Viernes 14.12.2018

No mienten, inventan

La gran inventiva de muchos de nuestros políticos no es comprendida por la gente, que desearía, egoísta ella, que se aplicara al mejoramiento de la sociedad y no, cual sucede, al mejoramiento de sus propios niveles materiales de vida.

Cuando un político de éstos de chicha y nabo que a miríadas parasitan el Presupuesto salpica su currículum con toda suerte de licenciaturas, másteres y doctorados ficticios, no miente, pues se halla persuadido de que la bicoca que le ha caído encima (un escaño, una consejería, cualquier cargo de tan escasa exigencia como pingüe remuneración) no puede sino corresponderse con sus méritos, ¿y qué mayor mérito, para semejantes mindundis, que el que acredita un título con sus firmas, sus sellos, sus registros y sus ringorrangos? Lo que se ha descubierto ahora, y si no se había descubierto antes era por dejadez, es que hay un negocio que consiste en surtir a los políticos de títulos vagamente universitarios. Es verdad que su feraz fantasía, su potente numen creador, se bastaba para neutralizar las dudas que suscitaban sus evidentes impericia e ignorancia mediante el expeditivo sistema de poner en sus currículum profesionales (?) y académicos (?) toda clase de títulos inventados, de Matemáticas, de Filología, de Derecho, de Empresariales, de cualquier cosa, pero pillar uno de veras, esto es, perfectamente falsificado por la propia Universidad, tenía que ser, sin duda, mucho mejor.

Un titulazo para un indigente académico, o, lo que es mucho peor, para un indigente cultural con pretensiones de no parecerlo, es un Potosí, un El Dorado, y como para éstas cosas de gran demanda siempre hay un listo dispuesto a enriquecerse satisfaciéndola, la expendeduría de la URJC, regida por un listo de esos, echaba humo manufacturando másteres como si no hubiera un mañana. Ahora, con lo de Cifuentes, el negocio ha hecho puf, pero ha arrastrado con él a la inventiva monda y lironda de los currículum fantasiosos.

No llegará, pero si llegara el día en que todos esos piernas descubrieran la categoría del autodidacta talentoso y trabajador que sabe y brilla, así en política como en tantos campos profesionales, sin necesidad de mentir (inventar) ni de título ninguno, se les pondría esa cara de tontos que tanto procuran, ya inútilmente, enmascarar.

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