domingo 17.11.2019

Calor negro: lecturas de verano

“No he conocido ningún mal que una hora de lectura no alivie”, Charles de Montesquieu.

Para hacer ejercicio mental, incrementar nuestra capacidad de comprensión, conocer otros puntos de vista, relajarse o simplemente divertirse, la lectura debe formar parte de nuestras vidas.

Sea porque las altas temperaturas te impiden salir a la calle hasta bien entrada la noche o porque estás disfrutando de unas merecidas vacaciones, el período estival invita al descanso, el descanso al relax, el relax al disfrute de los placeres y, entre éstos, ninguno tan rico, tan instructivo y tan liberador como el de la lectura porque nos permite ”Partir de viaje enseguida, a vivir otras vidas, a probarnos otros nombres. A colarnos en el traje y la piel de todos los hombres/mujeres que nunca seremos” (Sabina dixit).

Puesto que soy colaboradora habitual de revistas digitales dedicadas al género negro y criminal, de entre todas las que he reseñado en lo que va de año, voy a recomendarles las cuatro novelas negras que componen mi póker de ases.

No las relaciono por preferencia (la hay pero me la guardo) sino por las fechas en las que las reseñe.

Lo que nos queda de la muerte de Jordi Ledesma, escritor catalán de Cambrils. Ha escrito cuatro novelas: Narcolepsia, con la que fue finalista de los premios literarios de la XXV Semana Negra de Gijón en la categoría de mejor primera novela negra; El diablo en cada esquina; Lo que nos queda de la muerte, con la que obtuvo el premio Pata Negra 2017 a la mejor novela del año por el Congreso de Novela y Cine Negro de la Universidad de Salamanca y el premio Novelpol 2017, y La noche sin memoria, la última de momento, la más original, la más exigente, la más completa.

¿Por qué Jordi Ledesma? Porque el hombre de la simpática sonrisa, el de las manos grandes, el del pelo negro rebelde y rizado, tiene una capacidad sorprendente para denunciar injusticias y golpear conciencias de una manera tan poética que logra que te adhieras a su causa sin posibilidad de resistencia. Sea sobre la lucha de clases, las corrientes migratorias, la especulación urbanística, la amistad, el amor o el sexo, es tanta la pasión con la que escribe que su prosa te envuelve, te empuja, te mueve a la acción, te atrapa y ya no te suelta. Nunca me cansaré de decirlo: ¡me fascina Jordi Ledesma, no puedo evitarlo! Sus novelas trascienden el ámbito de lo negro y coquetean con el costumbrismo, el realismo, el romanticismo y la denuncia social, por lo que se sacuden en el camino la etiqueta de “moda pasajera” y se coronan, por derecho propio, como literatura con mayúsculas.

Alacrán de Salvador Alemany Climent, escritor valenciano a quien la Editorial Amarante describe como “de espíritu inquieto, sus múltiples ocupaciones y estancias en diversos países han generado una cascada de experiencias que plasma en su obra literaria (…) Su carrera literaria despegó con su primera obra de ficción, La suerte no existe, finalista del II Premio de Creación Literaria Bubok. Su segunda novela, Éire, resultó finalista del Premio La Trama (…) Alacrán es su tercera novela”.

¿Por qué Salva Alemany? Porque tiene cara de buen tipo y, aunque las apariencias sabemos que engañan, cuando leo sus novelas me reafirmo en esa primera impresión. Porque me gusta el halo de ternura que sabe imprimir a sus historias. Porque aunque sus personajes sean asesinos sin escrúpulos logra que empatices con ellos y llegues a entender sus motivos, aunque no los compartas. Porque sus novelas son muy gráficas, muy visuales, tanto que las palabras se transforman en imágenes en tu mente nada más leerlas. Y, por último, porque es capaz de narrar unos hechos que transcurren en un lugar fronterizo, en otro país y en otro continente, con total credibilidad y sin fisuras que, en algún momento, te pudieran hacer recordar que quien así escribe es valenciano y no gringo, y eso, amigos míos, es difícil, muy difícil de lograr.

Soledad, de Carlos Bassas del Rey, escritor catalán afincado en Pamplona. En la Semana Negra de Gijón, acaba de ganar con Justo, ex aequo (por igual) junto al argentino Juan Sasturain, el premio Dashiell Hammett a la mejor novela negra escrita en castellano, distinción que concede anualmente la Asociación Internacional de Escritores Policiacos.

¿Por qué Carlos Bassas? Porque el hombre serio, el de la mirada fija, el de los ojos tristes, ha sido capaz de escribir una novela donde el lamento por la muerte de un ser querido se hace universal. No importa la edad, condición, sexo o nacionalidad, el vacio que produce la pérdida del padre, la madre, la pareja o el hijo, nos hermanan a todos en el dolor, nos igualan. Porque ha escrito un libro que, aunque con lágrimas en los ojos, no puedes dejar de leerlo. Porque es una novela catártica y, tras su lectura, te sientes igual de acongojada pero un poco menos sola.

Y para terminar La red púrpura, de Carmen Mola, la última en incorporarse a esta mano ganadora. No puedo dejarles el enlace a la reseña porque, mientras escribo estas letras, aún no se ha publicado (saldrá la semana próxima en MoonMagazine, la revista lúdico cultural de los lunáticos). 

¿Por qué Carmen Mola? Porque aunque no puedo darles detalles físicos de la ¿autora? (nadie sabe quién es porque escribe bajo un pseudónimo), si puedo asegurarles que, en cuanto a la investigación criminal, La red Púrpura es una de las mejores novelas que he leído y, créanme, he leído unas cuantas. No solo se nota que la autora sabe de lo que escribe sino que lo hace con un estilo tan claro y tan ágil que, cuando quieran darse cuenta, las 423 páginas que tiene la novela se les habrán hecho muy, pero que muy cortas. Si aún no se han convencido, les diré que tanto La novia gitana, su primera novela, como La red púrpura serán adaptadas para una serie televisiva. El entretenimiento está asegurado.

Ahora, como siempre, ustedes deciden.

Solo espero que si leen alguna de estas novelas, y les gustan tanto como a mí, me lo hagan saber.

Que lo disfruten.

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