilarse o mortificarse como consecuencia de determinadas creencias, o por determinados imperativos culturales, religiosos, o políticos. Y en esta clase de mortificación voluntaria o impuesta, podemos incluir tanto la llamada "revolución cultural" de la China maoísta como la acción inquisitorial de la iglesia católica, que persiguió entre otros muchos a Galileo y llevó a la hoguera a Giordano Bruno. Para esta iglesia católica, la curiosidad y por tanto la ciencia eran obra del diablo.
La curiosidad tiene algo de infantil, en el buen sentido de la palabra. Los niños son de forma natural los humanos más curiosos. Todos son científicos en potencia.
En esa etapa de la vida todo consiste en curiosear y aprender, hacerse cargo del mundo que nos rodea e intentar comprenderlo. Einstein sacando la lengua en su famosa foto, despliega en ella un gesto travieso e infantil, y nos consta que su curiosidad no tuvo límites. Una curiosidad desbordante y como recién salida del horno es necesaria para cuestionar las verdades establecidas y oficiales.
Cuestionarse las cosas requiere por tanto como requisito imprescindible de curiosidad, buscarle las vueltas a los misterios, hacerse preguntas, intentar ver qué se esconde detrás de la apariencia o de aquello que está establecido como indiscutible. Quizás la ciencia adulta sea una prolongación de la curiosidad infantil, una neotenia, y la virtud fundamental de la especie humana sea esa curiosidad prolongada que nunca se cansa de hacer preguntas.
Es misión de la ciencia impedir que las preguntas y las respuestas se anquilosen. La ciencia por tanto consistiría en mantener en buen estado esa flexibilidad primera del pensamiento, que de alguna forma sería la cara opuesta del fanatismo y la esclerosis mental.
Puede decirse así que el concepto "catecismo" (en un sentido amplio) se sitúa justamente en el polo opuesto y esclerótico de la curiosidad exploradora. De manera que si, como ahora se dice, vivimos desde los años ochenta en el tiempo del "pensamiento único", gracias a los creyentes del catecismo neoliberal, podemos afirmar que no son buenos tiempos.
Y aunque es evidente que esta curiosidad puede cultivarse mediante el hábito de pensar, mediante la educación en la escuela, la lectura, las bibliotecas, y otras técnicas de estímulo, en realidad responde como decimos a un instinto natural y muy humano enfocado a la supervivencia y asociado a nuestra propia anatomía cerebral, en simbiosis, eso sí, con el juego dúctil y flexible de la cultura o de las culturas en plural, tan ágil y rápido en términos evolutivos.
No hace falta ser religioso oficial, o sea religioso de iglesia, para entender ciertas inquietudes humanas y ciertas respuestas también humanas a esas inquietudes. Llamémoslas en general inquietudes trascendentes.
Vaya por delante, para matizar esto de lo "humano" de estas inquietudes, que desconocemos si otros animales albergan algún tipo de inquietud trascendente que podamos llamar "religiosa" o "filosófica". Por ejemplo los grandes simios, tan parecidos a nosotros en tantos aspectos; los córvidos, en los que sorprende y sobresale la inteligencia; o incluso los elefantes y demás criaturas cuya complejidad emocional y/o psíquica no somos capaces aún de dilucidar. No disponemos de ese anillo mágico del rey Salomón, regalo agradecido de las abubillas, que nos permita mantener un coloquio fluido y versátil con estos otros seres vivos que habitan el planeta.
Los que tenemos admiración, afecto, y agradecimiento al método científico, no por ello estamos libres de asombro ante determinadas (o muy indeterminadas) realidades inefables, sino que muy al contrario, todo misterio nos intriga y nos atrae. Esas realidades inefables parecen ser en último término el fundamento de la religión, pero también el acicate de la razón y la ciencia. Basta una pregunta primera y simple: ¿Por qué hay algo en vez de nada? para quedar intrigado y anonadado. Pero los cosmólogos, esos científicos que se atreven incluso con cuestiones que antes solo eran el dominio de la metafísica, no se arredran con esas dificultades, e intentan averiguar incluso cómo nació el cosmos.
Es decir, que a pesar de la dificultad asociada a ciertas cuestiones, lo inefable también se intenta manejar con palabras, que es un instrumento primordial de nuestra razón específica, o con números. No en vano la mística recurre con frecuencia a la poesía (palabra y ritmo) en un intento casi heroico o sobrehumano -como ocurre en toda poesía- de traducir o de transcribir esa realidad inefable en palabras.
Probablemente la música, a la que varias especies animales son sensibles, y que toca tanto la emoción, sea un lenguaje que va más allá de las palabras, o puede incluso que fuera anterior a ellas. Un lenguaje de la profundidad (y no estoy hablando de la música más comercial), cuyos efectos no se pueden obviar ¿Cual es su significado? ¿Por qué un movimiento de los átomos del aire que impacta en nuestros tímpanos -que eso es la música- encaja de esa forma tan sorprendente, tan sublime en ocasiones, con los resortes de nuestra emoción y con las vibraciones de nuestra mente?
