martes 16.07.2019

24 horas en la vida de una mujer

“No persiguen más que un fin: ganar o quitarle algo a los demás”, El jugador, Fiodor Dostoievski.

La fantasía lumínica que adorna calles y puentes, ha convertido Toledo en lugar de peregrinaje de familias enteras que, cada fin de semana desde su inauguración, se desplazan en tropel hasta la ciudad para empaparse de ese espíritu navideño que cada año, para gran contento de comerciantes y hosteleros, se manifiesta antes.

El gentío que no cesa, y que atasca el centro, convierte el aparcar en una tarea titánica, por lo que llegar a tiempo a algún lugar ubicado en el casco histórico, requiere salir de casa con una antelación suficiente casi para ir y volver a Madrid.

Vale puede que exagere, pero el sábado 14 de diciembre, como viene siendo habitual por estas fechas, el espectáculo empezó con retraso porque, pasadas las 20 horas, aún seguía entrando gente apresurada al Teatro-Auditorio “El Greco”.

Confieso que cuando adquirí la entrada para 24 horas en la vida de una mujer, pensé que lo hacía para una función de puro teatro y no para un musical basado en la novela homónima de Stefan Zweig.

Sobre el escenario tres músicos (piano, violín y violonchelo), un hombre, de voz grave y gesto irónico, un joven vestido de blanco, adicto para más señas, y la señora C, la mujer cuyas 24 horas, llamémoslas “locas”, se narra.

Encanto, hondura o exquisita, son algunos de los calificativos dedicados por la crítica especializada a este “musical de cámara” como otro entendido la ha definido.

El hombre (Germán Torres), voz en off residente, inicia el relato de los hechos y presenta a los dos personajes principales, ejerce de oyente ocasional para que la señora C le cuente ese fatídico día que trastornó el resto de su vida y por último, como espectador ajeno a tanta fatalidad, se encarga de pone la vis cómica y una pizca de ironía, que a mi entender se queda corta, para reírse del dramón que se está representando y al cual yo no encuentro pies ni cabeza.

Hablamos de una “pobre” señora de alta cuna que contrae matrimonio (por supuesto concertado) con un militar, viaja por medio mundo y tiene la consabida parejita. Tras haber disfrutado de una vida muelle, sin preocupaciones, sin sobresaltos y sin haberse preguntado jamás si había sido feliz o no, cuando enviuda a los cuarenta años, con los hijos viviendo ya sus propias vidas, descubre que no sabe cómo seguir con la suya.

Las penas con pan son menos, por lo que decide curarse la depresión, o más bien la apatía, viajando por Europa, porque ella no solo lo vale sino que puede permitírselo. En París, la ciudad de la luz y el amor, se siente aislada y decide viajar a Montecarlo, cuna del juego elegante y sofisticado, donde hasta para perder debes respetar unas estrictas reglas de etiqueta.

Y es allí, en el casino, donde Mrs. C conoce a un joven de veinticuatro años, atildado y guapo, cuyas manos golpean el tapete verde con lo que ella interpreta como pasión por la vida pero que no es otra cosa que el delirio que cualquier adicto al juego conoce de sobra (no puedes parar, no disfrutas apostando, juegas dinero que no puedes permitirte perder, sigues jugando para recuperar lo perdido, cada vez apuestas más dinero, eres capaz de hacer lo que sea para conseguirlo, antepones el juego a cualquier otra cosa, cambia tu carácter, no admites que eres un ludópata y, cuando las deudas son enormes, aparecen las tendencias suicidas).   

Hablamos de un periodo en el que, por todos es sabido, las clases altas (el resto bastante tenía con sobrevivir) raramente tenían problemas para disfrutar de una vida libre, despreocupada, sin temor a los excesos y, mientras guardaran las apariencias, ningún tipo de temor al qué dirán.

Tal vez por eso esta obra, basada en la novela de Zweig publicada en 1927, me resulta rancia y poco creíble. Puesto que no la he leído, daré el beneficio de la duda a la novela pero no pienso hacerlo con la obra-teatro-musical que vi ayer.

Ni siquiera los golpes de melena, cuando toca el desenfreno, ni el vestido rojo fuego que luce Silvia Marsó durante esas veinticuatros horas desatadas, logran insuflar pasión a una interpretación que carece totalmente de ella. La música tal vez podría haber echado una mano, pero la letra resulta tan banal, tan repetitiva y tan pesada, que únicamente transmite la superficialidad que rezuma toda la propuesta.

La “historia sobrecogedora, tórrida y trepidante”, como la describe el folleto, y la “crítica mordaz sobre la sociedad”, se quedan en algo insípido y ligero que no despierta ningún tipo de sentimiento salvo un soporífero aburrimiento (el lenguaje no verbal del resto del público delataba su hastío y lo hermanaban con el mío).

Quien intente comparar estas 24 horas en la vida de una mujer con El jugador demuestra que no ha leído la novela de Dostoievski, ya que una sola frase de la misma, como la que encabeza esta reseña, tiene más profundidad y fuerza de la que nunca alcanzará la obra dirigida por Ignacio García.

Aunque apenas ocuparon noventa minutos, estas 24 horas en la vida de una mujer parecieron un siglo en la vida de esta que suscribe.

cartel obra

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