Gestionar el recuerdo

Cuando Fernando Simón ha reaparecido quitando importancia y gravedad al virus andino, un escalofrío recorrió la espalda de miles y miles de ciudadanos. Lo mismo hizo hace seis años para, a continuación, vivir la terrible y cruel pesadilla del Covid-19. La memoria colectiva se activó y el recuerdo de aquella etapa ha condicionado y condiciona la recepción ciudadana de las informaciones de tranquilidad que nos van llegando.

Los que creemos en la ciencia damos por buenas las explicaciones que nos suministran los expertos: difícil contagio pero de extraordinaria letalidad. Las estadísticas así lo indican pero luchar contra el recuerdo del COVID es labor prioritaria de los responsables médicos y políticos.

Aún no se detecta miedo puro y duro entre la población pero si un punto de escepticismo ante los mensajes que apelan a la tranquilidad. Son mensajes obligados pero quienes los lanzan deberían tener muy presente que no solo se trata de ofrecer información puntual y cierta. Se trata de no olvidar ese sentimiento de precariedad, de incertidumbre y de cierto descreimiento de la población.

El recuerdo de lo vivido nos pesa como una losa. Nos asusta y nos invita a un cierto descreimiento. Apenas nos íbamos a ver afectados por el Covid-19, dijo Fernando Simón, y el desastre nacional, y mundial, fue absoluto. Cientos de miles de muertos. Un desastre inesperado y cruel que, de una manera u otra, todos llevamos en nuestra mochila.

Es un dato objetivo que el virus andino no es como el Covid. Nos lo tenemos que creer pero ya todos sabemos que los virus, se llamen como se llamen, no piden permiso para viajar, ni para expandirse aunque no te muevas. Los virus, como me comentaba un experto en la materia, son como una hidra con mil cabezas. Se disfrazan, mutan y no piden permiso para sobrevivir. En este tema, como tantos otros, y así lo reconocen los propios expertos, ya se sabe mucho de virología pero es mucho más lo que se desconoce.

Ante una situación como la que estamos viviendo se hace más necesario que nunca la coordinación entre administraciones, discursos serenos y ciertos y quienes los lanzan deben tener muy en cuenta que, en términos generales, todos, unos más y otros menos, padecemos eso que se llama estrés postraumatico que condiciona el ánimo y la disponibilidad a no aceptar como si fuera dogma indiscutible lo que se nos diga. Era, nos dijeron, que la transmisión entre humanos era muy, muy difícil, pero lo cierto es que no lo parece. Ahí tenemos infectados que no estuvieron en el barco...

Huyamos de las redes que todo lo infectan, confiemos en la ciencia y en los expertos de verdad pero todos aquellos que tienen responsabilidad tanto médica como política deben entender que también es tarea de todos ellos hacer frente al punto de incertidumbre y de descreimiento que nos genera el recuerdo. Un recuerdo imposible de borrar, que nos atenaza y que, se quiera o no, condiciona nuestra predisposición a la calma y a la confianza.

Ojalá se establezca la coordinación leal entre administraciones y dentro del propio Gobierno, ojalá se cumplan las previsiones más optimistas, ojalá esta nueva pesadilla se quede en eso, en una pesadilla de la que necesitamos despertar más pronto que tarde, porque no se trata de un mal sueño, sino de una realidad que en nuestro recuerdo nos devuelve a tiempos que nunca pensamos íbamos a vivir.