domingo 21.07.2019

Perfectos desconocidos

Antes de empezar con esta reseña, para que quede claro desde el principio, quiero decir tres palabras: BRAVO, BRAVO, BRAVO.

En un lujoso ático madrileño, cuatro parejas, amigos desde siempre, se reúnen para cenar y contemplar el eclipse que les regalará una Luna de Sangre que, según antiguas profecías y supersticiones, siempre anuncia un evento apocalíptico.

Para esquivar al aburrimiento uno de ellos propone un juego: dejar los móviles sobre la mesa y, cuando suenen, escuchar y compartir, en voz alta, todas las llamadas, mensajes y wasaps que lleguen.

Ese entretenimiento, en apariencia inocente, demostrará que no se conocen como pensaban y que todos y cada uno de ellos guarda secretos inconfesables. Cuentan que la luna y los eclipses desatan la locura en animales y personas (la mitología del hombre lobo surge de la creencia de que las personas se convierten en bestias bajo la luna llena). ¡Malos presagios para organizar una reunión!

En un ejercicio de contención supremo, Alex de la Iglesia somete su natural tendencia a disparatar para presentarnos una tragicomedia en el sentido clásico del término, cuyo tema central son las relaciones de pareja. En un escenario cerrado, un grupo de personajes, revestidos de ironía para la ocasión, ridiculizan los matrimonios y rupturas propias y de los demás, criticando los principales inconvenientes de estar casado o separado con un sarcasmo hiriente, disfrazado de buenismo, que siempre sabe cómo poner el dedo en la llaga.

Mientras que a Perfetti sconosciuti (la película del director Paolo Genovese en la que está basada que obtuvo un gran éxito en Italia) la crítica española le dio duro, su traslación alrededor de la cultura patria le ha proporcionado esa mala leche, tan nuestra, que nos hace reír a mandíbula batiente con los problemas de los demás, especialmente si están relacionados con el sexo y cualquier malentendido asociado a él (infidelidad, preferenciales sexuales, disfunciones eréctiles, etc.).

Los siete actores principales están tan impresionantes que, como se suele decir ahora, se salen. Ninguno destaca por encima de los otros porque todos juntos componen un puzle tan magnifico que casi, casi, te dan ganas de abrazarlos para agradecerles el buen rato que te han hecho pasar. Pero si tuviera que elegir a uno de ellos me quedaría con Ernesto Alterio que, como abogado pervertido pero mucho más tolerante en el fondo que quienes presumen de abiertos, encarna de manera magistral el espíritu dual de la tragicomedia.

No dejaba de acordarme de un Dios salvaje, de Roman Polanski, en la que, a raíz de una discusión entre críos, dos parejas se reúnen en el espacioso salón de un apartamento neoyorquino para dialogar, razonar y discutir sobre el tema. Existe similitud entre ambas propuestas, pero mientras que en la película de Polanski, totalmente estática, te ves envuelto en una verborrea permanente, imparable, irritante, que te hace removerte incomoda en tu butaca, el ritmo que imprime Alex de la Iglesia a la suya te atrapa desde el principio y te lleva en volandas, muerto de risa ante tanta situación esperpéntica, sin que apenas seas consciente del transcurso del tiempo.

Como toda tragicomedia que se precie, dispone de un final feliz aunque, como mandan los cánones, dicha felicidad solo llega, tras mucho padecer, minutos antes de bajar el telón.

Pero… ¿consiste en eso la felicidad?

Perfectos desconocidos es un raro espécimen, por lo poco habitual, de película redonda: buen guion, buenas interpretaciones, buena dirección y preciosa fotografía, todo eso sin olvidar la originalidad de los títulos de crédito que lleva camino de convertirse en marca de la casa.

Cine español del bueno.

CARTEL DE LA PELICULA

Comentarios