Diego, el pastor de 32 años que mantiene vivo el legado de su abuelo

Un joven ganadero de Solana del Pino, Diego Juárez, ha encontrado entre sus 900 ovejas y en el cortijo de sus abuelos una forma de vida en la que ha unido vocación, memoria familiar y resistencia frente a la falta de relevo generacional - EFE/ Jesús Monroy

Diego Juárez tiene 32 años, cuida 900 ovejas en Solana del Pino (Ciudad Real) y representa una excepción que, según él mismo, cada vez escasea más: un joven que ha elegido la ganadería extensiva como forma de vida, aprendida junto a su abuelo desde los dos años de edad.

En un sector donde la mayoría de ganaderos de su entorno superan los 60 años y el relevo generacional es prácticamente inexistente, Juárez combina vocación, memoria familiar y una economía irregular para mantener en pie una explotación que empezó con 300 ovejas y hoy triplica esa cifra.

Diego Juárez nació hace 32 años y creció en el cortijo familiar de Solana del Pino (Ciudad Real), un municipio del sur de la provincia donde la ganadería extensiva sobrevive, en buena medida, gracias a quienes heredaron el oficio antes de poder elegirlo. Mientras su padre trabajaba en el sector hotelero, Diego y su hermana melliza quedaron al cuidado de sus abuelos, y fue allí, entre ovejas y dehesas, donde aprendió todo lo que hoy sabe. "Todo lo que soy hoy es gracias a él", afirma sobre su abuelo, la figura central de su vida y de su trayectoria profesional.

A los 18 años dejó los estudios —había cursado la secundaria desplazándose cada día en autobús hasta Puertollano— y realizó un curso de joven ganadero antes de incorporarse definitivamente al campo. Empezó con las 300 ovejas de su abuelo, adquirió otras 400 y, con los años, su explotación ha crecido hasta las 900 cabezas que atiende en la actualidad en los terrenos cercados del cortijo familiar.

De las 300 ovejas heredadas a las 900 actuales

La gestión de un rebaño de esa dimensión exige atención constante a lo largo de los doce meses del año. En verano, las jornadas resultan algo más llevaderas, aunque la revisión diaria de los animales es obligada para curar las heridas provocadas por insectos y parásitos. En invierno, las parideras transforman la rutina: hay que vigilar los partos uno a uno y comprobar que cada cría permanece junto a su madre. Juárez también cuenta el rebaño cada uno o dos meses para asegurarse de que no falta ningún animal.

"De 900 ovejas pueden morir unas veinte al año. Les dan enfermedades, derrames o cualquier otro problema", explica con la naturalidad de quien ha asumido esas pérdidas como parte inevitable del oficio.

Su principal fuente de ingresos es la venta de corderos a un intermediario para su traslado a cebaderos o mataderos, aunque reconoce que la rentabilidad es, por definición, imprevisible. "Aquí puede haber tres meses en los que no cobras nada y al siguiente entrar 10.000 euros. No tienes un sueldo fijo como en una empresa", señala. Esa inestabilidad económica, unida a la ausencia total de vacaciones y días libres, ha alejado a muchos jóvenes de una actividad que exige presencia los 365 días del año.

Una afición, no un trabajo

Diego Juárez no lo vive así. "Me levanto todas las mañanas contento por ir a ver a mis animales. No lo tengo como un trabajo, sino como una afición. Estoy feliz aquí", asegura. Ese estado de ánimo, sostiene, procede también de su abuelo, quien le transmitió la que considera la lección más importante del oficio: resistir los contratiempos sin desanimarse. La presencia del zorro, la muerte de una cría o la aparición de una enfermedad son situaciones que ha aprendido a afrontar sin que sacudan su determinación.

El panorama que describe para su entorno es, sin embargo, preocupante. En Solana del Pino no hay ganaderos de su edad; la mayoría superan los 60 años. Durante los meses de invierno, la llegada de pastores procedentes de Teruel, Cuenca o Guadalajara evita que grandes extensiones de terreno queden completamente vacías. Pero se trata de una solución coyuntural, no de un relevo real.

El territorio que se pierde con cada cortijo cerrado

Para Juárez, las consecuencias de que desaparezcan las explotaciones familiares van mucho más allá de lo económico. Si cierran los pequeños cortijos, advierte, no solo se pierde una actividad productiva: se abandona el territorio, desaparecen especies animales y se rompe la cadena de transmisión de conocimientos y costumbres construidos durante generaciones. Un patrimonio invisible que no figura en ningún balance, pero que sostiene la identidad y el paisaje de amplias zonas del interior peninsular.

Frente a ese horizonte, Diego Juárez sigue levantándose cada mañana para atender a sus 900 ovejas. Por vocación, sí, pero también por la convicción de que detrás de cada rebaño que desaparece se lleva consigo algo que no se puede recuperar.