Se destapa lo que no se llegó a contar del fin del idilio de Isabel Preysler y Mario Vargas Llosa

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Según recoge La Razón, el recorrido vital de Isabel Preysler comenzó un 18 de febrero de 1951 y no llegó acompañado de ningún signo externo que demostrase que la recién nacida había sido elegida por los dioses para brillar cual astro del firmamento rosa. Ni lluvias torrenciales, ni ciclones, ni nada que hiciese vislumbrar que se convertiría con el tiempo en un personaje único en la prensa de sociedad. María Isabel Preysler Arrastia, la tercera de seis hermanos de una familia de clase media de Manila, ha sido y es uno de los elementos recurrentes al reflejar un tipo de personajes cuyos conocimientos públicos lo son a través de sus relaciones afectivas.

Tuvo tres maridos y un novio Premio Nobel con el que no acabó bien. Durante ocho años, Preysler y Vargas Llosa fueron inseparables, hasta que llegó el final de una historia de la que aún quedan algunos datos por reflejar y que he incluido en mi libro actualizado «Isabel Preysler. Reina de Corazones» (Ediciones B).

De la pasión con la que iniciaron el romance y que pervivió ocho años, pasaron al total desapego. Ambos echaron el candado y no han vuelto a mantener contacto. Llegó a decir que su ruptura no le había dolido nada y, solo unos meses después, dejó una frase en «El Hormiguero» para la posteridad: «Yo no solo he pasado página, sino que he cambiado de libro».

El dato no se ajustaba del todo a la realidad, como descubro en el capítulo referido a ese momento de su vida donde se demuestra cierto pesar. En «Reina de Corazones» explico cómo habían sido sus anteriores rupturas, marcadas siempre por ella al enamorarse del siguiente. Así fue en el caso del marqués de Griñón y Miguel Boyer. Con el Nobel ocurrió al contrario y de ahí la información que fue dando a sus interlocutores sobre cuál había sido la causa de la ruptura, que no era otra cosa que los celos. Fue entonces cuando apareció el carácter latino de Mario frente a lo que consideraba infundios.

El escritor no iba a permitir que le adjudicaran una emoción que no entraba en su personalidad. «Puedo tener muchos defectos, pero eso no forma parte de mi lista. No soy celoso, ni nunca lo he sido». Lo curioso, y así lo narro, era que quien sí tenía cierta tendencia a las desconfianzas era Miguel Boyer. Es algo que ya se conoció en boca de la primera mujer del político socialista, la ginecóloga y escritora Elena Arnedo.

Salidas nocturnas

Los horarios diferentes de ambos hacian prácticamente imposible que Vargas Llosa le recriminase, a horas intempestivas para él, que hubiera regresado tarde a casa después de haber sido la estrella en una fiesta que promocionaba una marca de champán. «Pero vamos a ver, si yo me levanto a las cinco y media de la mañana y a las diez de la noche estoy durmiendo», replicó el escritor. La realidad es que la relación en aquel momento estaba más que tocada, tal y como fecho en el libro.

Ha quedado claro que la vida de Isabel daría para un serial en condiciones y no lo que hasta ahora se ha emitido. Ver a la reina de corazones decorando de Navidad su mansión en un programa que se había grabado en el mes de agosto no respondía a lo que realmente querrían ver los espectadores. Quizá por eso no tuvo mucho éxito y pasó sin pena ni gloria. En el apartado profesional, sus incursiones televisivas como presentadora no funcionaron. Isabel maneja mejor el misterio y un hermetismo que ahora parece haber roto al publicitar sus salidas en Instagram.

Uno de los datos más desconocidos, y sobre los que se ha especulado, es la fecha exacta de su primer encuentro. Cómo se conocieron y cómo se enamoraron. Y por fin los lectores lo podrán descubrir en «Reina de Corazones» (segunda parte). Y lo transcribo tal cual: «Cuando el noviazgo se hizo oficial, en mayo del 2015, volvieron las leyendas de cómo y cuando se habían conocido y lo más destacable era por qué había aceptado el escritor una entrevista en julio de 1986 con una dama cuya experiencia periodística era nula. Y no solo eso, sino que formaba parte del grupo de la jet que tan poco le gustaba». Entre esas fábulas urbanas, se dijo que había sido Julio Iglesia el intermediario e incluso gracias a la influencia de Boyer, superministro, que aún no era pareja oficial. Ni una cosa ni la otra. La «cupido» entre Preysler y Vargas Llosa fue Mona Jiménez. El escritor se asombraría por la suma que recibió la intermediaria: «Una amiga mía me dijo que le pagarían mil dólares por su trabajo como intermediaria si le concedía la entrevista a Isabel de la que no sabía nada».

Casamentera reincidente

Fue su primer contacto. Nadie imaginaba (ni ellos) que muchos años después, en otro siglo, cerrarían el círculo. Mona Jiménez, periodista de origen peruano, era conocida por sus reuniones gastronómicas celebradas en la España de los 70 y los 80. Lo llamativo es que también fue la causante de que Boyer y Preysler se conocieran en una de sus famosas lentejas. Eran reuniones a mediodía en el hotel Eurobuilding, con políticos de todos los partidos y empresarios, donde no había personajes del colorín. Ella fue con su entonces marido, Carlos Falcó, y Miguel con mujer, Elena. La dama peruana, fallecida en 2021, resultó el punto de unión de los romances más sonados de Isabel Preysler, reina de corazones y figura irrepetible en nuestra crónica social.

Tamara Falcó, la hija que nació con dedo de oro

La marquesa de Griñón ha conseguido ser su propio producto. Puede promocionar cualquier elemento, empresa y asunto sin que los que la contratan sientan la competencia. Lo mismo publicita la carpintería que fabricó su altar de boda que el colchón donde duerme, pasando por cremas, perfumes, viajes, joyas y clínicas de reproducción. No hace listas negras de periodistas (eso espero), ni veta a nadie. Es una «goldfinger» (dedo de oro) en todo lo o que toca.

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