jueves 19.09.2019

Camino de las urnas

La fallida investidura de Díaz Ayuso en Madrid tiene, todavía, un atisbo de posible acuerdo. Pese a la estentórea reacción del dirigente de Ciudadanos, Aguado, clamando que jamás se volverá a reunir con VOX (parece que le ha escocido ver su foto en todas las portadas de los periódicos sentado junto a Monasterio) su credibilidad es escasa. Primero dijo que no, que nunca jamás, pero tras repartirse él y Ayuso las Consejerías y los despachos de la Puerta del Sol, acabó dejando para la posteridad la imagen del tripartito. 

Es más probable que Monasterio reciba la orden de ceder, en una nueva sesión de investidura, porque VOX no quiere cargar con la culpa de hacer volver a los madrileños a las urnas. Así que puede que Aguado toque la gloria de ser vicepresidente sin compartir el poder. 

Donde la situación está harto complicada es en el Congreso de los Diputados. La ruptura de las relaciones y de las negociaciones entre Sánchez e Iglesias no es un mero postureo. Tanto en un partido como en otro la decisión es firme y están dispuestos a llegar hasta el final. 

Ni Sánchez/PSOE va a consentir ministros de Podemos, y mucho menos a Pablo Iglesias como vicepresidente, ni este último renuncia a sentarse en el Consejo de Ministros porque le va la supervivencia en ello. 

Las acusaciones de mentir, que ayer se intercambiaron las segundas espadas de ambas formaciones, forma parte del relato que quieren hacer llegar a sus electores para evitar la demoledora imagen de ser culpables de llevar a los españoles cuatro veces a las urnas en menos de cinco años. 

La frase admonitoria de Pablo Iglesias, advirtiendo que más temprano que tarde los socialistas tendrán que ceder a sus pretensiones, forma parte de la técnica de los mensajes rotundos para dar moral a la militancia, pero tiene escasa posibilidades de ser verdad. 

La dirección socialista ha valorado el coste de un Gobierno de coalición hasta el último resquicio. De nada ha servido la sorprendente renuncia de Iglesias a sus convicciones sobre la 'solución al desafío del proces', ni la 'lealtad' en política exterior. 

La desconfianza entre Pedro y Pablo viene de atrás. De la investidura fallida por los votos en contra de Podemos, de aquella rueda de prensa tras reunirse con el Rey en Zarzuela en la que Iglesias reclamó para los suyos el CNI, RTVE... 

La moción de censura los convirtió en compañeros de viaje, pero la desconfianza subsiste y la complicidad de estos meses ha sido un espejismo forzado por la necesidad. Podemos no quiere sacar adelante proyectos de ley con claro contenido social cuyos resultados se apunte el PSOE, que es quien pone en marcha desde el Gobierno las medidas que llegan a la gente. 

Unos nuevos comicios tienen un riesgo no despreciable, pero con los votos de Podemos tampoco se garantiza la investidura y la volatilidad de ERC o JxCat no garantiza mínimamente la estabilidad de los cuatro próximos años. Ni la capacidad de salir del laberinto de los presupuestos de Montoro, derogar la Ley Wert, modificar la legislación laboral o sacar a Franco Del Valle de los Caídos. Los independentistas catalanes votarán según sople el viento en Waterloo y según sea la sentencia del Supremo a Junqueras y los suyos. 

Lo dicho, vamos caminito de las urnas en noviembre. 

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