Opinión

Amargo adiós

Pablo Casado se despidió este miércoles en el Congreso de su cargo y de los suyos, que se vieron obligados a aplaudirle después de las traiciones y dimisiones del día anterior. Los partidos políticos son fábricas de poder, de colocación, de intereses y, desde el error garrafal de retirar el expediente disciplinario un día después de haberlo abierto, el PP era un sálvese quien pueda.

Ya da igual la reunión de presidentes regionales, sólo queda decidir la fecha de la celebración del congreso extraordinario (posiblemente el primer fin de semana de abril) que entronizará a Feijoo al frente del partido. No lo va a tener fácil el dirigente gallego, no ya con su llegada a la cúpula, que va a suceder por aclamación como él quería, sino en su labor de oposición a Sánchez.

No es diputado y, aunque pueda ser nombrado senador, la vida política se juega en la Carrera de San Jeronimo. Ademas, el grupo parlamentario popular está conformado a la imagen de Casado y Egea y sus diputados, aunque ahora nieguen al padre, vienen de donde vienen y no han trabajado con Feijoo. Por eso, se perfila como fundamental la figura de Ana Pastor. Ex presidenta del Congreso con Mariano Rajoy, ex ministra y miembro destacado del clan gallego popular. Porque es indudable que, en ausencia del líder, el portavoz en el Congreso debe ser una persona de la máxima confianza y sintonía política, además de experiencia parlamentaria.

Si algo ha demostrado la penosa crisis del principal partido de la oposición es la bisoñez del equipo directivo que ocupaba la planta noble de Génova 13 y, en política, la experiencia es un grado. Si uno mira la foto de los debates electorales previos a los últimos comicios, comprobará como de la tan vendida renovación generacional sólo queda Pedro Sánchez. Albert Rivera, Pablo Iglesias y ahora Casado son ya historia en sus partidos. Puede que sea una gestora la que durante el próximo mes se ocupe de la gestión del PP pero eso ya es anecdótico.

El 23 de febrero de 2022, de infausto recuerdo en la sede de la soberanía nacional, se despidió Casado y el presidente del Gobierno descartó un adelanto electoral, que era uno de los temores de los sublevados en la crisis de Génova. Mientras, Ayuso guarda silencio, apoya públicamente a Feijoo y debe pensar que todavía no ha llegado su momento; que el cambio en la dirección le pone en bandeja la presidencia del partido en Madrid mientras se aclaran los contratos de su hermano. Feijoo tendrá que aprender a manejar las ambiciones de la dirigente de la Puerta del Sol como hizo Rajoy con Esperanza Aguirre. Quien, por cierto, con los antecedentes carcelarios de sus dos vicepresidentes nos es una voz muy autorizada para pedir cuentas a nadie. Feijoo puede que llegue a la presidencia bajo vítores y aplausos, pero va a echar de menos la paz gallega.

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