Datos o relato

Datos o relato: la verdad implacable contra el fango de Feijóo

Cuando se pretende analizar las democracias contemporáneas, tendemos a evaluar el poder mediante variables macroeconómicas o a través del ruido que se genera en las sesiones de control en el Congreso. Sin embargo, gobernar es, por encima de todo, un acto ético de gestión donde debe situarse como epicentro el progreso material de la mayoría social de un país. La ciudadanía exige que la política recupere su vocación útil y se presente como la herramienta que resuelva los problemas del día a día: una Sanidad Pública robusta, una Educación Pública que actúe como ascensor social y el acceso real a una Vivienda digna, temas que sociológicamente constituyen las verdaderas preocupaciones de la gente de la calle. 

Cuando esto no ocurre y se percibe que la acción pública se divorcia de la realidad para favorecer a las élites económicas, la salud democrática sufre una herida severa. Asistimos hoy a una intolerable maquinaria de acoso y derribo por parte del Partido Popular hacia el actual Ejecutivo, intentando inocular la falacia de que sólo su formación posee el monopolio del buen gobierno en España. Olvidan con ello el principio constitucional de que la soberanía popular reside en el pueblo. La voluntad de poner y quitar gobiernos corresponde exclusivamente a los ciudadanos que eligen libremente a sus representantes en las instituciones del Estado. 

El problema se agrava cuando se aprecia constantemente se aprecia que la labor de la oposición no es fiscalizar al gobernante ni plantear alternativas programáticas serias. Debería preocuparnos tener partidos que persiguen el poder por el poder sin desvelar qué ofrecen a cambio. La quintaesencia de una fuerza política no debe ser sólo querer gobernar, sino explicar a la sociedad el porqué y el para qué. No es útil presentarse ante los ciudadanos con el simple y vacío mensaje de: “vótenme porque los de enfrente son muy malos”. 

Resulta muy preocupante tener que recordar cómo se presentó el señor Feijóo en su sesión de investidura con la ya famosa frase “no soy presidente porque no quiero”, acudiendo sin un programa solvente y dando a entender que debía gobernar por el simple hecho de haber sido la lista más votada. Una regla de tres que bien olvidó al observar la configuración de los parlamentos autonómicos o plenos municipales donde los resultados indicaban que su partido no había sido el más votado. Lo que conlleva a deducir que, sea como fuere y mientras no haya una mayoría absoluta del PSOE, lo conveniente para ellos es que gobierne el partido de la calle Génova. Incluso se permiten deslizar que ellos representan a “la gente de bien”, como si quienes no les hemos votado ni les votaremos jamás fuéramos supongo, que “la gente del mal” o algo parecido. 

Tampoco es sano entender la oposición como un veto sistemático a cualquier medida útil por el mero hecho de que la presente el Gobierno. Si son representantes de la voluntad popular, coherencia sería apoyar todo aquello que revierta en el beneficio común, nazca de las siglas que nazca.

Sin embargo, cuando se les pone frente al espejo de la realidad y se evidencia que actúan como altavoces de las élites financieras, montan en cólera entre gritos, soflamas y descalificaciones. Cualquiera puede comprobarlo en el diario de sesiones o en las videotecas del Congreso y del Senado en Internet, al alcance de toda la ciudadanía. 

Frente a esa estrategia del ruido, la realidad de los datos termina por ser implacable. Mientras la derecha y la extrema derecha abrazaron la profecía apocalíptica de que elevar el Salario Mínimo Interprofesional (SMI) destruiría la economía, la gestión progresista demostró lo contrario. El SMI ha experimentado una subida histórica del 66% desde 2018, pasando de los 735€ a los 1.221€ en 14 pagas para este año 2026. Cifras que lejos de traer la ruina del país coinciden con un mercado laboral en máximos históricos, superando los 22,4 millones de afiliados a la Seguridad Social. 

El contraste de modelos es absoluto. Frente a quienes tildaron despectivamente de “paguitas” el auxilio a los más vulnerables, el Ingreso Mínimo Vital ampara ya a más de dos millones y medio de personas, protegiendo a unos 800.000 hogares en riesgo de exclusión. Lo mismo ocurre con las pensiones: frente a la injusta congelación del 0,25% de la era de Mariano Rajoy- donde la propia gente de la calle te reconocía que “valía casi más el papel de la carta que las cuatro perras que nos dan”-, este Ejecutivo ha blindado por ley su revalorización conforme al IPC para proteger el poder adquisitivo de nuestros mayores.

Esta distancia social se refleja también en los jóvenes. El presupuesto récord de 2.559 millones de euros en becas- que para este curso eleva la ayuda de residencia hasta los 2.700 euros por alumno- blinda el futuro de los estudiantes de los entornos rurales, chocando de frente con los tijeretazos ideológicos que la derecha asesta a la Educación Pública allá donde gobierna. 

Dicho todo esto, el meollo de la cuestión reside en la no aceptación de los resultados del 23 de julio de 2023 por parte del Partido Popular y, de forma particular, de Alberto Núñez Feijóo. Sus gritos de desesperación aumentan por momentos, espoleados quién sabe si por la presión interna a la que se ve sometido para no perder el sillón de la presidencia genovesa. Al carecer de argumentos políticos, ha recurrido de manera inmisericorde al desgaste del adversario mediante el desprestigio personal hasta límites intolerables, elevando el fango a la categoría de argumento y atacando directamente a la familia del presidente.

Toda esta deriva desvela una flagrante ausencia de ideas, proyectando la imagen de una oposición inútil, subida a lomos de un líder sin autonomía, tutelado y discutido constantemente por los suyos. Gobernar es construir un camino que garantice el bienestar de la gente, no poner piedras para no entorpecerlo. Frente a tanto fango y ruido mediático, la decencia y la verdad de las cifras oficiales se imponen como un muro infranqueable. Porque, al final de la jornada, la buena política se demuestra gobernando para la mesa de cada hogar.