Opinión

Esplendor y despedida

La ostentación en ritos, uniformes, liturgias civiles, religiosas y militares, marcialidad general, puntualidad, organización y poder de convocatoria que ha desplegado el Reino Unido en su despedida a Isabel II ha tenido algo también, o mucho, de despedida de un mundo y de una época que quedan enterrados con la mujer a la que el destino forzó a interpretar un único papel durante toda su vida.

Con el funeral en la abadía de Westminster, que registró la mayor concentración internacional de jefes y exjefes de Estado, --entre los que se hallaban algunos, por cierto, de más que dudosa catadura--, se cerraron los actos que durante diez días han dejado un rastro de dispendio en todos los órdenes que no se aviene ni con la situación que vive el mundo, ni con la que viven en particular los británicos, cada vez más empobrecidos, aislados y divididos. Todo ese esplendor desatado en las exequias de la reina Isabel, del que no se puede negar, en puridad, su capacidad fascinadora e hipnótica, suena a despedida como han sonado las marchas fúnebres interpretadas por las formaciones musicales de los regimientos más insólitos y variopintos en la banda sonora del ostentoso, y no por ello exento de buen gusto, espectáculo.

Contradiciendo ese metaverso deslumbrador en el que diríase que no habita nadie sin su uniforme y sus ringorrangos correspondientes, queda la realidad haciendo de las suyas, que ni los trenes llegan ya a su hora ni la Sanidad pública merece ya ese nombre. También lo contradice no tanto el frío que han pasado los particulares en la interminable cola para ver durante tres segundos el túmulo de la extinta reina, como los desmayos y las lipotimias de los soldados y los guardias varados durante horas a pie enjuto, o el caos de movilidad en la ciudad que ha servido de escenario. Contradiciendo ese metaverso de guardarropía y nostalgia, todo lo demás, todo lo real poco o nada emparentado con la realeza.

En el haber, no obstante, queda un suceso absolutamente analógico, de efectos especiales clásicos y artesanos, en medio de la dictadura digital que aherroja y desarma al ser humano. Y el fragor crepuscular de una despedida, la de un mundo y un tiempo desaparecidos junto a la mujer que interpretó durante toda su vida el papel, como sólo ella supo hacerlo, de conservarlos.

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