Es el misterio no descifrado de la música, que por ejemplo Fray Luis de León en su oda a Salinas relacionaba con la "música de las esferas", o sea con una realidad muy elevada, quizás no alcanzable por las palabras humanas, pero sí por la música.
Al día de hoy la ciencia más avanzada anda metida en la investigación de exoplanetas (esas altas esferas) y es capaz de captar sonidos en Marte (un planeta más próximo a nosotros) gracias a instrumentos sofisticados. Se especula con que algunos de esos sonidos captados en Marte puedan ser por ejemplo relámpagos.
Aquí en la Tierra, el sonido de las tormentas, de los relámpagos y sus truenos, de la lluvia cayendo, de las olas batiendo, del viento moviendo las hojas del álamo temblón, nos fascinan. Concepto este de la fascinación asociado con el encanto, el embeleso, y la magia. Música esta, de origen natural y que constituye otro lenguaje lleno de emoción y en el que intuimos un significado oculto. Misterio.
Lo cierto es que todo el cosmos -que es una fuente inagotable de asombro- es una realidad inefable. Pero a pesar de ello, de lo inefable del "ser", no paramos de pensar y hablar sobre el tema. Y el tema es amplio porque el tema es el cosmos y todo lo que contiene. Y lo hacemos (pensar y hablar sobre el cosmos) porque somos una especie consciente, curiosa y lenguaraz. Así que la clave de todo está en el pensamiento, muy ligado en nuestra especie al lenguaje.
Desconocemos cómo es el pensamiento de los animales que no hablan, o si el lenguaje es imprescindible para tener un pálpito trascendente o religioso. Son famosas sin embargo esas imágenes en las que algunos animales parecen asombrados y como pensando ante la muerte de un semejante. Hay libros sobre la psicología de los gatos, sobre la inteligencia de los cuervos… En fin, el tema es amplio.
El cosmos funciona -aparentemente- según un mecanismo que nuestra razón puede intentar comprender y que además puede utilizar -y de hecho utiliza- en su beneficio. Ciencia y tecnología. Quizás más que de un mecanismo deberíamos hablar de mecanismos, en plural, puesto que no hemos alcanzado aún esa ansiada Ley universal y simple que lo encaje y explique todo.
No sería válido sin embargo usar la expresión "en propio beneficio" en este caso, porque la actividad científica es una labor colectiva cuyos beneficios recibimos todos. Nuestro mundo parece un mundo interconectado que funciona como un todo orgánico. Los que han profundizado en las interacciones que subyacen en esa máquina cósmica, han resaltado la importancia de la simbiosis y de la cooperación en la vida de nuestro planeta. Por no hablar de esa acción a distancia, pero instantánea, de la que habla la física cuántica, que también tiene mucho de misterio y de magia.
La base y el impulso de la ciencia es la necesidad pragmática por un lado, guiada por el instinto de supervivencia, y el asombro ante la realidad y su misterio por el otro. Técnica y prosa, poesía y misterio.
Probablemente el misterio es también la fuente de la filosofía y la religión, pero ciencia y religión adoptan posturas muy distintas ante este enigma cósmico. La religión pone un gran peso en la fe, y ante lo que ignoramos en un determinado momento prefigura respuestas. La ciencia no pone ningún peso en la fe, pero reconoce la porción de ignorancia que padecemos como especie frágil y limitada. Conviene considerar no obstante que la dimensión y fronteras de lo que ignoramos en un momento dado es muy variable y cambia con el paso del tiempo. El progreso de los métodos y conquistas de la ciencia favorece el optimismo respecto a lo que se puede descubrir y conocer en el futuro. Ahora por ejemplo andamos muy intrigados e interesados en descubrir si hay o hubo vida en otros planetas, entre otras cosas para averiguar qué lugar ocupa la nuestra dentro del Cosmos.
Quedamos fascinados cuando a través de unos robots exploradores llevados a Marte, podemos recorrer y observar ese planeta como si estuviéramos allí mismo, a 50 centímetros (o menos) de la roca que las cámaras del rover Curiosity o el rover Perseverance enfocan. Tengo que confesar que me apasiona seguir esa exploración de Marte a través de espacios informativos en Youtube, como "Crónicas marcianas" o "Astrum". Seguro que a Julio Verne le habría fascinado también esta exploración planetaria por medio de robots.
Es probable que esta pasión exploradora en modo astronauta virtual y la curiosidad por lo que se va descubriendo en esas excursiones robóticas, nos venga a algunos de haber leído hace ya tiempo a pensadores como Giordano Bruno o Fontenelle, que eran gente curiosa que pensaron con indudable acierto y con mucha antelación sobre este tema, sin duda apasionante, de la "pluralidad de los mundos". Ya lo hacían -reflexionar sobre ello- los epicúreos y Lucrecio, el autor romano que interpretó de forma tan poética y bella esa filosofía.
La obra de este último "De rerum natura", "De la naturaleza de las cosas", es una de las cumbres de nuestra cultura occidental. Y aunque es un libro muy antiguo que estuvo a punto de quedar oculto y desaparecer, hoy puede ser declarado un libro moderno, en el buen sentido de la palabra. Lean al respecto de este asunto si pueden el libro de Stephen Greenblatt "El giro" (De cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el mundo moderno).
