martes 23.07.2019

Crimen y telón

Año dos mil treinta y pico. En un antiguo teatro clausurado, que funciona clandestinamente, el cadáver del Teatro (en busca y captura desde que las artes fueron prohibidas) aparece colgando de una soga. ¿Suicidio o asesinato?

Mientras el detective Noir, exadicto a la poesía, y el Teniente Blanco, de la Agencia Anti Arte, deben colaborar para resolver el caso, hordas de teatristas, liderados por Comedio y Tragedio, antiguos lugartenientes del Arte fallecido, promueven disturbios en las calles de Ciudad Tierra.

De que no se trataba del espectáculo que pensaba encontrar me di cuenta a los cinco segundos, cuando el detective Noir y el Teniente Blanco, como parte de su investigación, se dirigieron al público, iluminado convenientemente para la ocasión, para pedirles que se identificaran y los interpelados, obedientes frente a la autoridad, sin que nadie les apretara las tuercas dijeron en voz alta nombre, apellidos y número de DNI.

A partir de ahí comenzó el bombardeo de términos relacionados con el teatro como edificio, géneros, partes de un poema o tipos de estrofas, todo ello acompañado de una relación (casi un índice) de autores teatrales, personajes y partes de diálogos de las obras universales, todo ello con un ritmo y a una velocidad que casi mareaba.

Finalizada una obra, sea del tipo que sea, antes de decidir si te ha gustado o no debes preguntarte qué te ha aportado.

Siguiendo el ambiente detectivesco de la función, buscando una confesión, decidí interrogarme a mí misma. Como pretendía ser fiel a mis convicciones, deseche el Método REID, en el que  el investigador da a entender al inculpado que existen evidencias suficientes para incriminarlo, y elegí el Método PEACE porque no utiliza el engaño y se escucha al sospechoso sin interrupciones.

Y empecé a “cantar”…

El ambiente de jolgorio general contrastaba con mi apatía. El espectáculo no solo me aburría sino que me producía una creciente irritación.

Juro que me esforzaba por integrarme, lo juro, pero no lo conseguía. Dado que el sabor de la tarta terminada no era grato a mi paladar, traté de valorar los ingredientes individualmente:

¿Guión? Distopía, arte degenerado, quema de libros, sociedad borreguil que no piensa y solo consume.

¿Personajes? Dualidad: poli bueno-poli malo, comedia–tragedia, rebelión-conformismo.

¿Idea? A través del arte el ser humano busca expresar sus pensamientos y emociones, por eso nunca desaparecerá.

¿Dicción? La manera de hablar de algunos de los personajes era tan precipitada que fomentaba la confusión y dificultaba entender el mensaje.

¿Música? Sin duda lo mejor.

Entonces, ¿qué me hizo sentir Crimen y telón?

Cuando acudo a un espectáculo teatral o cinematográfico (con la música en directo es distinto) nunca lo hago con intención de traspasar la barrera invisible, imaginaria, a través de la cual el público ve la actuación. En mi caso la cuarta pared está bien donde está y no me interesa saltarla.

Si sintiera una necesidad imperiosa de formar parte del espectáculo, supongo que intentaría satisfacer ese anhelo participando en un grupo de teatro aficionado o algo parecido. Pero como no es así, me niego en redondo a intervenir en la obra. Si la compañía no reparte conmigo una parte de la recaudación en taquilla ¿por qué tengo que hacer gasto como extra de la función? (como respeto que haya personas a quienes eso les guste espero que ellas respeten que yo lo deteste).

Ante las peticiones de abuchear cuando decían cosas negativas o aplaudir cuando el mensaje era positivo, sentía que se apelaba a esa parte inocente que cuando eres niña responde contenta si son payasos del circo quienes preguntan, pero que como adulta, suele producir, al menos a mi me lo produce, cierto sentimiento de ridículo y vergüenza.

Cuando me acerco a cualquiera de las artes busco llorar, reir, emocionarme en suma,  que me hagan reflexionar y alimenten mi espíritu crítico. Nada de eso logré con Crimen y Telón.

Puede que para una abstemia confesa una compañía llamada Ron Lalá (guiño, guiño) no sea la mejor opción, pero eso no quita para que a otras muchas personas les parezca el colmo de la originalidad y la diversión.

Como dice el saber popular “en la diferencia está el gusto”.

La cultura es una parte muy importante de nuestra vida.

Por eso más allá de que nos produzca deleite ésta o aquella obra, pintura o libro, lo que importa, lo que verdaderamente importa es seguir yendo al cine y al teatro, visitar exposiciones y nunca, nunca, nunca dejar de leer.

Como siempre, ustedes deciden.

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Crimen y telón
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