martes 22.10.2019

Roma

No hubo sorpresas.

Frente a Los perros, de Marcela Said (Chile), El ángel, de Luis Ortega (Argentina) y La noche de 12 años, de Álvaro Brechner (Uruguay), Roma de Alfonso Cuarón, que partía como clara favorita, logró alzarse anoche con el Goya 2019 a la Mejor Película Iberoamericana.

No soy fan de Cuarón.

No me gustó Y tu mamá también, una de sus cintas más polémicas por mostrar de manera explícita relaciones sexuales a tres bandas, ni tampoco su obra más laureada hasta el momento, Gravity, que encandiló a medio mundo y a mí me dejó confusa, porque más allá de la genialidad de sus efectos especiales, incuestionables, no logré entender donde radicaba la excelencia de esa película (“Terminé de los nervios con tanto cable, trozos de satélites, objetos que iban y venían a sus anchas. Como me aburría, me pase todo el rato subiendo y bajando las gafas, ¡1,20 euros!, para comprobar si realmente se veía diferente con ellas o no. Lo de que la doctora Ryan Stone, esa brillante ingeniera en su primera misión espacial, decide que no quiere vivir y entonces tiene una epifanía con el careto del Clooney que le revela el misterio de la vida, y de paso el de la técnica para que consiga arrancar el chisme de una vez, me pareció lo más. Si al menos le hubiera llevado un Nespresso habría entendido que la otra se pusiera las pilas, gracias al chute de cafeína extra, y metiera caña a la dichosa nave (…) Aviso, lo único que pienso volver a ver en 3D es el próximo desnudo de Fassbender. ¡Esa sí que será una vista impresionante y no la de la Tierra!”).

Ayer, unas horas antes de que ganara el Goya, vi Roma cuyo título, según ha explicado el propio director, se debe al barrio de Ciudad de México en el que se crió. También se ha encargado de aclarar en diferentes entrevistas, que además de narrar los recuerdos de su niñez la cinta es un homenaje a la criada (interpretada por la debutante Yalitza Aparicio) que cuidó de él y de sus hermanos durante la infancia.

Sin poder apartar de mi cabeza la impresionante campaña publicitaria, los numerosos premios recibidos y los encendidos halagos por parte de los medios especializados, me enfrenté al filme de Cuarón anhelando encontrar en él esa perfección de la que tanto había oído hablar.

No hace falta ser una experta para darse cuenta de la belleza que destila la cinta. Más allá del contenido, cualquier aficionada a la fotografía, como es mi caso, disfrutará con esta película. Rodada en un maravilloso blanco y negro, tonos que desde que se inventó el color los mejores directores han reservado para las historias costumbristas, la crítica social, el realismo y la poesía (un mal uso cromático puede convertir una historia sensible en algo chabacano que espante retinas y cierre conciencias), Roma exhibe un potente lenguaje visual que casi hace innecesario el uso de la palabra.

Una bicicleta apoyada en la pared, agua lanzada para baldear el patio, ropa tendida en la terraza mecida por el viento, los niños cantando “que llueva, que llueva” mientras chapotean en los charcos o la cocinera que friega los cacharros tarareando las canciones de Camilo Sesto… Desde las primeras imágenes, Cuarón (además de director, autor del guión y responsable de la fotografía), como si de una exposición se tratará, nos regala, fotograma a fotograma, diferentes instantáneas que por sí solas nos cuentan la historia de los personajes, su propia historia, ejerciendo en el espectador tal atracción que apenas despegas los ojos de la pantalla durante los ciento treinta y cinco minutos que dura.

Cuarón narra la cotidianidad de una familia de clase media alta. Un día, sin que haya grandes problemas ni desencuentros, tan solo el desgaste propio de la convivencia, la casa, el coche de lujo, los hijos y las relaciones sociales, dejan de ser suficientes para el marido, médico, quien, tras iniciar una relación con otra mujer, decide abandonarlo todo y empezar una nueva vida, porque él puede, dejando a la mujer no solo abandonada y frustrada, sino como única responsable de que la familia consiga salir adelante. Es lo que tiene pertenecer a una sociedad patriarcal hecha a la medida de los hombres.

En medio de la debacle familiar Cleo, la criada, joven, analfabeta, pobre y engañada, vive creyéndose una más de la familia, ilusión que todos sus miembros se encargan de disipar cada vez que, más allá de los “te quiero” de rigor, le piden una tila en el momento más divertido del programa de televisión o que cargue con las maletas de todos ellos recién salida del hospital.

Teniendo como telón de fondo la agitación política que se vivió en México en la década de los setenta, la película habla de las diferencias de clases, del matrimonio, de la familia, de las relaciones y del drama que supone la maternidad en solitario cuando no cuentas con una red de apoyo parental o independencia económica.

Pese a todo lo dicho, esta es una película de esas que enamoran a la crítica pero con las que el espectador de a pie, el mayoritario,  no logra comulgar.

Es lenta. Si no consigues meterte en la historia desde el principio tienes la sensación de que no ocurre nada en pantalla. Mixteco aparte, cuando las criadas hablan entre ellas o con sus amigos, se entiende fatal y eso hace que te distancies bastante de la historia.

Si tuviera que explicar qué es Roma a alguien que aún no la haya visto, le diría que es un diario escrito, desde la madurez, por un adolescente, en el que recuerda desde las cosas nimias que poblaron sus tardes inocentes, a las verdaderamente importante que marcaron su vida.

Insisto, pese a la innegable belleza de sus imágenes, considero que no es una película apta para todos los públicos.

En ustedes está

PELICULA ROMA

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