Opinión

Insomnio de una noche de verano

Demasiado jóvenes como para saber que un día el verano tenía que acabar. Jóvenes también para saber que ese dolorcillo de estómago por un amor de verano, esa tartamudez al hablar a la persona, desaparecería tan pronto empezáramos a forrar libros.

Lo comentaba con Félix al que reencontré hace unos días. El presente de cada uno nos interesó poco y al rato hablábamos de aquellos tiempos en los que creíamos que en la vida solo había buenos o malos y que montando en bicicleta nunca te cansabas. Días que recuerdo extensos,  monótonos, entrando y saliendo de casa y de los libros.

Supongo que también hacía mucho calor durante algunas semanas, pero no se hablaba tanto. Se escuchaba hablar a los mayores de “cómo venía este año” y se bebían vasos de agua con unas gotas de vinagre para calmar la sed. Nosotros, a la sombra, sentados en el suelo y apoyados en la pared fresca comentábamos el último tebeo. Siempre mirando a la línea de sombra de aquel edificio (que no era otro que el del colegio al que asistía) y ver como avanzaba. Cuando llegaba a un punto sabíamos que podíamos irnos levantando para empezar a jugar al fútbol o lo que tocara.

Al final del día todos para casa y a esperar otro día igual. No era necesario rogar que lo fuera. Iba a ser.

Pasados los años, vuelvo a pasar por el lugar de vez en cuando. La línea de la sombra se sigue moviendo lenta (me quedé a observarlo) en su mismo lugar, pero ya no se podría jugar al fútbol ni a nada. Ahora aparcan coches y los árboles tienen un alcorque que les atrofia el crecer como les dé la gana.

Allí parado, sintiendo el cuerpo pesado después de una noche dura, de insomnio, en el mismo lugar donde pensaba que cerrar los ojos era dormir, en lo feroz del estío, hasta temo esas noches. Ahora las llaman “tropicales” y  solo cabe entre resignado y derrumbado, dejar pasar las horas. Y hacer sitio porque comienzan las visitas de los monstruos que, normalmente, tengo encerrados bajo llave.

Qué tendrán esa noches en las que, conscientemente rechazado el aire acondicionado, nada mueve la cortina de la ventana abierta y sin embargo entran por ahí aquellos a los que creía olvidados; tanto del presente como del pasado. Discuten entre ellos y me señalan con el dedo en un parloteo del que no comprendo nada. En esas horas que no tienen minutos lo que pensabas que estaba arreglado no lo está; es el tiempo en el que brotan las viejas pendencias que hacen removerte todavía más en la cama. Más calor.

Lo que estaba perdonado vuelve con toda su carga de culpabilidad. Y los que son malos, durante esas horas, te dejas convencer que son unos cabrones.

Al final, el dormir por unas horas lo limpia todo como si hubieran entrado los Cazafantasmas y nada queda de todo ese gentío y su miseria. El primer rayo de sol acaba por desinfectar la estancia.

Con la cabeza bastante aturdida por el poco descanso, un café cargado y consigo despedirme hasta otra de todo ese personal. No fumo, pero creo que me iría bien un pitillo.

Por si acaso atacaban de nuevo salí de casa temprano y me fui al mercado. Absorto miraba el género de la pescadería. El pescadero levantó un par de veces la cabeza, me leyó el pensamiento y me dijo: “sí es verdad, cada vez bajan más profundo las redes y sacan peces que parecen monstruos”. Cada uno tiene los suyos. El los vende. A mí ya me gustaría.

Se nos va otro verano. La puerta se quedó sin pintar, en las ramas más altas quedan las ciruelas para los pájaros y no fui a visitar a Leopoldo (mira que me prometí que lo haría). Espero que el próximo verano siga cobrando pensión y le guste recibir.

Llegará el veranillo de San Miguel como una pataleta final. Ruego que venga flojo. Es el calor, recuérdenlo, el que saca de su gruta a los monstruos.

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