El desencanto y la destrucción

Hace ocho décadas, unos políticos de distinto signo, alarmados por un mundo destrozado por dos guerras terribles, tan cargados de dolor como de esperanza pensaron que era posible hacer algo para evitar una tercera y definitiva. Einstein dijo que "si hay una tercera guerra mundial, la cuarta será a pedradas". En la Europa de los años cuarenta, esos políticos que soñaban con una Europa fuerte, unida, libre y próspera pusieron en marcha una utopía: un mundo sin guerras que respetara e hiciera respetar los derechos de todos. De ellos y de Eleanor Roosevelt nació una de las declaraciones capaces de cambiar el mundo: la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. Y también nació una Europa nueva, capaz de parar las guerras, desde el germen de la unidad y la cooperación y un nuevo orden internacional, cargado de defectos, pero efectivo. Paul Hernry Spaak dijo que "la realidad de mañana es tan importante como la de hoy y el que no sueña no construirá nunca nada que sea verdaderamente importante. Si los europeos de ayer hubieran sido sólo realistas, nada de los que hoy constituye la Europa de hoy existiría". ¿Dónde están hoy los lideres que hicieron esta Europa, los soñadores que creían que el diálogo y la unidad podían ser el germen de una paz duradera, los líderes utópicos que soñaban en un futuro de paz, progreso y libertad?

Todo eso está a punto de acabarse hoy. Las grandes potencias han roto el freno que suponía la existencia de Naciones Unidas, hoy inservible. La OTAN es una caricatura y la Unión Europea se desvanece en lugar de fortalecerse. Poco a poco, los políticos mediocres que nos gobiernan han ido convirtiendo en irrelevantes las instituciones que sostenían, mal que bien, un seguro aunque inestable orden mundial. Ahora, todo lo deciden tres grandes potencias, o dos y media, sin control alguno, salvo las amenazas entre ellas y, posiblemente, de acuerdo entre ellas aunque aparenten lo contrario. Caminamos hacia un mundo sin reglas, donde el poder -el mundial y el local- actúa con impunidad, sin respetar ninguna regla y buscando solo sus propios intereses. Un presidente loco es capaz de aniquilar un país para salvaguardar los intereses de uno de sus socios que actúa con brutalidad para "salvarnos" de otros genocidas, pero sobre todo para garantizarse su existencia a costa de decenas de miles de muertos inocentes y de una destrucción total. Y los políticos actuales que son incapaces de buscar fórmulas nuevas para la paz, utilizan estas guerras para su beneficio político, económico y personal, mientras muchos justifican cualquier violencia contra los violentos. Cualquier acción sin reglas, sin límites, sin controles, sin exigencias morales es defendida y justificada por unos y por otros. Sólo las víctimas de los gobernantes indignos y de los "salvadores" del mundo no tienen voz.

¿Dónde nos lleva este "nuevo orden" internacional? Simple y llanamente al desencanto y a la destrucción. El desencanto es de alguna manera el sentimiento de que quienes ostentan el poder pueden transgredirlo todo y todo se puede destruir sin que pase nada, sin que los ciudadanos podamos hacer nada. Ese desencanto lleva a muchos a pensar que no está mal que alguien con más poder, sin reglas ni límites, decida acabar con aquello que, incluso, es objetivamente malo, que es pernicioso para sus intereses, que le molesta, que perjudica a sus amigos o, simplemente que, con su destrucción, puede traer beneficios para él y los suyos. Cuando el mundo se rige por la ley del más fuerte y no hay ningún sistema capaz de frenarlo o de poner contrapesos, lo único que queda es la ley de la selva. Y en ese imperio salvaje, los ricos serán más ricos, los poderosos más autoritarios, la justicia y la ley una utopía y los ciudadanos simples súbditos. Y la democracia, la libertad y la paz, algo que un día dejamos perder.