Resurrección
'Resurrección' es término que, de alguna manera, indica vuelta a la normalidad. La muerte es la ruptura de lo cotidiano, que es la vida. Resucitar es regresar al punto en el que antes estábamos. Y el domingo de resurrección, en los términos de nuestra política habitual, tan anómala siempre por conceptos diversos, implica un retorno a donde estábamos, fin de la interrupción por unos días en los que procuramos olvidarnos de todo el peso que nos agobiaba hasta la parada. Sabiendo siempre que el peso retornará, que siempre estaba ahí y que, como al dinosaurio de Monterroso, nos lo vamos a encontrar al despertar del sueño de las vacaciones.
Así, este domingo significa el fin de la tregua. Sin querer entrar en metáforas religiosas, diré que a partir de este lunes retornan todos los viejos demonios familiares: los juicios, las tensiones, las precampañas y campañas electorales, los duelos políticos a primera sangre. Un cierto caos.
Reconozco que he pasado, a propósito, días alejado de la machacona, ramplona, realidad política. Las procesiones, he descubierto -y no, no hablo desde el prisma religioso, que no cultivo-, significan un bálsamo para las prisas: resulta emocionante ver a todo una ciudad volcarse en 'sus' procesiones, con mayor o menor fervor, que yo eso no sé medirlo, pero sí siempre con mucho entusiasmo. Como el año anterior y el anterior. Nadie, sino como de refilón, me ha hablado de la situación política, nacional o internacional estos días; parecería que la gente, cansada, trata de abrir un paréntesis en toda regla en esta semana que ya termina, sabedora esta gente, nosotros, de que todo aquello que rechazábamos retornará con igual o mayor vigor.
Pocas veces el regreso de unas vacaciones de Semana Santa ha estado alumbrado por tantos presagios: cambios en todos los órdenes y sentidos, incluyendo algunos que afectarán a la gobernación de la nación y tal vez a la mundial. En escasas ocasiones da la impresión de que el mundo esté preparado parta esos cambios: más bien parece estar acostumbrándose a ser regido por auténticos locos. Por eso quizá regresamos de los (pocos) días de asueto, como los penitentes procesionales: arrastrando los pies, sin ganas de encarar el futuro inmediato y, peor aún, sin que nadie parezca aquí ocuparse del medio y largo plazo.
Me gustaría que, al margen de lo apuntado al inicio, la palabra 'resurrección' tuviese otras connotaciones, de renovación, de no continuidad con más de lo mismo. Resucitar no significa, no debería significar, continuismo, sino planteamientos nuevos, aprovechando el regalo de tener una nueva vida. Ilusión.
Sí, todo esto se me ha ocurrido siguiendo el ritmo de los tambores de las procesiones, los mismos cada año que lamentan la tortura, y muerte, y celebran la resurrección, del hombre que mayor proyección ha tenido sobre la Historia de los últimos 22 siglos, e insisto en que no quiero hoy traer aquí connotaciones religiosas. Solo digo que estamos ante una espléndida oportunidad para empezar de nuevo, sin remiendos. Y no es precisamente ese el espíritu que se adivina en este gran retorno a lo previsible y a lo imprevisible, quizá el retorno más trascendente de la última década, quizá otra oportunidad que estemos a punto de perder.