martes 19.11.2019

Carlos Núñez en Toledo

Aún lo recuerdo.

Era verano y por aquel entonces trabajaba de tarde. La radio, muy bajita, me hacía compañía en el enorme edificio prácticamente vacío a esas horas. De repente una melodía se adueño del silencio reinante: el maravilloso sonido de una flauta llenó la estancia de melancolía. Era tal su belleza que me dejó sin palabras (¡el síndrome de Stendhal existe!).

Un poema, una voz, un músico: Rosalía de Castro, Luz Casal y Carlos Núñez. Con Negra sombra comenzó nuestro romance.

Anoche actuaba Carlos Núñez en Toledo. El Teatro de Rojas lleno a rebosar.

Sobre el escenario Xurxo Nuñez, su hermano, a cargo de las percusiones, y Pancho Álvarez con las cuerdas, habituales en sus conciertos. Completaban la banda la joven trikitilari Itsaso Elizagoien Bizente y la violinista irlandesa Tara Breen. El gaiteiro, último en salir, con su sola presencia logró arrancar las primeras sonrisas en las caras de los presentes.

Porque Carlos Núñez, aparte de un genio de la música, es simpático, abierto, cercano y un excelente comunicador que sabe llegar al público de cualquier lugar o procedencia.

La música inundaba el Rojas.

Maravillosa la jota navarra, pariente lejana de la manchega, que la sonriente Itsaso interpretó con su trikitixa (acordeón diatónico de botones).

Inmersión en la música irlandesa de la mano de la enérgica y virtuosa Tara Breen quien, al finalizar, nos regaló unos pasos de baile de danza irlandesa, pariente cercana de estilos tan conocidos como el claqué.

Y entre actuación y actuación, clase magistral de historia. Carlos Núñez, todo un erudito, nos hablaba de los orígenes de la música celta, de sus corrientes migratorias, de su fusión con otros estilos y de la evolución de los diferentes instrumentos.

Ante un público cada vez más entregado, el mestizaje continuaba.

Fascinante el Bolero de Ravel.

Precioso el Villancico para la Navidad de 1829 que todos los presentes, felices como niños,  acompañamos con pies y manos.

¡El Rojas era una fiesta!

Tronaban los instrumentos anunciando la apoteosis celta que se avecinaba.

Con las primeras notas de Amazing Grace a todos se nos puso la piel de gallina. Cuando las gaitas de los miembros de la Mosquera Celtic Band, repartidas por todo el teatro, empezaron a sonar a la vez, muchos ojos se humedecieron y la emoción estrujo el corazón de todos los presentes.

No hicieron faltas druidas: la noche fue mágica.

Ayer, 23 de marzo, la luna celta brilló con fuerza sobre la Ciudad Imperial.

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