Otro país sería posible
El balance de lo que llevamos de legislatura se resume en una palabra: polarización. Un país dividido como resultado de una estrategia política ideada para frenar la alternancia. El relevo ordenado en la administración de la cosa pública. Y, sin embargo, todo podría ser de otra manera en la vida política española, un discurrir menos crispado, incluso cordial.
Un país más normal, con Presupuestos. Sin prórrogas que se saltan una y otra vez el mandato constitucional que obliga al Gobierno a presentarlos en fecha determinada. Un país merecedor de una clase política entregada a procurar soluciones para los problemas reales: mejorar la sanidad pública; favorecer las condiciones para facilitar el acceso a la vivienda de quienes, a pesar de tener un puesto de trabajo no les alcanza el salario para atreverse con la hipoteca; garantizar el funcionamiento del ascensor social apoyando a las universidades para que nadie con voluntad y valía se quede atrás por falta de oportunidades. Con trabajadores responsables capaces de rechazar prácticas abusivas como las que disparan el absentismo laboral.
Un país de ciudadanos. Conocedores de sus derechos y de sus obligaciones. Confiados en la probidad de los servidores del Estado- desde los jueces a la policía - y a escala, la de los funcionarios de las diferentes administraciones. Confiados en la ley por ser la fuerza de los débiles, el poder de los que no tienen poder. Un país con una clase política alejada de las banderías de aldea que tantas veces llevaron al enfrentamiento civil por el camino de reivindicaciones insolidarias. Un país con otra forma de hacer política. Con exigencias éticas que rechazaran la arrogancia parlamentaria que trastorna las cabezas más solidas y negara reconocimiento y prestigio a los tontos que hoy en día gatean por las redes sociales. Un país que reconociera su historia -con los aciertos y errores del pasado- pero sin intentar reescribirla.
Cuán agradable sería un día sin noticias de escándalos trabados en los abusos de poder o la corrupción económica facilitada por las complicidades políticas. Sería vivir en un país más aburrido pero, por contraste, quizás mercería la pena intentarlo.