Opinión

Elogio del reloj de agujas

Se rebasaba con generosidad la hora del Ángelus y sevillanos de Sevilla (pretendida puntualización) salían del bar del que se prohíbe dar referencias. Para dar entrada a otros sevillanos. Lo de la cautela a la hora de situar un lugar  es el nuevo, el definitivo exclusivismo. Con un poquito de barniz snob.  Pero es que somos tantos que a veces solo quieres verte con los tuyos, con los que son como tú y son de aroma parecido.

Para no dar demasiadas pistas diremos que el lugar está en esa bella ciudad que no es de mar. Pero lo presiente todo el día. Por su río, a contracorriente, siempre han llegado noticias y mercaderías. A partir de cierto momento, ya siglos atrás,  empezaron a llegar especias, semillas de frutas desconocidas, prosperidad… También la promesa que, de coger el barco que zarparía en pocos días, se podría volver con paisajes inolvidables en los ojos y los bolsillos llenos. Además de dejar atrás alguna cuenta con la justicia si la hubiese.

Atraía a gentes de todos los rincones de España, normalmente a los que no tenían nada que perder y preferían el riesgo de lo desconocido a la miseria cotidiana. A escenas de hoy mismo me recuerda.

Como les decía, el sitio clandestino se presenta como una pequeña tienda con aspecto y olores de vender los productos de ultramar, así como del gorrino de las sierras cercanas.  Clientela fija, por supuesto. Si vas bien indicado, recomendado o acompañado se puede seguir derecho hacía un breve y oscuro pasillo que se abre para dar a la barra larga y estrecha de la taberna.

El foráneo miraba de un lado al otro, inquieto, fuera de lugar, como un ñu en una gestoría. Se sentía que al personal le corría mucho Sur por las venas y eso produce mucho respeto.

Un reloj de agujas con un letrero torcido escrito “a boli” informando que el día 30 del mes cambia la hora deja claro que la tecnología no es lo fuerte del sitio. Sí lo es el tiempo para la curación de jamones y cecinas. Y la paciencia para que blancos y tintos tomen cuerpo. Figón casi clandestino del que los parroquianos hablan en voz queda para poder tomar un vino, calado el sombrero cordobés, sin que te tiren una foto o se  hagan un selfie con uno/a al lado.

 Aquel reloj que colgaba de la pared y que lo mismo marcaba bien la hora me hizo pensar en tanta tecnología que nos rodea.

Fui al fútbol a ver a mi equipo. Perdió pero con dignidad. Los que ganaron, los de la ciudad, apretaban lo suyo y hacían vibrar los bancos. Pocos whatsapps se mandaron ya que había que empujar a los chavales a que metieran el gol que les hacía falta. Un pase que dio un genio casi mirando al tendido, como el gran Curro, detuvo los pulsos de todos, la lluvia fina que llevaba un rato cayendo se detuvo para que ver en que acababa esa barbaridad. Se lo pueden imaginar. Nadie hizo fotos ni videos. La belleza superlativa no es para cazarla de cualquier manera.

A la salida la lluvia tibia despertó a los jazmines en el paseo de vuelta. Derrotado pero no humillado. No hay serie de TV que te consuele. La modesta flor, en un vaso de agua, perfumaba sin enchufarla en ningún sitio. Al día siguiente en el tren rápido volviendo a Madrid, admirado por la velocidad, pude apreciar que el compañero de asiento (que me tocó por casualidad) veía con gran interés videos de esos que duran pocos minutos. Mucha tecnología y mucho talento detrás para que el viajero pudiera ver imágenes de un tipo que le ponía pañales a una mona y luego la vestía de flamenca.

No sé si la tecnología nos está haciendo más libres, como se proclama.

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