Los enemigos del presidente
Hay personas que buscan su afirmación en la concordia; otras, en la confrontación. El caso de Pedro Sánchez, en este último apartado, es casi de libro: del duelo a garrotazos con enemigos muy seleccionados obtiene, piensa él y lo corroboran ciertas encuestas, la mayor parte de su popularidad. Tras ese rostro que sonríe sardónicamente, tras sus ojos inquietos, late un deseo de política testicular, esto se hace por mis santos, una personalidad húbrida -no níbrida, cuidado- que le hace menospreciar no solo al rival, sino incluso al aliado. Y esto es lo que hemos de ver, superado el listón de las elecciones en Castilla y León, en las próximas semanas. Es la guerra, por supuesto en más de un sentido.
Los enfrentamientos de Sánchez, yo pienso que muy seleccionados, no se limitan solamente a Trump. Ni a Elon Musk. Ni a la ultraderecha española. Ni a esa derecha, el PP, con la que ningún tipo de acercamiento quiere, y que ahora tampoco desea ningún acercamiento hacia él. Es que también resulta que el presidente del Gobierno español se ha convertido en uno de los factores de fraccionamiento en una Unión Europea ya bastante fraccionada por la acción devastadora del hombre de la Casa Blanca. Y, si nadie lo remedia -Sánchez no creo-, lo comprobaremos en la próxima sesión del Consejo Europeo, esta misma semana, en la que los países de la UE habrán de decidir de una vez qué hacer con las guerras desatadas por el amo de los Estados Unidos y, cree él, del Imperio.
En Europa se delinean ya con claridad dos estrategias, una, pactista con Washington, liderada por el canciller alemán Merz, quizá secundado por una titubeante Ursula von der Leyen, y otra, encabezada, reconozcámoslo, por Pedro Sánchez. O así se pretende simplificar la cosa en bastantes medios europeos e incluso norteamericanos. Sánchez está logrando una cierta popularidad -lo cual no quiere decir el aplauso- entre los colegas periodistas del mundo mundial como el hombre de una izquierda declinante que se atreve a enfrentarse con el gallo negro (y naranja). Gallo rojo, gallo negro, como la canción que animó las trincheras en la guerra civil.
Un hombre se mide por la talla de sus enemigos, de acuerdo con la filosofía de Sun Tzu, deben pensar mayoritariamente -me parece que no todos- los asesores de La Moncloa. La estrategia de la tensión 'touts azimuts'. Y con esta filosofía se afronta la nueva etapa, la carrera hacia las urnas en Andalucía, tras cerrar, por decir algo, la castellano-leonesa. Bueno, en realidad tras no cerrar nada, porque la formación de los gobiernos regionales sigue dependiendo de un pacto necesario y que, sin embargo, a nadie gusta, que es el del PP con Vox, otro ejemplo del belicismo que impera en las tóxicas relaciones políticas españolas.
Tengo para mí que la apertura, desde hoy mismo, de la precampaña electoral andaluza, mezclada con la animación del 'no a la guerra' y con las comparecencias judiciales que vienen y que tan poco convienen a los intereses del PSOE, son factores que van a marcar la etapa que desde este mismo lunes se abre. Algo, en la anquilosada estrategia de las formaciones políticas españolas, tiene que cambiar.
Pero lo que dudo mucho que cambie, porque el ADN es el ADN y no hay mucho más donde rascar, es la constante búsqueda del 'enemigo', político, mediático, judicial, empresarial, por parte del presidente, que aún confía, resultado de urnas en mano, en su suelo de siete millones de votos en el conjunto de España. O sea, como Trump, que sigue confiando en sus 77 millones de apoyos en las urnas, aunque la cifra sea decreciente, y dicho sea, desde luego, solo faltaría, sin ánimo de comparar, más allá de que hablamos de dos personas a las que ganarse enemigos gusta más que a Abascal, que ese es otro, una galopada por las dehesas.