Opinión

¿España está loca?

Puede que entre los 48 millones de españoles haya algunos que no estén grillados, pero del conjunto que formamos sería aventurado afirmar lo mismo. Esta locura que parece haberse adueñado de la política nacional, pero no sólo de la política, poco o nada tiene que ver con las patologías de los desórdenes de la mente que tanto hacen sufrir a quienes las padecen, de modo que no se me acuse de banalizar un asunto tan serio como la salud mental, que, por otra parte, tampoco es que ande muy allá entre nosotros. No, la locura a que me refiero es la mala educación, y, en tantos casos, no ya la mala, sino la nula, pues la convivencia sin educación nos convierte en orates.

Llamar hijo de puta al presidente del Gobierno nada menos que en el ágora donde se halla representada la soberanía popular, cual hizo la subordinada institucional del mismo, Isabel Díaz Ayuso, al escuchar de éste algo que no le gustó, no es de estar muy en los cabales, pero hacer de ello, además, un chiste pueril que acaba convirtiéndose en santo y seña de una supuesta política de oposición, la estupidez de que le gusta la fruta, ya es para sanatorio de reposo. Claro que donde las dan, las toman, y la frutícola ha recibido de un ministro lenguaraz y tuitero la idea, llamémosla así, de que su novio, acusado de la comisión de ilícitos, es un testaferro con derecho a roce. ¿Alguien da más?

Vivir sin educación, es hacerse acreedor a una camisa de fuerza, pero no, ya digo, de esas que a los desventurados se les ponía para que no se lesionaran, sino una que impidiera lastimar a los demás, que en política somos todos.

Con la que está cayendo en el mundo, y con la que puede caer, es una completa chaladura que aquí, donde estamos relativamente a resguardo, de momento, de tanta calamidad, se permita esa guerra de mastuerzos pirados cuya metralla nos alcanza a todos. Puede, en fin, que entre nosotros haya algunos que no estén para que los encierren, pero a los energúmenos de la política, y no sólo de la política, sí que habría que ir pensando en encerrarlos en alguna parte.

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