jueves 22.08.2019

Vida de perros: Valparaíso estrena un área canina

Algunos bancos, cansados de ayudar a descansar, languidecen, mudos, esperando una mano de pintura que no llega. Otros, combados por el peso de los culos de vecinos y vecinas, o quebrados por los embates de los gamberros nocturnos, que haberlos haylos como en el resto de los barrios, ansían un carpintero que se apiade de sus deformidades y, a golpe de clavo y martillo, sea capaz de devolverles algo del esplendor que lucieron tiempo atrás.

En las calles abundan los adoquines inquietos que, incapaces de aguantar la formación cuando el calor aprieta (y en Toledo aprieta a menudo), se empeñan en levantar la cabeza convirtiendo la lisura que se le supone a las aceras en un terreno accidentado en el que no tropezar se convierte en una tarea titánica.

De lunes a viernes los autobuses pasan cada treinta minutos lo que obliga a que, cuando lo pierdes, tengas que recurrir al coche so pena de llegar tarde al trabajo. Como van casi vacios a determinadas horas (igual que en el resto de la ciudad) cada cierto tiempo resuena la cantinela de que hay que reducir el número, cuando la solución lógica y normal es que se aumente la frecuencia y, en todo caso, lo que se reduzca sea el tamaño del vehículo.

Hay paradas de viajeros enfadadas porque, verdes de envidia, continúan sin contar con una marquesina que acoja a los usuarios del transporte público y los proteja de las inclemencias del tiempo.

Escasean las papeleras en el flamante Paseo de Adolfo Suárez y las que hay repartidas por el barrio, se revuelven, desbordadas, porque nadie acude a vaciarlas.

Hay perros, sí, muchos. Y también muchos excrementos porque sigue habiendo dueños que se niegan a recoger las deposiciones de sus mascotas (esos mismos acostumbran a quejarse de que calles y jardines están sucios). Otros sacan a canes de razas peligrosas sin bozal y, en ocasiones, sin correa. Y eso sin hablar de los que abren la puerta de la casa para que su chucho se pasee solito.

Pero los habitantes de Valparaíso, junto con los de Santa Barbará, ya no podemos quejarnos porque, tal y como anuncia el Ayuntamiento en su página Web, el sábado 23 de marzo abrieron sus puertas dos nuevas áreas caninas: 208 metros cuadrados en Santa Barbará, entre el futuro Centro de Salud (prometido hace tiempo) y el pabellón, y 392 metros cuadrados en Valparaíso junto al colegio (aquí no hay promesa de centro de salud ni se le espera).

¡Encantados con que el Ayuntamiento atienda demandas históricas!

¿Cuánto han costado estas nuevas infraestructuras? Nada una menudencia. ¿Qué son 55.928 euracos de nada cuando de la felicidad de nuestros perros se trata?

La nueva área de esparcimiento canino cuenta con un balancín, mesa, pasarela, rueda de paso, salto de altura, salto de longitud, slalom o túnel, siguiendo las normas del Reglamento de Agility Cynologique Internationale.

El circuito de agility busca fomentar el ejercicio, el equilibrio y la psicomotricidad de las mascotas. De los dueños no dice nada.

Así que hoy domingo, eran muchos los que han llevado a sus perros al recién estrenado Dog Park: subido en el balancín, a la fuerza, un perro, aterrorizado por el movimiento, miraba suplicante a su dueño, otro se mostraba reacio a meterse en el túnel y un tercero se negaba en redondo a cruzar la pasarela.

Realizadas las indicaciones oportunas para completar el circuito, los dueños, móvil en mano, se han sentado junto al resto de los presentes esperando poder inmortalizar a su can haciendo, de motu propio, el circuito de CrossFit (resistencia, fuerza física, flexibilidad, potencia, y equilibrio, todo en uno) que lo convierta en el puto amo perruno del barrio.

No ha habido manera.

En cuanto los han liberado de la tiranía de la correa, los perros, “que contemplan con asombro cómo los insensatos humanos de esta sociedad se emperran en ascenderlos de su cargo de simples y dignos perros, para así poderlos tratar y tutear como si fueran personas“ (Ramón Fontseré, Els Joglars, sobre el Coloquio de los perros de Miguel de Cervantes), se han dedicado a lo  que más les gusta: oler el trasero de sus congéneres, ladrar de alegría cuando el resultado es satisfactorio y tirar a morder al rival cuando intenta levantarle a la perra de sus sueños.

Solo faltaba por allí un gato para que el perro más ágil hubiera puesto en práctica el salto de longitud y el de altura sin necesidad de pértiga.

Menos mal que el Ayuntamiento no ha olvidado hacer un llamamiento a los dueños y dueñas de las mascotas para que hagan un uso responsable y cívico de la instalación.

Me pregunto qué piensa hacer cuando vea que más de uno/una se pasa su llamamiento por el forro.

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