CLM: orgullo de tierra

Lo digo con el corazón. Ser castellanomanchego es un honor y una enorme suerte. Aunque nadie elige dónde nace, tengo claro que, si hubiese podido hacerlo, habría elegido nuestra región. 

No somos los más ricos ni tenemos de todo, pero podemos presumir de ser un lugar universal gracias a la mejor novela de todos los tiempos: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, publicada por Miguel de Cervantes en dos partes (1605 y 1615). Creo que en esa insigne obra de nuestra literatura se describió perfectamente lo que somos: una ciudadanía luchadora que se enfrenta cada día a gigantes de viento. Pero no por eso nos asustamos ni nos achantamos. No. 

La vida es un reto. Bien lo supieron personas como el presidente preautonómico que nos dejó recientemente, Jesús Fuentes Lázaro. Él marcó un camino que luego diferentes mujeres y hombres profesaron con aciertos y errores, pero entendiendo siempre que Castilla-La Mancha no podía seguir siendo una tierra de paso, sino un espacio para quedarse, tal y como defendió también Pepe Bono durante sus años de gobierno. 

Bien puedo decir que todo galardón será poco para lo que nos ha dejado Fuentes. Allá donde esté, debemos recordarle que no habrá medallas suficientes para agradecer el inmenso legado democrático que nos otorgó a los castellanomanchegos y a toda España, especialmente en su etapa como diputado constituyente y artífice de la preautonomía; y como muestra de ello, hemos sabido esta semana de la concesión también de la Gran Cruz de Carlos III por parte del Gobierno central. 

Me considero hijo de nuestra autonomía, pues nací justo veintiocho días después de la constitución de las primeras Cortes Regionales, aquel día histórico 31 de mayo que hoy celebramos como Día de la Región. Ese momento cambió el rumbo de nuestra historia reciente y puso la primera piedra de la arquitectura de derechos y avances que hoy disfrutamos en nuestra comunidad.

Una tierra que también es el hogar de Sara Carbonero, nuestra otra Medalla de Oro. Periodista de profesión, ha sabido comprender lo que significa crecer donde las dificultades eran evidentes, demostrando que no existen imposibles para alcanzar los sueños de la infancia. Ella, “una Dulcinea de la información”, ha crecido en todos los sentidos hasta convertirse en una mujer de provecho y en un orgullo regional y, como yo, sabe lo que es luchar contra el cáncer. Por eso, el calificativo de luchadora encaja perfectamente en este texto.

Ser de Castilla-La Mancha constituye algo inmenso para mí, pero lo es aún más sabiendo que pude ser mejor persona gracias a la educación pública que recibí durante años en nuestra región.  

Siempre digo que tuve la inmensa suerte de nacer aquí, y más habiendo sido en Toledo. Nuestra región cuenta con la maravillosa particularidad de albergar dos Ciudades Patrimonio de la Humanidad: la majestuosa Ciudad Imperial, cuna de Garcilaso de la Vega -poeta también universal- y rincón de pura cultura, arte e historia; y Cuenca con su fisonomía amurallada y sus joyas arquitectónicas desafiando al abismo sobre el río Huécar: las Casas Colgadas.

Pero es que, al hojear el Quijote, paseamos por rincones como Campo de Criptana. O si caminamos por las calles de Polán, el pueblo donde me crié, descubres que por allí pasó Santa Teresa de Jesús a descansar en la conocida como “la Casa de las Cadenas” antes de fundar conventos en Toledo, tal y como descubrimos al leer su obra Fundaciones.

¿Andamos fuertes en artesanía y en los frutos de nuestra tierra? Tan pronto te encuentras con un buen acero toledano o una armadura, como con el prestigio de los cuchillos y navajas de Albacete. Nos moldeamos en el barro eterno de la cerámica de Talavera de la Reina o la de El Puente del Arzobispo, una tradición centenaria protegida por la UNESCO como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Endulzamos el alma con la pureza de la miel de la Alcarria, sazonamos la vida con el “oro rojo” de nuestro azafrán- el mismo que tiñe la Mancha toledana y late con fuerza en tierras de Los Yébenes- y presumimos ante el mundo con el carácter único del ajo morado de Las Pedroñeras, el queso o buenos vinos como los de Valdepeñas o Méntrida y otros lugares de la región. 

La naturaleza también nos desborda. Contamos con parajes como Cabañeros, el nacimiento de los ríos Mundo y Cuervo, las Tablas de Daimiel, las Lagunas de Ruidera o de Villafranca de los Caballeros, el Hayedo de Tejera Negra en Guadalajara o esas Hoces del Río Cabriel que tanto luchó por proteger el presidente Bono. 

Les recomiendo que lean este texto con la melodía de Luis Cobos de fondo, o con la voz de José Luis Perales o de Rozalén, hija de Cristóbal, un gran hombre que nos dejó hace unos años y que tanto hizo por nuestra región.

Seguro que, si lo hacen, pensarán sin duda que Castilla-La Mancha será siempre una tierra de gigantes.