Opinión

El rey que fue

Ayer, sábado 17 de febrero, con dramaturgia de Albert Boadella y Ramón Fontserè y dirección de Albert Boadella, Els Joglars representaba en Toledo El rey que fue.

En el folleto teatral de la obra, lo primero que llama la atención es la imagen de una corona atravesada por el colmillo de un elefante, y allá, en la lejanía, el skyline de una ciudad en el desierto, trasunto ambas de dos momentos clave en la vida del Emérito: cuando se rompió la cadera, durante una cacería en Botsuana, en abril de 2012, mientras el país atravesaba una grave crisis económica y su vida actual de expatriado privilegiado.

Privilegiado, sí, porque decidir trasladar oficialmente tu residencia a los Emiratos Árabes Unidos, también la fiscal, y residir en una villa de lujo, a las afueras de Abu Dabi, como huésped de honor de su príncipe heredero, quien, además, se encarga de facilitarte todas las comodidades necesarias, es algo al alcance de muy, muy pocos. Algunos “Golfos Pérsicos”, como apuntan irónicamente en la obra, y pare usted de contar.

En la sinopsis del folleto, Albert Boadella, tras reconocer el potencial del Emérito para convertirse en protagonista, sea de tragedia o comedia, bajo la pluma de cualquiera de los grandes, desde Shakespeare a Moliere, Lope o Valle Inclán, escribe que “El rey que fue no busca recurrir solo a los aguijones de la sátira, sino que trata de ofrecer el retrato más cercano a la realidad. A sus penumbras y a sus brillos. A sus excesos y a sus renuncias”. Finaliza afirmando que el arte de Ramón Fontserè “ha conseguido penetrar de forma tan real como profunda en las interioridades de un monarca que la mayoría de los españoles solo conocen a través de los medios”.

En las dos ocasiones en las que he tenido la oportunidad de verlos actuar (El sermón del bufón y Zenit. La realidad a su medida), tuve la impresión de que la Imperial Toledo recibe a esta compañía con una mezcla de admiración (su profesionalidad, originalidad y buen hacer son incuestionables), reticencia (la cuestión del separatismo incomoda) y expectación ante lo que vamos a ver sobre el escenario.

Anoche esa sensación se repitió.

Unas cuantas cuerdas colgando del techo, y un suelo color madera, enseguida te trasladan a bordo de un barco (¡la escenografía de estos juglares siempre es asombrosa!).

Varios hombres, de acá para allá, sin hacer nada y una mujer de rodillas fregando la cubierta. Es empezar a hablar en árabe (en moro si de insultarlos se trata) y estallar una hilaridad general entre el público, sin que llegue a comprender si las risas las provoca el sonido de una lengua que desconocemos o el hecho de que ellos, que no pegan un palo al agua, apremien a la mujer con su trabajo.

Cuando aparece Ramón Fontserè, quien, gracias a un minucioso trabajo actoral, logra clavar la voz y los movimientos de aquel a quien presta su físico, que también ayuda, hace que sea a Juan Carlos, y no a él, a quien el público ve y oye sobre las tablas.

Para mí, ahí se acaba todo.

Cuando, durante años, has sido la caña de doce yates llamados Bribón (cuyo significado, según la RAE, es haragán, pícaro y bellaco), ponerle un nombre chusco (el Gran botín) al barco ficticio que surca las aguas rumbo “golfo para dentro”, no consigue arrancarme una sonrisa.

Las genuflexiones paelleras o butaneras ante su Graciosa y la tendencia de éste a sobar y/o piropear a cuanta fémina se pone a tiro, por repetitivas, me cansan.

Lo mismo me ocurre con los diálogos. Echo en falta acritud y malicia. Ni el humor ácido ni la crítica mordaz, que esperaba encontrar, aparecían por ningún lado, por eso mi decepción con los juglares crecía según avanzaba la representación.

El retrato que pintan Boadella y Fontserè, si bien no oculta, aunque maquilla, y en ocasiones justifica, algunos de los excesos reales (la célebre cacería del oso en Rusia, las amantes o los hijos bastardos), pasa de puntillas por otros como, por ejemplo, el dinero defraudado a Hacienda.

Por el contrario, insisten en las renuncias reales que, a poco que lo pienses, invitan a la chanza. Baste comparar las penurias de ese pobre niño rico, al que separan de sus padres, para que vuelva a su país a educarse para, en un futuro no lejano, ejercer de rey, con la de otros niños de la misma generación que, en esa misma época, ni siquiera pudieron ir al colegio y se criaron sin padre y además sin pan.

Así que, ¿pena? Ninguna.

Para mi sorpresa, El rey que fue deja entrever admiración y mucha ternura hacia su protagonista.

Por eso mi asombro no dejaba de aumentar, llegando a su momento álgido cuando, finalmente, creí comprender lo que pretendían sus autores de mí como espectadora: el perdón para la oscilante figura regia.

ESTRENO DEL ESPECTÁCULO 'EL REY QUE FUE' DE JOGLARS - ciatre

Comentarios