Pero continuando con los agradecimientos, también tuvimos la suerte algunos de nosotros de poder seguir, siendo jovenzuelos, aquella serie mítica de televisión dirigida por Carl Sagan: "Cosmos". Y a Sagan debemos también libros y ensayos fascinantes, de los cuales, si nos atenemos al tiempo posverdadero, distópico, y trumpiano que vivimos, resulta oportuno aconsejar en este momento la lectura de "El mundo y sus demonios" (La ciencia como una luz en la oscuridad). No se lo pierdan si quieren comprender algunos aspectos de la barbarie actual.
Lo cual complementado en aquella juventud curiosa con los programas de Félix Rodríguez de la Fuente para televisión española sobre nuestra fauna ibérica y la de otras zonas del planeta, sirvió de acicate y estímulo para el interés científico y también ecologista de toda una generación.
Hoy uno de los referentes principales de esta buena influencia naturalista y científica a través de los medios es David Attenborough, que el pasado 8 de mayo cumplió 100 años. El Reino Unido y la BBC lo han celebrado como se merece. Si nos atenemos a su caso, parece que la curiosidad científica prolonga la vida.
Y ya puestos, conviene recordar también aquella magnífica enciclopedia en forma de fascículos coleccionables titulada "Fauna ibérica", a la que cabe asociar no solo con el nombre de Félix Rodríguez de la Fuente, sino también con el de Joaquín Araujo, naturalista, filósofo, y poeta. O Miguel Delibes de Castro. Grandes naturalistas todos ellos.
Sin duda la ciencia es admirable.
No obstante, ese optimismo sobre la labor y conquistas de la ciencia se ve empañado a veces por el miedo a no saber utilizar bien el conocimiento adquirido. Esto ha pasado siempre desde los tiempos remotos y míticos en los que Prometeo robó el fuego a los dioses. Y pasa ahora mismo con la IA. Con más motivo si algunos chiflados que tienen mano poderosa en estos asuntos de la inteligencia artificial, empiezan a hablar de "Ilustración oscura" y cosas semejantes, más espoleados por las ambiciones de poder que por las ambiciones de conocimiento y sabiduría.
Cabe también un escepticismo crítico respecto a las capacidades cognitivas del ser humano, en cuanto que somos animales evolucionados que arrastran una anatomía perceptiva y sensorial muy concreta y limitada, adaptada a su propio medio, por más que -por ejemplo- las ciencias matemáticas ofrezcan un aspecto maravilloso y casi mágico que parece superar y de hecho supera los limites de nuestros sentidos y que nos permite predecir ciertos eventos, aunque no todos.
Mientras la religión parece querer detenerse en una creencia inspirada y dada de una vez por todas, una hipótesis invariable y que no cambia (lo cual conlleva un riesgo evidente en su inevitable confrontación con la realidad y la experiencia), la ciencia está abierta siempre a nuevos conocimientos y a cambiar de forma flexible el criterio de lo que un poco antes consideraba sólido e indiscutible.
Tanto la ciencia como la religión pueden tener efectos perversos. En cuanto a la ciencia no hay más que pensar en las armas químicas, biológicas, o en las bombas atómicas. La destrucción de Hiroshima y Nagasaki es un recuerdo que nos agobia.
En cuanto a los efectos perversos de la religión nos hay más que pensar en los crímenes truculentos del fanatismo. Las guerras de religión, las guerras "santas", las "cruzadas", la yihad, el “pueblo elegido”, la Inquisición de la iglesia católica, la intolerancia, el índice de libros prohibidos.
Ahora mismo podemos ver en Netflix algunos documentales al respecto: "Sé dócil: reza y obedece" (2022), dirigido por Rachel Dretzin. O también "Confía en mi: el falso profeta" (2026), dirigido igualmente por Rachel Dretzin.
Tenemos también el ejemplo de los evangélicos extremistas y de ultraderecha, que se mueven en la onda de Trump. Para esto otro, resulta muy interesante otro magnífico documental en Netflix: "Apocalipsis en los trópicos", de la directora Petra Costa.
A pesar de todo, y al margen de esos excesos que es necesario evitar y denunciar, religión, filosofía, y ciencia, obedecen esencialmente a una misma inquietud humana y probablemente tienen un mismo origen, y también un mismo fin, como toda aventura humana: la conquista de la felicidad.
Aunque luego han seguido derroteros distintos y en muchos casos divergentes, esas actividades propiamente humanas comparten un mismo fin: esclarecimiento del enigma cósmico y búsqueda de la felicidad.
Creo que nuestra civilización está suficientemente madura y avanzada como para que esas inquietudes, religiosa, filosófica, y científica, unas más espirituales y otras más intelectuales, intenten y logren un respeto mutuo. Aunque en todo caso y dado que otro de los componentes de una civilización avanzada es la pluralidad, la democracia, la libertad de pensamiento, y la tolerancia, se requiere de un espacio de todos, un espacio público, democrático y laico, que se constituya en el espacio común en el que todos encajan y comparten.